El dogma y el universo (1943)


C.S. Lewis


Un reproche habitual al cristianismo consiste en decir que sus dogmas son inmutables, mientras que el conocimiento humano está en continuo crecimiento. De ahí que a los no creyentes los cristianos les parezcamos personas empeñadas en la desesperada tarea de obligar al conocimiento nuevo a mantenerse dentro de unos moldes que se le han quedado pequeños. Yo creo que este parecer aleja más al extraño que las discrepancias particulares entre esta o aquella doctrina y entre esta o aquella teoría científica. Podemos «superar», como se suele decir, docenas de «dificultades» aisladas, pero eso no altera su opinión de que el empeño en su conjunto está destinado al fracaso y a la perversión: cuanto más ingenioso, más perverso. Al no creyente le parece que si nuestros antepasados hubieran sabido lo que nosotros sabemos sobre el universo, el cristianismo no hubiera existido nunca. Y, sin embargo, seguimos remendando y zurciendo. Ningún sistema que afirme ser inmutable puede, a la larga, conciliarse con nuestro conocimiento creciente.

Esta es la opinión a la que voy a tratar de responder. Pero antes de pasar a lo que considero la respuesta fundamental me gustaría aclarar ciertos puntos sobre la actual relación entre la doctrina cristiana y el conocimiento científico que ya tenemos. Se trata de un asunto diferente del crecimiento continuo del conocimiento que imaginamos, con razón o sin ella, en el futuro, y que, al final, nos derrotará inevitablemente.

En cierto sentido la ciencia contemporánea, como han notado muchos cristianos, se ha puesto de acuerdo con la doctrina cristiana y se ha separado de las formas clásicas de materialismo. Si algo emerge con claridad de la física moderna es que la naturaleza no es eterna. El universo tuvo un comienzo y tendrá un fin. Sin embargo, los grandes sistemas materialistas del pasado creían sin excepción en la eternidad y, consecuentemente, en la existencia separada de la materia. Con palabras del Profesor Whittaker, pronunciadas en las Riddell Lectures de 1942: «Nunca ha sido posible oponerse seriamente al dogma de la creación, salvo que se mantuviera que el mundo había existido desde la eternidad, sin apenas cambios, en su estado actual». Este apoyo fundamental del materialismo ha sido retirado ahora. No deberíamos apoyarnos pesadamente sobre él pues las teorías científicas cambian. Pero de momento parece que el peso de la prueba no recae sobre nosotros sino sobre aquellos que niegan que la naturaleza tiene una causa exterior.

Sin embargo, en el pensamiento popular el origen del universo se tiene menos en cuenta, creo yo, que su carácter: su inmensa extensión y su aparente indiferencia, por no decir hostilidad, a la vida humana. Eso impresiona a menudo a la gente tanto más cuanto que se supone que es un descubrimiento moderno, un ejemplo excelente de las cosas que nuestros antepasados no conocían y que, de haberlas conocido, hubieran evitado el comienzo mismo del cristianismo. En ello hay sencillamente, una falsedad histórica. Ptolomeo sabía tan bien como Eddington que la tierra era infinitesimal en comparación con la extensión total del espacio. No se trata de que el conocimiento haya crecido hasta hacer que el marco del pensamiento arcaico no pueda contenerlo. La verdadera cuestión es por qué la insignificancia espacial de la tierra, conocida durante siglos, se convierte súbitamente en la última centuria en un argumento contra el cristianismo. Yo no sé por qué ha ocurrido pero estoy seguro de que no indica una mayor claridad de pensamiento, pues el argumento del tamaño es, en mi opinión, muy débil.

Cuando el médico, al hacer la autopsia, diagnostica veneno señalando el estado de los órganos del muerto, su argumento es racional porque tiene una idea clara del estado opuesto, aquel en que deberían estar los órganos de no haber veneno en ellos. De igual modo, si usamos la inmensidad del espacio y la pequeñez de la tierra para refutar la existencia de Dios necesitaríamos tener una idea clara del tipo de universo que nos aguardaría si Dios no existiera. Pero, ¿la tenemos? Sea el espacio lo que sea —y muchos modernos piensan, sin duda, que es finito— nosotros lo percibimos ciertamente como tridimensional y no podemos imaginarnos un espacio tridimensional con límites. Tal como son las formas de la percepción debemos sentir como si viviéramos de algún modo en un espacio infinito. Si en el espacio infinito no descubriéramos otros objetos que aquéllos que son útiles para el hombre —nuestro sol y nuestra luna— este extenso vacío se podría utilizar, ciertamente, como un argumento fuerte contra la existencia de Dios. Si descubrimos otros cuerpos tienen que ser habitables o no habitables. Y lo extraño es que las dos hipótesis se utilizan como argumento para rechazar el cristianismo. Si el universo hierve de vida, ese hecho, se nos dice, reduce al absurdo la afirmación cristiana —o lo que se piensa que afirma el cristianismo— según la cual el hombre es único, así como la doctrina cristiana de que Dios descendió a este único planeta y se encarnó por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Pero, por otro lado, si la tierra es realmente única, el hecho prueba que la vida es sólo un subproducto accidental en el universo, con lo que se refuta de nuevo nuestra religión. Realmente somos difíciles de contentar. Tratamos a Dios como el policía trata a un hombre cuando es arrestado: todo lo que haga se usará como evidencia en contra suya. No creo que esto se deba a nuestra maldad. Sospecho que hay algo en nuestra forma de pensar que hace que la existencia actual, sea cual sea su carácter, nos desconcierte de forma inevitable. Tal vez una criatura finita y contingente —una criatura que podría no haber existido— encontrará difícil siempre conformarse con el hecho bruto de que está ligada, aquí y ahora, a un orden actual de cosas.

En cualquier caso, no hay duda que todo el argumento del tamaño descansa en el supuesto de que las diferencias de tamaño deben coincidir con diferencias de valor, pues, de otro modo, no hay ninguna razón por la que la tierra diminuta y las aún más pequeñas criaturas humanas sobre ella no pudieran ser las cosas más importantes en un universo que contiene las nebulosas espirales. ¿Es racional o emocional este supuesto? Yo veo, como cualquier otro, lo absurdo de suponer que la galaxia podría ser menos importante a los ojos de Dios que un átomo como el ser humano. Pero me doy cuenta de que no veo igualmente absurdo suponer que un hombre de metro y medio de alto pueda ser más importante que otro que mide uno sesenta y cinco, ni que un hombre pueda importar más que un árbol, o el cerebro más que las piernas. En otras palabras: el sentimiento de absurdo surge únicamente si las diferencias de tamaño sen muy grandes. Pero cuando una relación es percibida por la razón es válida universalmente. Si el tamaño y el valor tuvieran alguna conexión real las pequeñas diferencias de tamaño irían acompañadas de diferencias de valor tan claramente como las diferencias grandes de tamaño acompañan a las diferencias grandes de valor. Pero ningún hombre sensato supondría que esto es así. Yo no creo que un hombre más alto sea un poco más valioso que otro más bajo. Yo no les reconozco a los árboles una ligera superioridad sobre los hombres ni los descuido por ser demasiado pequeños para molestarse por ellos. Al tratar con pequeñas diferencias de tamaño percibo que no tienen la menor conexión con ningún tipo de valor. Por eso concluyo que la importancia atribuída a las grandes diferencias de tamaño no es un asunto de la razón, sino de la emoción: de esa emoción peculiar que la superioridad de tamaño produce cuando se ha alcanzado un punto seguro de tamaño absoluto.

Somos poetas inveterados. Cuando una cantidad es muy grande dejamos de verla como mera cantidad. Nuestra fantasía despierta. En vez de cantidad tenemos ahora una cualidad: lo sublime. A menos que esto sea así, la grandeza puramente aritmética de la galaxia no sería más impresionante que las ilustraciones en una guía de teléfonos. En cierto sentido, que el universo material tenga un poder capaz de intimidarnos se debe, pues, a nosotros. Para una mente que no compartiera nuestras emociones y careciera de nuestras energías imaginativas el argumento del tamaño sería completamente insensato. Los hombres miran con reverencia el cielo estrellado, los monos no. El silencio del espacio eterno aterrorizaba a Pascal, pero fue la grandeza de Pascal la que puso al espacio en situación de espantar a Pascal. Cuando nos asusta la grandeza del universo estamos asustados, casi literalmente, por nuestras propias sombras, pues los años luz y los billones de siglos son mera aritmética hasta que cae sobre ellos la sombra del hombre, el poeta, el creador de mitos. Yo no digo que sea erróneo estremecerse ante su sombra, la sombra de una imagen de Dios. Pero si alguna vez la inmensidad de la materia amenaza sobrecoger nuestro espíritu debemos recordar que es una materia espiritualizada la que lo hace. En cierto sentido, la gran nebulosa Andrómeda debe su grandeza a un hombre encanijado.

Esto me lleva a decir una vez más que somos difíciles de contentar. ¡Qué pobres criaturas seríamos si el mundo en el que nos encontramos no fuera tan vasto y extraño como para producir en nosotros el terror de Pascal! Siendo, como somos, racionales pero también vivientes, anfibios que parten del mundo de los sentidos y siguen a través del mito y la metáfora hasta el mundo del espíritu, no veo cómo podríamos haber llegado a conocer la grandeza de Dios sin la indicación proporcionada por la inmensidad del universo material. Una vez más, ¿qué clase de universo reclamamos? Si fuera lo bastante pequeño para ser acogedor no sería lo bastante grande para ser sublime. Si es amplio para poder estirar en él nuestros miembros espirituales debe serlo también para desconcertarnos. Apretados o espantados, en cualquier universo imaginable debemos estar de una manera o de la otra. Yo prefiero el espanto. Me asfixiaría en un universo del que pudiera ver el fin. ¿No han retrocedido nunca deliberadamente, cuando paseaban por el bosque, por temor a salir por el lado opuesto y convertirlo desde entonces en la imaginación en una mísera fila de árboles?

Espero que no crean que estoy sugiriendo que Dios hizo las nebulosas espirales sólo o principalmente para proporcionamos la experiencia de temor reverente y de perplejidad. No tengo la menor idea de por qué las hizo; sería sorprendente que la tuviera. Tal como yo entiendo el asunto el cristianismo no se aferra a un punto de vista antropológico del universo como un todo. Es indudable que los primeros capítulos del Génesis presentan la historia de la creación en forma de cuento popular —un hecho reconocido tempranamente, en tiempos de San Jerónimo— y cualquiera de nosotros recibiría la misma impresión si los tomara aisladamente. Pero es una impresión no confirmada por la Biblia en su conjunto. Pocos lugares hay en la literatura en que se nos amoneste más severamente contra la tentación de convertir al hombre en medida de todas las cosas que en el Libro de Job: «¿Puedes tú agarrar con anzuelo al cocodrilo? ¿Hará pacto contigo? ¿Lo tomarás a tu servicio? A su sola vista quedarás aterrado». En San Pablo el poder de los cielos parece por lo general ser hostil al hombre. La esencia del cristianismo es, por supuesto, que Dios ama al hombre y que se hizo hombre y murió por él. Pero eso no prueba que el hombre sea el único fin de la naturaleza. En la parábola el hombre es una oveja perdida en cuya búsqueda va el pastor, no la única oveja del rebaño. Y no se nos dice que sea la más importante, salvo en la medida en que el más desesperadamente necesitado, mientras dura la necesidad, tiene un valor especial a los ojos del Amor. La doctrina de la Encarnación sólo estaría en conflicto con nuestro conocimiento de este vasto universo si supiéramos que hay en él otras especies racionales, caídas como nosotros, necesitadas de redención como nosotros, a las que no se les hubiera concedido la redención. Pero no conocemos ninguna de esas cosas. Tal vez haya numerosas formas de vida que no necesiten redención y otras muchas que hayan sido redimidas. Puede haber cosas completamente distintas de la vida que satisfagan la Sabiduría Divina de maneras difíciles de imaginar. No estamos en condiciones de levantar mapas de la psicología de Dios ni de poner límites a Sus intereses. Eso no se lo haríamos ni siquiera a un hombre que supiéramos que era más grande que nosotros. La doctrina de que Dios es Amor y de que se deleita en los hombres es una doctrina positiva, no restrictiva. Dios no es menos que esto. No sabemos que más puede ser. Sólo sabemos que tiene que ser más de lo que podamos imaginar. Era de esperar que su creación fuera, en su mayor parte, ininteligible para nosotros.

Los mismos cristianos tienen mucha culpa de los malentendidos sobre estos asuntos. Los cristianos tienen la mala costumbre de hablar como si la revelación existiera para satisfacer la curiosidad iluminando la creación entera, como si se explicara a sí misma e hiciera que todas las preguntas quedaran respondidas. Pero a mí me parece que la revelación es puramente práctica y está dirigida a un animal singular —el Hombre Caído, para alivio de sus necesidades más urgentes—, no al espíritu de indagación del hombre para satisfacción de su enorme curiosidad. Sabemos que Dios ha vivido con Su pueblo y lo ha redimido. Y esto nos dice tanto sobre el carácter general de la creación como la cantidad de alimento dada a un ave enferma en una granja nos dice sobre el carácter general de la agricultura en Inglaterra. Sabemos lo que debemos hacer y el camino que debemos seguir para llegar a la fuente de la vida, y nadie que haya seguido en serio la dirección se queja de haberse equivocado. Pero acerca de si hay otras creaturas como nosotros y cómo han de ser tratadas, acerca de si la materia inanimada existe únicamente para servir a las criaturas vivientes o por alguna otra razón, si la inmensidad del espacio es el medio para algún fin o una ilusión o simplemente la única manera que cabe esperar que cree la energía infinita… sobre todas estas cuestiones estamos dejados a nuestras propias especulaciones.

No. No es el cristianismo el que tiene que temer el universo gigantesco. Son los sistemas que ponen el sentido de la existencia entera en la evolución social o biológica sobre el planeta. Es el evolucionismo creador, la filosofía de Bergson o de Shavian, o el comunismo, que debería estremecerse al levantar de noche los ojos al cielo. Él está realmente recluído en un barco a la deriva. Él intenta realmente ignorar la naturaleza revelada de las cosas como si centrar la atención en la tendencia tal vez ascendente de un planeta particular pudiera hacerle olvidar la inevitable tendencia descendente del universo en su conjunto, la tendencia a bajas temperaturas y a desorganización irrevocable. La entropía es la verdadera ola cósmica y la evolución sólo un momentáneo rizo telúrico dentro de ella.

Apoyándome en estas razones, me permito decir que los cristianos tenemos que temer el conocimiento actualmente adquirido tan poco como los demás. Pero como dije al principio, esta no es la respuesta fundamental. Las incesantes oscilaciones de la teoría científica, que hoy parece más favorable para nosotros que el siglo pasado, puede volverse contra nosotros mañana. La respuesta básica se halla en otra parte.

Permítame el lector que le recuerde la pregunta que tratamos de responder. Es ésta: ¿cómo puede un sistema inalterable sobrevivir al incremento incesante de conocimiento? La verdad es que en determinados casos lo sabemos muy bien. Un intelectual maduro, que lee un pasaje grandioso de Platón y abarca de un vistazo la metafísica, la belleza literaria y el lugar de ambas en la historia de Europa, se halla en una situación muy diferente a la de un muchacho que aprende el alfabeto griego. Sin embargo, a través del sistema inalterable del alfabeto griego está actuando la inmensa actividad mental y emocional. El sistema del alfabeto no es roto por el nuevo conocimiento. Ni es anticuado. Si cambiara, todo sería caos. Un gran estadista cristiano, que considere la moralidad de una medida que afectará a millones de vidas y que entraña consideraciones económicas, geográficas y políticas de la mayor complejidad, está en una situación diferente que el muchacho que aprende por vez primera que no se debe estafar ni decir mentiras ni herir a personas inocentes. Pero sólo si este primer conocimiento de los grandes lugares comunes de la moral sobrevive intacto en el estadista podrá su deliberación ser moral. Si no ocurre así no ha habido progreso, sino mero cambio, pues el cambio no es progreso a menos que el núcleo permanezca inalterado. Un roble pequeño llega a ser un roble grande. Si se convirtiera en una haya no habría crecimiento sino mero cambio. Finalmente, hay una gran diferencia entre contar manzanas y llegar a las fórmulas matemáticas de la física moderna. Pero en los dos casos se usa la tabla de multiplicar y no se vuelve anticuada.

En otras palabras: dondequiera que hay verdadero progreso del conocimiento, hay algún conocimiento que no es sustituído. En realidad, la misma posibilidad de progreso exige que haya un elemento inalterable. Nuevos odres para el vino nuevo, por supuesto, pero no nuevos paladares, ni nuevas gargantas, ni nuevos estómagos, o dejaría de ser para nosotros «vino» en absoluto. Supongo que convendremos en encontrar este tipo de elemento inalterable en las reglas elementales de la matemática. Y añadiría los principios fundamentales de la moral. Y también las doctrinas fundamentales del cristianismo. Yo afirmo, expresado en un lenguaje más técnico, que las afirmaciones históricas positivas hechas por el cristianismo tienen la virtud de recibir sin cambios intrínsecos la creciente complejidad de significado que el desarrollo del conocimiento introduce en ellas.

Por ejemplo: puede ser verdad, aunque yo no lo creo ni por un momento, que cuando el Credo de Nicea dice «bajó del cielo», el escritor tuviera presente un movimiento local desde un cielo local hasta la superficie de la tierra, como el descenso de un paracaídas. Desde entonces otros pueden haber rechazado por completo la idea de un cielo espacial. Pero ni la importancia ni la credibilidad de lo que se afirma parece ser afectada lo más mínimo por el cambio. En cualquiera de los dos casos la cosa es milagrosa. En ambos son superfluas las imágenes mentales que acompañan el acto de creencia. Cuando un converso de África Central y un especialista de Harley Street afirman que Cristo resucitó de la muerte, hay, sin duda, una gran diferencia entre los pensamientos del uno y del otro. Para uno es suficiente la sencilla imagen de un cuerpo muerto levantándose. El otro puede pensar en toda una serie de procesos bioquímicos y físicos que comienza a obrar en dirección contraria. El médico sabe por experiencia que esos procesos no han funcionado nunca en dirección contraria, y el africano sabe que los cuerpos muertos no se levantan ni andan. Los dos se enfrentan con el milagro y los dos lo saben. Si ambos piensan que los milagros son imposibles, la única diferencia entre los dos será que el médico expondrá la imposibilidad con más lujo de detalles y hará una glosa elaborada de la sencilla afirmación de que los muertos no pasean. Si los dos creen en los milagros todo lo que el médico diga se limitará a analizar y explicar las palabras «Cristo resucitó». Cuando el autor del Génesis dice que Dios hizo al hombre a su imagen tal vez haya imaginado un Dios vagamente corpóreo haciendo al hombre como un niño hace una figura de plastilina. Un filósofo cristiano de nuestros días puede pensar en un proceso que se extiende desde la primera creación de la materia hasta la aparición final sobre el planeta de un organismo capaz de recibir vida espiritual y vida biológica; pero los dos quieren decir esencialmente lo mismo. Los dos niegan la misma cosa: la doctrina de que la materia, por algún ciego poder inherente en ella, haya producido el espíritu.

¿Significa esto que el cristianismo, en los diferentes niveles de educación general, esconde creencias radicalmente distintas bajo la misma forma verbal? En modo alguno. Aquello en lo que todos están de acuerdo es la sustancia, y aquello en lo que discrepan es la sombra. Cuando uno se imagina a su Dios sentado en un cielo espacial sobre una tierra llana mientras otro ve a Dios y a la creación desde el punto de vista de la filosofía de Whitehead, la diferencia entre ambos afecta a cuestiones sin importancia. Esto tal vez puede parecer una exageración. Pero, ¿lo es? En lo que respecta a la realidad material, nos vemos obligados a concluír que no sabemos nada de ella salvo su matemática. La ribera tangible y los guijarros de nuestras primeras calculadoras, los átomos imaginables de Demócrito, la imagen del espacio del hombre llano, resultan ser la sombra. Los números son la sustancia del conocimiento, el único enlace entre la mente y las cosas. Lo que la naturaleza es en sí misma se nos escapa. Lo que a la percepción ingenua le parece evidente resulta lo más fantasmal. Muy semejante es lo que ocurre con el conocimiento de la realidad espiritual. Lo que Dios es en sí mismo, cómo ha de ser concebido por los filósofos, se le escapa a nuestro conocimiento. Las elaboradas imágenes del mundo que acompañan a la religión, y que parecen sólidas mientras duran, resultan ser sólo sombras. La religión —oración y sacramentos y arrepentimiento y adoración— es, a la larga, nuestra única avenida a lo real. La religión, como las matemáticas, puede crecer desde dentro o deteriorarse. El judío sabe más que el pagano, el cristiano más que eljudío, el hombre moderno vagamente religioso menos que cualquiera de los tres. Pero, como la matemática, sigue siendo sencillamente ella misma, capaz de encajar en cualquier teoría del universo material sin que nada la convierta en anticuada.

Cuando un hombre se pone en presencia de Dios, descubre, quiéralo o no, que las cosas que en su opinión lo hacían tan diferente de los hombres de otras épocas, o de sí mismo en tiempos anteriores, se han desprendido de él. Vuelve a estar donde había estado siempre, donde siempre está el hombre. Eadem sunt omnia semper. No nos engañemos. Ninguna complejidad posible que podamos dar al universo puede escondemos de Dios: no hay soto, ni bosque, ni jungla suficientemente espesos para ocultamos. En el Apocalipsis leemos de Aquél que está sentado en el trono: «de cuya presencia huyeron el cielo y la tierra». A cualquiera de nosotros nos puede ocurrir en cualquier momento. En un abrir y cerrar de ojos, en un momento demasiado pequeño para ser medido y en cualquier lugar, todo lo que parece separarnos de Dios puede desaparecer, esfumarse, dejarnos desnudos ante Él, como el primer hombre, como el único hombre, como si no existiera nada salvo Él y yo. Y como el contacto no se puede evitar durante mucho tiempo, y como significa bienaventuranza u horror, la tarea de la vida es aprender a quererlo. Ese es el primer y el gran mandamiento.


[1] Lewis quiere decir “un remedio concreto para una enfermedad concreta”, por oposición a “remedio genérico”.

[2] Lc. 12, 10.

[3] Corintios I, 13, 10.


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