Gilbert Keith Chesterton


Sumario de El hombre eterno

Me he tomado la libertad, una o dos veces, de citar la excelente frase «bosquejo de la historia», a pesar de que este estudio, de una verdad especial y de un especial error, no puede aspirar a ninguna suerte de comparación con la magnífica enciclopedia de historia para la que fue elegido aquel nombre.

Y, no obstante, hay cierta razón para la referencia. Y aun un sentido en el cual uno de los conceptos toca y aun corta de través al otro. Porque la historia del mundo, tal como la cuenta Mr. Wells, sólo podría aquí ser censurada como bosquejo. Es admirable como una acumulación de historia. Es una fascinadora disquisición sobre historia. Pero es completamente falsa como bosquejo de historia. Es decir, que de esa historia lo que me parece una equivocación es el bosquejo. Esa especie de bosquejo que realmente puede ser una simple línea, como la que decide toda la diferencia entre una caricatura del perfil de Mr. Winston Churchill y otra de Sir Alfred Mond. Dicho más llanamente: me refiero a las cosas que se destacan, a las cosas que consiguen la simplicidad de una silueta.

Creo quo el error está en las proporciones. Las proporciones de lo que es cierto comparado con lo que es incierto, de lo que representa un papel sin importancia, de lo que es ordinario y lo que es extraordinario.

Y no digo esto como crítica mezquina de un gran escritor. Porque en este mi trabajo, de mucha menos importancia, siento que he fallado en el mismo sentido. Dudo mucho de haberme explicado ante el lector cuando me refiero a las proporciones de la historia y sobre el porqué he desarrollado unos temas mucho más que otros. Dudo mucho haber llenado claramente el plan que expuse en el capítulo de introducción, razón por la cual añado estas líneas como una especie de sumario en un capítulo de conclusiones.

Creo que los temas sobre los que he insistido son más esenciales para un bosquejo de la historia que los temas que he subordenado o no tratado. No creo, por otra parte, que el pasado se deba pintar como algo en el que la Humanidad se pierde en la Naturaleza, o la civilización en la barbarie, o la religión en la mitología, o nuestra propia religión en las religiones del mundo. En resumen: no creo que la mejor manera de producir un bosquejo de la historia sea borrar las líneas del dibujo para que sólo queden las de un boceto. Creo que sería acercarse más a la verdad contar la historia con toda sencillez, como un mito primitivo referente a un hombre que hizo el cielo y las estrellas o un dios que se introdujo en el cuerpo de un mono sagrado. Por tanto, resumiría todo lo pasado en lo que podría llamar un informe proporcionado, razonado y realista: la novela corta de la Humanidad.

En la tierra alumbrada por esa vecina estrella, cuyo resplandor es la luz del día, hay muchas y muy varias cosas, inmóviles y móviles. Entre ellas se mueve una raza que es, en relación con las otras, una raza de dioses. Y este hecho no es disminuído sino acentuado por el otro hecho de que, aunque dioses, puedan comportarse como una raza de demonios. Su distinción no es una ilusión individual. Es una realidad sólida y de muchas facetas. Se demuestra precisamente por las mismas especulaciones que han conducido hasta su negación.

Esos hombres, los dioses de este bajo mundo, están vinculados a él por modos diversos. Ciertamente. Pero ello es otro aspecto de la misma verdad. Que crezcan coma crece la hierba y anden como andan los animales es una necesidad secundaria que agudiza la primera distinción. Es como decir que un mago puede tener, después de todo, la apariencia de un hombre. O que ni siquiera las hadas pueden danzar sin pies.

En las últimos tiempos ha estado de moda enfocar la atención enteramente en estas semejanzas secundarias y olvidar enteramente el hecho principal. Es costumbre insistir en que el hombre se parece a las otras criaturas. Es verdad. Pero he aquí que esa semejanza él sólo puede verla. El pez no se da cuenta de su semejanza con otros animales. Ni el elefante ni el dromedario comparan osamentas. Aun en el sentido en que el hombre se identifica con el universo se nos muestra como una universalidad absolutamente sola. El mismo hecho de sentirse unido a todas las cosas es suficiente para separarle de todas esas mismas cosas.

Mirando a su alrededor y a esta luz única, tan solo por la llama como él sólo ha sabido encender, este semidiós o este demonio del mundo visible hace visible este mundo. Ve a su alrededor un mundo de un cierto tipo o estilo, que parece proceder según ciertas reglas o, al menos, repeticiones. Y ve una verde arquitectura que se construye a sí misma sin ayuda de visibles manos. Pero que se construye a sí misma según un plan o modelo determinado y fijo, como un dibujo ya trazado en el aire por un dedo invisible. Y esto no es, como ha sido ahora vagamente sugerido, una cosa vaga. No es un crecimiento de vida ciega. Todo busca un fin. Un glorioso y radiante fin. Aun la humilde margarita y el triste hongo que vemos con solo extender la vista sobre el campo.

En la misma forma de las cosas hay algo más que crecimiento. La flor tiene también su finalidad. Es un mundo de coronas. Esta impresión, sea o no una ilusión, ha influído tan profundamente sobre esta raza de pensadores y amos del mundo material que una vasta mayoría ha sido impulsada a hacerse una visión, una noción del mundo. Y esta mayoría ha deducido, con razón o sin ella, que el mundo obedece a un plan, y que, como la flor, tiene un fin y una corona. Pero estos pensadores pensaron que la admisión de esta idea de un plan aportaba consigo otra idea mucho más emocionante, mucho más terrible. Alguien más había, algún extraño e invisible ser, que había trazado estas cosas, si, efectivamente, estas cosas estaban trazadas. Existía, pues, un ser extraño que al mismo tiempo era un amigo. Un misterioso bienhechor que había existido antes que ellos, que los hombres, y había construído los bosques y las montañas para cuando ellos llegaran, y había encendido el sol, como un criado prepara el fuego para sus señores.

Esta noción de una inteligencia que da un significado al universo se ha confirmado más y más en la mente de los hombres por medio de meditaciones y experiencias mucho más sutiles e inquiridoras que cualquier argumento sobre el plan externo del mundo. Pero yo debo limitarme a contar esta historia en sus términos más simples y concretos. Y ya es bastante decir aquí que muchos hombres, incluso los más sabios, han llegado a la conclusión de que el mundo tiene un objeto, un designio, un propósito final, y, por tanto, una primera causa. Pero también muchos hombres se separaron de aquellos sabios cuando tuvieron que tratar esta idea. Y hubo dos maneras de tratarla y esas dos maneras constituyen casi toda la historia religiosa del mundo.

La mayoría, como la minoría, tuvo este fuerte sentido de un segundo significado de las cosas, de un extraño amo y maestro que conocía el secreto del mundo. Pero la gran mayoría, la multitud o masa de hombres, tendió naturalmente a tratar esta idea de un ser superior con un espíritu de comadreo. Y las historias a que este comadreo dio lugar, como todas las historias de comadreo, contenían una gran parte de verdad y otra gran parte de mentira. Y el mundo empezó a contarse a sí mismo cuentos e historias sobre aquel ser desconocido, o sobre sus hijos o servidores y mensajeros. Muchos de los cuentos pueden ser llamados cuentos de viejas, pues que sólo se refieren a supuestas y remotas memorias de la infancia del mundo, mitos sobre la luna-niña y las montañas a medio cocer. Otros pueden ser legítimamente llamados cuentos de camino, pues que suponen curiosos —pero contemporáneos— relatos extraídos de determinadas experiencias, como los que hablan de curas maravillosas o los que se refieren a lo que le pasa al hombre después de muerto. Muchos de ellos son probablemente historias verdaderas. Bastantes de ellos son capaces de suscitar en cualquier persona de efectivo sentido común la idea de que realmente algo maravilloso existe detrás de la cortina cósmica. Algo maravilloso que, en cierto sentido, sólo se produce por apariciones. Es una cuestión de apariciones y desapariciones. En su mayoría, esos dioses son fantasmas. Esto es, ojeadas, vislumbres. Para muchos de nosotros son más bien historias de comadres acerca de vislumbres o percepciones rápidas. Y para el resto, el mundo entero está lleno de rumores, muchos de las cuales se convierten manifiestamente casi en novelería. La gran mayoría de los cuentos sobre dioses y fantasmas y el rey invisible es contada, si no simplemente por el placer de contar, al menos por el placer humano de repetir tópicos. Pero, de cualquier manera, significan siempre un interés eterno en el eterno tema. Aunque no signifiquen otra cosa, ya significan bastante. Son, en resumen, mitología o poesía popular.

Entretanto, la minoría, las hombres prudentes y sabios a pensadores, se retiraron del sentido popular, pero con objeto de meditar también sobre lo mismo. Y empezaron a trazar planos del mundo porque todos creían que el mundo obedecía a un mapa. Y dirigieron su mente hacia la inteligencia que había hecho el misterioso mundo considerando qué especie de inteligencia pudiera ser y cuál pudiera ser su último propósito. Algunos de ellos hicieron esa inteligencia mucho más impersonal de lo que lo había imaginado generalmente el género humano. Otros la simplificaron hasta reducirla casi a cero. Pocos, muy pocos, dudaron de su existencia. Uno o dos de los más degenerados imaginaron que aquel ser invisible podía ser malo y enemigo del hombre. Y otro uno u otros don de los más irremediablemente degenerados adoraron demonios en vez de dioses. Pero muchos de esos teoricistas eran teístas. Y no solamente vieron un plan moral en la Naturaleza, sino que generalmente trazaron un plan moral para las hombres. Muchos de ellos fueron hombres buenos que realizaron una obra buena. Y por eso fueran recordados y reverenciados. Fueron escribas, y sus escrituras llegaron a ser más o menos santas escrituras. Fueron legisladores, y su tradición llegó a ser no sólo legal, sino también ceremonial. Se puede decir que recibieron divinos honores, en el sentido que algunos reyes y grandes capitanes de ciertos países recibieron honores divinos. En uno palabra: dondequiera que el otro espíritu, el espíritu popular, el espíritu de leyenda y de historia llana y cándida, pudo entrar en juego, aquellos hombres buenos fueron rodeados de la más mística atmósfera de los mitos. La poesía popular, en fin, los convirtió en santos. Pero no hizo más. Los hombres nunca olvidaron verdaderamente lo que eran: hombres, sólo convertidos en dioses en el sentido que una bella hazaña podía convertirlos en héroes. Lo de "divino Platón", por ejemplo, era un título y no un dogma. En Asia, en donde el ambiente era mucho más mitológico, era fácil hacer que un hombre pareciese un mito, pero seguía siendo un hombre. Desde luego, un hombre de cierta clase especial o escuela de hombres, recibiendo y mereciendo grandes honores de los demás hombres.

Es la orden o escuela de los filósofos. Los hombres que se han dedicado seriamente a poner orden en todo aparente caos que se ofrezca contemplando la vida. En vez de contentarse con rumores imaginativos y tradiciones remotas sobre la inteligencia que hizo el mundo y conocía el sentido o significado del mundo, intentaron establecer a priori el primer designio de aquella inteligencia. Y trataron de fijar sobre el papel un posible plan del mundo, como si el mundo no estuviera hecho todavía.

Y he aquí que, en medio de este estado de cosas, se erige una enorme excepción. Excepción verdaderamente única. Sin antecedente. Sin semejanza con nada anterior ni posterior. Es algo final, como la trompeta del Juicio, y es al mismo tiempo un puñado de buenas nuevas. Tan buenas, que parecen increíbles. Es nada menos que la afirmación categórica de que ese misterioso hacedor del mundo ha visitado su mundo en persona. Él, Él mismo, aquel invisible Ser original, acerca del cual los pensadores hicieron teorías y los mitólogos mitos. El Hombre Que Hizo El Mundo.

Que tan alta personalidad existe detrás de todo lo creado lo han inferido siempre los mejores pensadores, como asimismo las más hermosas leyendas. Pero ni aquellos ni éstas han imaginado nunca una posibilidad como la de Dios viviendo entre los hombres. Es completamente falso decir quo otros sabios y héroes se han proclamado a sí mismos ese misterioso maestro y hacedor, con quien tanto ha soñado y por quien tanto se ha disputado el mundo. Ni ninguna de sus sectas o escuelas han dicho que ellos hayan dicho ser nada parecido siquiera. Lo más que ha dicho algún visionario es que los hombres podían lograr vislumbres de la gloria de aquel Ser espiritual y, con bastante más frecuencia, de menos espirituales seres. Lo más que se ha atrevido a sugerir cualquier mito primitivo es que el Creador estuvo presente en la Creación. Pero que el Creador estuvo presente en escenas un poco posteriores a las cenas de Horacio, y que habló con los recaudadores de contribuciones y los funcionarios del Gobierno en la vida común y diaria del Imperio romano, y que este hecho siguió siendo admitido por el conjunto de la gran civilización y durante más de mil años, esto es algo sin semejanza posible con nada de este mundo, con nada absolutamente de este mundo. Es el hecho más asombroso que ha conocido el hombre desde que habló la primera palabra articulada en vez de ladrar como un perro. Su carácter único —ya lo sé— puede ser utilizado como un argumento en contra, igual que como un argumento a favor. Sería fácil localizarlo como un caso de locura sin par. Pero como no se puede utilizar es como un elemento de religión comparada.

Este caso único se ofreció al mundo precedido de una gloriosa turba de mensajeros que proclamaban el apocalíptico portento. Y no es un exceso imaginativo decir que aun siguen su desenfrenada y jubilosa carrera. Lo que asombra al mundo, y a sus sabios filósofos y a sus inspirados poetas paganos, respecto a los sacerdotes de la Iglesia católica, es que aun se conducen como si fueran heraldos, mensajeros, nuncios. Un mensajero no se pierde en disquisiciones sobre la índole del mensaje que lleva, ni replica a lo que él se figura que puede ser el mensaje. Lo entrega y basta. No se trata de una teoría ni de una fantasía, sino de un hecho. No es indispensable demostrar en este bosquejo —deliberadamente rudimentario— que se trata de un hecho. Basta indicar que aquellos mensajeros procedieron con su mensaje como los hombres proceden con los hechos.

Todo lo que los heterodoxos condenan en la Iglesia católica —su autoritarismo, su dogmatismo y su negativa a retractarse ni modificarse— no son más que los naturales atributos humanos de un hombre que trae un mensaje referente a un hecho. Deseo evitar en este último sumario todas las complejidades controversiales que pueden ensombrecer las simples líneas de esta extraña historia, historia que ya he llamado, con muy poca fuerza expresiva, por cierto, la más extraña historia del mundo.

Lo que quiero, simplemente, es marcar bien esas líneas principales, y marcar especialmente en dónde debe ser trazada la gran línea, la fundamental, la más importante de todas. La religión del mundo, en sus verdaderas proporciones, no está dividida en sombras de misticismo o más o menos racionales formas de mitología. Está dividida por la línea que separa a los hombres que traen ese mensaje y los hombres que aún no lo han oído o no pueden creer en él.

Pero cuando traducimos los términos de esa extraña historia a la más concreta —pero también más complicada— terminología contemporánea, nos la hallamos cubierta de nombres y memorias cuya familiaridad supone ya una falsificación. Por ejemplo: cuando decimos que un país tiene tantos mahometanos, lo que realmente queremos decir es que tiene ese número de monoteístas. Y con esto queremos decir realmente que tiene ese número de hombres que creen que el Maestro invisible sigue siendo invisible. Creencia que sostienen en común con las costumbres de un cierto orden de cultura y bajo las simples leyes de cierto legislador. Pero creencia que hubieran modificado si su legislador hubiese sido Licurgo o Solón. Son testigos de algo que supone una necesaria y noble verdad. Pero que no fue nunca una nueva verdad, la nueva verdad. Su credo no asume un nuevo color. Es el color neutral y normal que constituye el fondo de la policroma vida del hombre.

Mahoma no encontró, como los Reyes Magos, una nueva estrella. Vio a través de su propia y particular ventana una vislumbre o indicio del gran campo gris de la antigua luz estelar. Así, cuando decimos que un país tiene tantos confucianos o tantos budistas, queremos decir que tiene ese número de paganos, cuyos profetas les han dado otra versión un poco más vaga del poder invisible, al que hacen no sólo invisible, sino casi impersonal. Cuando decimos que tienen también templos e ídolos y sacerdotes y fiestas periódicas, queremos decir, sencillamente, que aquellos gentiles tienen de la vida un sentido lo suficientemente humano para admitir el elemento popular de la pompa, lo pictórico y festero y hasta lo que asume apariencia de cuento de hadas. En resumidas cuentas: queremos decir que esos paganos tienen más sentidos que los puritanos. Pero lo que se supone que sean sus dioses, lo que sus sacerdotes tienen el encargo de decir, no es, en manera alguna, un secreto tan sensacional como el que tienen que comunicar al mundo los mensajeros del Evangelio. Nadie, sino aquellos mensajeros, tiene un Evangelio. Nadie más tiene ninguna buena nueva. Por la simple razón de que nadie más tiene buenas nuevas.

Esos magníficos heraldos corredores acumulan más ímpetus a medida que corren. Siglos después de haber recibido el encargo aun hablan como si el suceso que tienen que referir acabase de suceder. No han perdido ni velocidad ni impulso. Apenas han perdido un ápice de sorpresa en sus ojos. En la Iglesia católica, que es la cohorte del Mensaje, aun se dan temerarios casos de santidad que hablan de algo rápido y reciente. Un espíritu de sacrificio que asombra al mundo como un suicidio. Pero no es suicidio. No es pesimismo. Es tan grande optimismo como el del san Francisco de las flores y los pájaros. Y es también de un espíritu más nuevo que la más nueva escuela filosófica. Y que se halla en la víspera de nuevos triunfos. Porque esos hombres sirven a una madre que parece hacerse más y más hermosa a medida que se alzan las nuevas generaciones e imploran su bendición. Hasta podríamos decir que la Iglesia se hace más y más joven a medida que el mundo deviene más y más viejo.

Porque ésta es la última prueba del milagro: que una cosa tan sobrenatural se haya hecho tan natural. Quiero decir que una cosa tan única vista desde fuera parezca tan universal vista desde dentro. No he reducido la escala del milagro, como algunos de nuestros teólogos creen prudente hacer. Más bien he tratado, deliberadamente, aquella portentosa irrupción como un golpe formidable que rompe la misma dorsal de la Historia. Confieso que simpatizo con los monoteístas, mahometanos o judíos, quienes consideran el gran milagro como una blasfemia. Una blasfemia que pudiera sacudir al mundo. Pero no sacude al mundo, no lo estremece. Por el contrario, lo fija, lo cimenta. Es un hecho que cuanto más lo consideramos, más sólido y extraño nos parece.

Me parece de estricta justicia para con los fieles insistir sobre la audacia del acto de fe que se les pide. Reconozco de buen grado que es en sí mismo una sugestión ante la cual casi podría esperarse que hasta el cerebro del creyente vacilara cuando se diese cuenta de la magnitud de su propia creencia. Pero la inteligencia del verdadero creyente no vacila. La que vacila es la de los infieles. Todos los días vemos sus mentes vacilando aparatosamente entre un cúmulo de éticas y psicologías extravagantes Sumidas en pesimismo y en la negación de la vida. En pragmatismo y la negación de la lógica. Buscando en los sueños indicios, pronósticos, presagios, y buscando cánones en un laberinto de contradicciones. Estremeciéndose de terror a la vista del mundo más allá del bien y del mal, o sugiriendo la posibilidad de absurdas estrellas en donde dos y dos sean cinco.

Entretanto, este caso sin par, que parece al principio tan extraño, sigue siendo firme y razonable en sustancia. Es la fuerza moderadora de todas aquellas manías. Repito que he acentuado deliberadamente su carácter intrínsecamente retador y dogmático. El misterio es cómo algo tan sorprendente pueda seguir siendo tan firme y dogmático y se haya convertido en algo tan normal y natural.

Ya he admitido que, considerando el hecho en sí mismo, un hombre que dice que es Dios puede ser encasillado en el mismo lugar que otro hombre que diga que es cristal. Pero el hombre que dice que es cristal no es cristalero capaz de poner cristales en todas las ventanas del mundo. Ni sigue siendo después de muchos siglos una figura brillante y cristalina, a cuya luz todas las cosas son tan transparentes como el cristal.

Pero he aquí que la posible locura ha resultado ser cordura. Cordura cuando todo parecía enloquecer. La casa del loco ha resultado una casa a la cual, edades tras edades, retorna el hombre como a su propia casa. Este es el gran enigma: que algo tan extraño y anormal sea considerado aun habitable y hospitalario. Nada importa que los escépticos digan que es un cuento de camino. No me explico, entonces, cómo uno torre tan frágil permanece en pie tanto tiempo. Tiene que tener cimientos muy firmes. Aún menos me explico cómo ha podido llegar a ser, como ha llegado a ser, la casa, el hogar del hombre. Nada más que hubiera aparecido y desaparecido, posiblemente habría sido siempre recordada o explicada como el último esfuerzo de la necesidad de ilusión, el último razonamiento después del cual la mente tropieza con el cielo y se rompe.

Pero la mente no se rompió. La mente católica es la única que permanece intacta. Si el Catolicismo es un error parece de tal magnitud que es increíble haya durado más de un día. Si fuera un mero éxtasis no se le concibe durando más de una hora. El error y el éxtasis han durado ya cerca de dos mil años. Y el mundo que vive en su seno ha sido más lúcido, más equilibrado, más razonable en sus esperanzas, más sano en sus instintos, más tranquilo y alegre ante la faz del destino y la muerte, que todos los demás. Porque fue el alma del Cristianismo lo que emanó del increíble Cristo. Y el alma del Cristianismo fue sentido común.

Aunque no nos atrevamos a mirar Su rostro, podemos contemplar Sus frutos. Y por Sus frutos Le conocemos. Los frutos son tangibles y la fertilidad es algo más que una metáfora. Y en ninguna parte de este triste mundo existen hombres más felices que —cantando alegres coros mientras pisan la uva del Señor— bajo el haz de luz de este «autoritario e intolerante» foco de verdad y cordura… Y es que el relámpago se hizo eterno como la luz.


Tomado de las Obras Completas de G.K. Chesterton editadas por Plaza y Janés, S.A., 1967, pp. 1445 - 1674.

 

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