El peso de la Gloria


C.S. Lewis


Si preguntaran a veinte hombres buenos de nuestros días su opinión sobre la más alta de las virtudes diecinueve de ellos responderían: el desinterés. Si hubieran hecho la misma pregunta a los grandes cristianos del pasado la mayoría de ellos habría dado esta respuesta: el amor. ¿Perciben la diferencia entre ambas contestaciones? Consiste en la sustitución de un término positivo por otro negativo. El cambio no tiene un interés meramente filológico. La noción negativa de desinterés no sugiere de entrada la idea de procurar bienes a los demás, sino la de privarnos a nosotros mismos de ellos, como si lo importante fuera nuestra abstinencia, no su felicidad. Ésa no es, a mi juicio, la virtud cristiana del amor. El Nuevo Testamento tiene mucho que decir sobre la abnegación pero muy poco sobre la renuncia como fin en sí misma. Se nos dice que nos neguemos a nosotros mismos y carguemos con nuestra cruz para poder seguir a Cristo. Casi todas las imágenes de las consecuencias a largo plazo de ese modo de obrar contienen una apelación al deseo. Para buena parte de las mentes modernas, tras descripciones semejantes se oculta la idea de que desear el propio bien y esperar ardientemente gozar de él es algo malo. Permítanme decir frente a ello que esa noción procede de Kant y de los estoicos; no forma parte de la fe cristiana. Si recordamos las claras promesas de recompensa y su asombrosa naturaleza tal como están expuestas en el Evangelio parece que Nuestro Señor no considera muy fuertes nuestros deseos, sino extraordinariamente débiles. Somos criaturas endebles. Nos divertimos con la bebida, el sexo y la ambición e ignoramos el goce infinito que se nos ofrece, como niños ignorantes empeñados en seguir haciendo pasteles de barro en un lodazal por su incapacidad para imaginar lo que significa el ofrecimiento de pasar un día de fiesta en el mar. Somos muy fáciles de contentar.

No nos deben  turbar las afirmaciones de los no creyentes de que la promesa de recompensa hace de la vida cristiana un asunto mercenario. Existen diversos tipos de recompensa. Algunas no tienen la menor vinculación con las acciones realizadas para adquirirlas: son absolutamente extrañas al deseo. El dinero no es el galardón natural del amor. POr eso llamamos mercenarios al hombre que se casa por dinero. En cambio el matrimonio es el premio apropiado para el verdadero amante, y el enamorado no es un mercenario por desearlo.  El general que lucha por conseguir un título nobiliario es un mercenario pero el que combate por la victoria no lo es; pues la victoria es lel laurel adecuado de la batalla como el matrimonio es la merced genuina del amor. Las recompensas convenientes no están simplemente añadidas a las actividades merecedoras de ellas: en sentido estricto con su consumación.

Existe un tercer caso más complicado todavía. El gozo de la poesía griega es, ciertamente, el beneficio merecido —no mercenario— del estudio de la lengua griega. Ahora bien; sólo quienes alcanzan un conocimiento suficiente para deleitarse con ella pueden confirmarlo por propia experiencia. El escolar que empieza a estudiar la gramática griega no puede anticipar su gozo posterior de Sófocles como el enamorado espera ilusionadamente el matrimonio o el general la victoria. Ha de empezar esforzándose en conseguir buenas notas, eludir el castigo, agradar a sus padres, o, en el mejor de los casos, esperar un buen futuro que ahora no puede imaginar ni desear. Su situación tiene cierta semejanza con la del mercenario. La satisfacción futura es ciertamente un premio natural y apropiado pero no lo sabrá hasta el momento de conseguirlo. Se trata de un galardón conquistado gradualmente. El gozo sustituye paulatinamente al trabajo penoso. Nadie puede indicar el día y la hora en que termina éste y comienza aquél. Sin embargo, el cambio va teniendo lugar conforme se acerca a la recompensa, que ya empieza a desear por sí misma. Esa capacidad de desear es en sí misma un beneficio preliminar.

La relación del cristiano con el cielo es semejante a la del colegial. Quienes han alcanzado la vida perdurable y gozan de la visión de Dios saben perfectamente que esa recompensa no es mero soborno sino la verdadera consumación de su discipulado terrenal. Quienes no la han alcanzado todavía no pueden saberlo como los bienaventurados; ni siquiera les cabe una sabiduría incipiente de ello salvo persistiendo en la obediencia y descubriendo la primera recompensa de la sumisión en el poder —más grande cada vez— de desear el definitivo galardón. El temor a que el deseo sea una ambición mercenaria desaparece conforme crece el afán. Al final terminará convirtiéndose en un miedo absurdo. Ese cambio no se producirá seguramente en un día. La poesía sustituye a la gramática y el Evangelio a la ley gradualmente; el anhelo transforma la obediencia poco a poco, como la marea eleva la barca varada.

Hay otra semejanza importante entre la situación del colegial y la nuestra. Si es un muchacho con imaginación podrá deleitarse seguramente con los poetas y novelistas ingleses adecuados a su edad antes de empezar a sospechar que la gramática griega lo conducirá a un gozo semejante más grande cada vez. Puede, incluso, descuidar el griego para leer en secreto a Shelley y Swinburne. En otras palabras: el deseo que satisfará el griego en su momento existe ya, y se refiere a objetos completamente separados, a su juicio, de Jenofonte y los verbos en mi. De igual modo, si estamos hechos para el cielo el anhelo de alcanzar el lugar adecuado a nuestro ser debe estar ya en nosotros aun cuando no corresponda todavía al objeto apropiado. Aparecerá, incluso, como rival suyo. Así ocurre efectivamente. En un punto se rompe, no obstante, la analogía con el colegial. La poesía inglesa que lee en lugar de dedicarse a hacer sus ejercicios de griego puede ser tan bella como la griega, a la que le conducirá su esfuerzo. Al elegir a Milton en vez de viajar hacia Esquilo su deseo no abraza un falso objeto. Nuestro caso es completamente diferente. Si nuestro verdadero destino es un bien transtemporal y transfinito cualquier otro que el deseo pueda elegir debe ser falaz de algún modo, debe tener en el mejor de los casos una relación simbólica con lo que verdaderamente lo satisface.

Siento cierto pudor al hablar del ansia, presente en nosotros ya en este momento, de llegar a nuestro lejano país. Estoy cometiendo casi una indecencia. Estoy intentando rasgar el insondable secreto oculto en cada uno de nosotros, el misterio cuya herida profunda nos induce a vengarnos de él dándole nombres como nostalgia, romanticismo y adolescencia. La dulzura de su aguijón es tal que, cuando resulta imprescindible mencionarlo en la conversación íntima, nos volvemos torpes y aparentamos reírnos de nosotros mismos. No podemos ocultarlo ni revelarlo aun cuando deseemos hacer ambas cosas. No cabe revelarlo porque es el deseo de algo no aparecido nunca en nuestra experiencia. No es posible acallarlo porque nuestra experiencia está sugiriéndolo continuamente y nos delatamos como se descubren los amantes al mencionar el nombre del amado. El recurso más habitual consiste en llamarlo «belleza» y en actuar como si eso resolviera el asunto. El subterfugio de Wordsworth se reduce a identificarlo con ciertos momentos de su propio pasado. Todo ello es una trampa. Si Wordsworth hubiera regresado a esos momentos del pasado no habría encontrado el objeto deseado sino sólo un recordatorio suyo. Lo recordado resultaría ser un recuerdo en sí mismo. Los libros o la música en que creíamos que se ocultaba la belleza nos traicionarán si confiamos en ellos. Pero realmente no está ni en aquéllos ni en ésta, tan sólo se revela a través de ellos. En realidad, los libros y la música aumentan el deseo de poseerla.

Estas cosas —la belleza, el recuerdo de nuestro pasado— son buenas imágenes de lo realmente deseado. Si se confunden con la cosa misma se transforman, no obstante, en ídolos mudos que rompen los corazones de quienes los adoran. No son, pues, la cosa misma, sino el perfume de una flor no hallada, el eco de una armonía jamás oída, la noticia dé un país desconocido. ¿Creen que estoy tramando un hechizo? Tal vez. Recuerden, no obstante, los cuentos de hadas de la infancia. Los hechizos se usaban para embrujar y para deshacer encantamientos. Ustedes y yo hemos necesitado el mayor conjuro imaginable para despertarnos del terrible sortilegio de mundaneidad imperante desde hace aproximadamente cien años. Buena parte de la educación recibida ha ido dirigida a silenciar esta tímida y persistente voz interior. La mayoría de las corrientes filosóficas modernas han sido urdidas para convencernos de que el bien del hombre se halla en esta tierra.

Es sorprendente que doctrinas filosóficas como la del progreso o la evolución creadora sean a pesar suyo testimonios de que nuestro verdadero fin está en otra parte. Observen cómo arremeten contra la tierra cuando quieren convencernos de que es nuestra morada. Comienzan tratando de persuadirnos de que la tierra se puede transformar en el cielo. Al hacerlo así quieren compensar nuestro sentimiento de exilio en un mundo terrenal como éste. A continuación nos aseguran que el feliz acontecimiento ocurrirá en un futuro todavía muy lejano. Quieren desagraviar así el conocimiento de que la patria no es ésta de aquí y ahora. Finalmente, para no despertar el anhelo de lo transtemporal y echarlo todo a perder recurren a cualquier retórica disponible para expulsar de nuestras mentes el recuerdo de que la muerte haría que las sucesivas generaciones, incluida la última de todas, perdieran la felicidad por ellos prometida si ésta pudiera alcanzarla el hombre en la tierra. La historia entera sería, pues, nada para siempre. Ni siquiera sería historia. De ahí el sinsentido del discurso final de Lilith en la obra de Shaw. Ésa es también la causa de la observación de Bergson acerca de que el élan vital es capaz de superar todos los obstáculos, quizás hasta la propia muerte; como si fuera posible creer que el desarrollo social o biológico sobre el planeta será capaz de retrasar el envejecimiento del sol o trastocar la segunda ley de la termodinámica.

Si atendemos sus exigencias tomaremos conciencia de un deseo que ninguna felicidad natural puede satisfacer. ¿Hay alguna razón, empero, para suponer que la realidad será capaz de complacerlo? «El hambre no prueba que vayamos a tener pan». Esta afirmación es, a mi juicio, básicamente errónea. El hambre física de un hombre no garantiza que sea capaz de conseguir pan. Un hambriento puede morir de inanición en una balsa a la deriva sobre el Atlántico. Sin embargo, el hambre humana demuestra de modo inequívoco la pertenencia del hombre a una raza que necesita comer para reponer sus fuerzas físicas, su condición de habitante de un mundo en el que existen sustancias comestibles. De igual modo, aun cuando no creo que mi deseo de alcanzar el Paraíso pruebe que habré de gozar de él (aunque sí desearía hacerlo), considero ese anhelo una indicación bastante buena de su existencia y de la esperanza de algunos seres humanos de merecerlo. Un hombre puede amar a una mujer y no lograrla. Sería muy extraño, empero, que el fenómeno denominado «enamorarse» ocurriera en un mundo asexuado.

En la tierra el deseo es todavía errante, inseguro de su objeto e incapaz en gran medida de descubrirlo donde realmente se encuentra. Los Libros Sagrados nos dan noticias de él. Se trata, naturalmente, de una indicación simbólica. El cielo se halla por su misma definición fuera de nuestra experiencia. Cualquier descripción inteligible debe versar, sin embargo, sobre objetos accesibles a la observación sensible. La imagen del cielo de las Escrituras es, pues, tan simbólica como la supuestamente ideada por el deseo sin ayuda alguna. El cielo no está realmente lleno de joyas, ni es tampoco la belleza de la naturaleza o una primorosa pieza musical. La diferencia reside en que las imágenes de las Escrituras tienen autoridad. Han llegado a nosotros a través de escritores muy cercanos a Dios y han superado el examen de la experiencia cristiana a lo largo de los siglos. En principio, encuentro muy pequeño el atractivo natural de estas autorizadas representaciones. A primera vista debilita mis deseos en lugar de despertarlos. [Pero] Eso es precisamente lo que debo esperar. Si el cristianismo no me dijera más sobre el lejano país de lo que mi propio temperamento me induce a suponer no sería más excelso que yo. Si tiene más que ofrecerme debo esperar que sea inmediatamente menos atractivo que «mi propia materia». Al muchacho que sólo ha leído a Shelley, Sófocles le parecerá en principio frío e insensible. Si nuestra religión es una realidad objetiva no debemos apartar nunca nuestros ojos de aquellos elementos suyos aparentemente enigmáticos o desagradables pues lo enigmático y lo desagradable ocultan realidades que no podemos conocer todavía y [que] necesitamos conocer.

Las promesas de las Escrituras se pueden reducir grosso modo a cinco. La primera asegura que estaremos con Cristo. La segunda, que seremos semejantes a Él. La tercera, expuesta con gran riqueza de imágenes, que tendremos la «gloria». La cuarta, que seremos alimentados, homenajeados y agasajados de algún modo. La quinta, que ocuparemos cierta posición oficial en el universo (gobernando ciudades, juzgando ángeles, siendo pilares del templo de Dios). La primera cuestión suscitada por estas promesas es la siguiente: «¿Para qué hacen falta las cuatro últimas si existe la primera?» ¿Puede añadirse algo al hecho de estar con Cristo? Quien tiene a Dios y todo lo demás no tiene más —como acertadamente dice un escritor antiguo— que quien tiene solamente a Dios. La respuesta versa de nuevo, en mi opinión, sobre la naturaleza de los símbolos. Aun cuando seamos incapaces de percibirlo a primera vista, no hay duda de que cualquier idea que podamos formarnos ahora de lo que supone estar con Cristo no será menos simbólica que las demás promesas. Todas ellas pasan de contrabando nociones de proximidad espacial y conversación amorosa tal como las entendemos ahora. Por lo demás, es muy probable que acentúen la humanidad de Cristo y excluyan su divinidad. De hecho los cristianos que prestan atención exclusivamente a la primera promesa la llenan siempre de imágenes terrenales, con frecuencia de metáforas nupciales o eróticas. No es mi intención en modo alguno condenar ese género de representaciones. Desearía de todo corazón penetrar en ellas más profundamente de lo que lo hago y rezo para poder hacerlo. A mi juicio todo ello es exclusivamente símbolo, semejante a la realidad en unos aspectos y distinto en otros. Por eso necesita la corrección de los diferentes símbolos de las demás promesas. La variedad de promesas no significa que nuestra bienaventuranza última no sea Dios. Ahora bien; como Dios es más que una Persona, y para que no pensemos el gozo de su presencia recurriendo exclusivamente a nuestra pobre experiencia actual del amor personal, con su estrechez, tirantez y monotonía, se nos provee de una docena de imágenes cambiantes que se corrigen y relevan unas a otras.

Vuelvo nuevamente a la idea de gloria. No se trata de negar el hecho evidente de que esta noción ocupa un lugar muy destacado en el Nuevo Testamento y en los escritos cristianos primitivos. La salvación está asociada constantemente con palmas, coronas, túnicas blancas, tronos y esplendor como el del sol y las estrellas. Nada de ello me atrae en absoluto. En ese sentido parezco un moderno típico. La gloria me sugiere dos ideas, una aparentemente inicua y otra ridícula. Gloria significa, a mi parecer, fama o luminosidad. En relación con lo primero: el deseo de fama me sugiere una pasión competitiva, consecuentemente algo más propio del infierno que del cielo, pues ser famoso significa ser más conocido que la demás gente. A propósito de lo segundo, ¿quién desea llegar a ser una especie de bombilla eléctrica viviente?

Cuando comencé a investigar este asunto me sorprendió descubrir que cristianos tan diferentes como Milton, Johnson y Tomás de Aquino consideraban sinceramente la gloria celestial como fama o buena reputación. No se trata naturalmente de notoriedad otorgada por nuestros semejantes sino de reputación concedida por Dios, de su aprobación o «aprecio» —si me permiten la expresión—. Cuando posteriormente medité sobre ello me di cuenta de que esta opinión es la de las Escrituras. Nada puede eliminar de la parábola el accolade* divino: «Bien hecho, siervo bueno y fiel». Con ello se derrumbó como un castillo de naipes gran parte de lo que había pensado durante toda mi vida. Recordé súbitamente que quien no sea como un niño no entrará en el cielo. Y nada más propio de los pequeños —de los buenos, no de los engreídos— que el enorme y franco placer de ser encomiado. Se trata de una actitud característica no sólo de los niños sino también de ciertos animales (como los perros y los caballos).

Mi errónea concepción de la verdadera humildad me ha impedido durante estos años entender realmente cuál es el placer más humilde, el más propio de los niños, el verdaderamente característico de una criatura, la fruición específica del inferior: el júbilo de la bestia ante el hombre, del niño ante su padre, del alumno ante el maestro, de la criatura ante el Creador. No olvido cuán aterradoramente imitan las ambiciones humanas este inocente deseo, ni con qué rapidez se transforma —según experiencia propia— el legítimo deseo de ser alabado por aquellos a quienes estamos obligados a agradar en el veneno mortal de la admiración de sí mismo. Pese a todo podría percibir un momento —un instante muy corto—, antes de producirse el cambio, durante el que la satisfacción de haber complacido a las personas verdaderamente amadas y temidas era pura. Eso basta para elevar nuestros pensamientos a lo que habrá de ocurrir cuando el alma redimida, por encima de toda esperanza y casi allende la fe, conozca al fin que ha complacido a Aquel para el que fue creada. A esa hora no habrá lugar para la vanidad. El alma estará libre de la miserable ilusión de creer que es mérito suyo. Sin el menor rastro de mancha de lo que ahora podríamos llamar auto complacencia se alegrará inocentemente de que Dios le haya dado el ser, [y se] curará para siempre su viejo complejo de inferioridad cuando entierre su orgullo más profundamente que el libro de Próspero. La humildad perfecta prescinde de la modestia. Si Dios está satisfecho con la obra la obra puede estar satisfecha consigo misma. «No es propia de ella intercambiar cumplidos con su Soberano».

No es difícil imaginar a alguien a quien disguste mi idea del cielo como lugar en que recibiremos palmadas en la espalda. Detrás de esa versión se halla, no obstante, una orgullosa equivocación. El rostro que es deleite o terror del universo se volverá al final sobre cada uno de nosotros con una expresión o con otra: para otorgarnos una gloria indescriptible o llenarnos de una vergüenza incurable e imposible de ocultar. Hace unos días leía en un periódico que lo verdaderamente importante es lo que pensemos de Dios. ¡No, por Dios! Es mucho más esencial, infinitamente más trascendental, lo que Dios piense de nosotros. Lo que nosotros pensamos de Él carece de importancia salvo en la medida en que esté relacionado con lo que Él piense de nosotros. Está escrito que «estaremos delante de El», compareceremos ante Su presencia y seremos examinados por Él. La promesa de la gloria, don extraordinario posible tan sólo por la obra de Cristo, significa que algunos de nosotros, aquellos que Él elija, pasarán el examen, recibirán aprobación, agradarán a Dios. Agradar a Dios... ser un ingrediente real de la felicidad divina... ser amado por Dios; no limitarse a ser un objeto de Su piedad, sino de Su gozo, de modo semejante a como el artista se deleita en su obra o el padre en su hijo. ¡Parece imposible! ¡Un peso o carga de la gloria difícil de soportar por nuestros pensamientos! Sin embargo, así es.

Ahora observen lo que ocurre. Si yo hubiera rechazado la autorizada descripción de las Escrituras sobre la gloria, si me hubiera aferrado tercamente al viejo deseo que constituía al principio mi único indicador del cielo no habría percibido en absoluto la conexión entre ese anhelo y la promesa cristiana. En cambio ahora, tras haber llevado hasta el fin el contenido aparentemente enigmático y desdeñable de los libros sagrados encuentro de un modo sorprendente al mirar hacia atrás que el enlace referido es meridianamente claro. Tal como el cristianismo me enseña a esperar en ella la gloria resulta adecuada para satisfacer mi deseo original y para revelar uno de los elementos que me había pasado inadvertido. Al dejar de considerar por un momento mis propias necesidades comencé a enterarme mejor de mi verdadera escasez. Cuando hace unos momentos intentaba describir nuestras ansias espirituales estaba omitiendo uno de sus rasgos más curiosos. Generalmente la percibimos de modo semejante a como desaparece un instante de visión, termina la música o pierde el paisaje la luz celestial. Los sentimientos experimentados en ese momento han sido descritos por Keats como «viaje hacia la patria, hacia el interior familiar de nuestro yo». Ustedes saben lo que quiero decir. Durante unos minutos hemos tenido la ilusión de pertenecer a ese mundo. Ahora despertamos para descubrir que no es así. Hemos sido meros espectadores. La belleza ha sonreído pero no para darnos la bienvenida. Ha vuelto su rostro hacia nosotros pero no para vernos. No hemos sido aceptados, acogidos o recibidos en el baile. Podemos irnos cuando nos plazca, quedarnos si queremos: «nadie se fija en nosotros». Como la mayoría de las cosas llamadas bellas son inanimadas —podría responder el científico— no es extraño que no reparen en nosotros. Esto es indudablemente cierto. Pero yo no estoy hablando de objetos físicos sino de ese algo indescriptible del que los objetos físicos son mensajeros durante un instante. Parte de la amargura añadida a la dulzura del mensaje se debe a que muy pocas veces parece ser deseado por nosotros. Con frecuencia es tan sólo algo oído casualmente. Por amargura entiendo dolor, no resentimiento. Difícilmente nos atreveríamos a pedir que se advirtiera nuestra presencia. Sin embargo lo anhelamos. La sensación de ser tratados como extranjeros en el universo, la esperanza de ser acogidos, de encontrar respuesta, de tender un puente sobre el abismo que se abre entre nosotros y la realidad es parte de nuestro inconsolable secreto. Desde este punto de vista la promesa de la gloria, tal como la hemos descrito, se torna pertinente en grado sumo para nuestro deseo más profundo pues gloria significa merecer la aprobación de Dios, ser acogido por Él, respuesta, reconocimiento y recibimiento feliz en el corazón de las cosas. La puerta a la que hemos estado llamando durante toda la vida se abrirá finalmente.

Tal vez parezca torpe describir la gloria como «ser "conocidos" realmente por Dios». Sin embargo éste es el lenguaje del Nuevo Testamento. San Pablo no promete a los que aman a Dios, como cabría, esperar, que conocerán al Señor, sino que serán conocidos por El (1 Corintios 8,3). Extraña promesa. ¿No conoce Dios todas las cosas en todos los tiempos? La misma idea resuena de un modo terrible en otro pasaje del Nuevo Testamento. En él se nos advierte de la posibilidad de presentarnos finalmente frente a Dios para oír únicamente estas desalentadoras palabras: «No te conozco. Apártate de mí». En cierto sentido, de un modo tan enigmático para el intelecto como insufrible para el sentimiento podemos ser desterrados de la presencia de Aquel que está presente en todas partes y borrados del conocimiento del Ser que lo conoce todo. Podemos ser abandonados fuera total y absolutamente: rechazados, exiliados, apartados y finalmente ignorados del modo más horrible. Pero también podemos ser llamados, acogidos, recibidos, reconocidos. Diariamente andamos sobre el filo de estas dos increíbles posibilidades. La nostalgia sentida durante toda la vida, el anhelo de reunirnos en el universo con algo de lo que ahora nos sentimos separados, de estar tras la puerta vista siempre desde fuera no es, pues, mera fantasía neurótica, sino el más fiel exponente de nuestra situación real. Ser llamados a entrar supondría una gloria y un honor muy superiores a nuestros méritos y, consecuentemente, la curación de ese viejo dolor.

Estas consideraciones me llevan al segundo sentido de gloria, entendida como claridad, esplendor, luminosidad. Estamos destinados a brillar como el sol, a recibir como obsequio el lucero del alba. Ahora empiezo a entender el significado de todo ello. Dios nos ha dado ya de algún modo el lucero del alba. Podemos ir y disfrutar de ese don cualquier mañana hermosa que decidamos 1evantarnos temprano. ¿Qué más queremos?, podemos preguntar. Queremos, ¡ay!, mucho más, algo en lo que apenas reparan los libros de estética. Pero los poetas y mitólogos lo saben todo sobre ello. No queremos tan sólo ver la belleza, aun cuando eso sea ya —¡bien lo sabe Dios!— una gran merced. Queremos algo más, algo difícil de expresar con palabras: reunirnos con la belleza contemplada, fundirnos con ella, recibirla en nosotros, bañarnos en ella, ser parte suya. Por esa razón hemos poblado el aire, la tierra y el agua de dioses y diosas, ninfas y duendes. A diferencia de nosotros esas proyecciones pueden gozar en sí mismas la belleza, gracia y poder de los que la naturaleza es solamente una imagen. Por esa razón nos narran los poetas tan bellas mentiras. Nos hablan como si el viento del oeste pudiera barrer realmente el interior del alma humana. Pero no puede. Nos dicen que la «belleza nacida del sonido murmurador» se alojará en el rostro humano. Pero no lo hará, o al menos no lo hará todavía. Si tomamos en serio las imágenes de las Escrituras, si creemos que Dios nos dará un día el lucero del alba y hará que nos revistamos del esplendor del sol, podemos suponer que los viejos mitos y la moderna poesía, tan falsos como historias, pueden estar muy próximos a la verdad como profecías. Ahora nos hallamos fuera del mundo; en el lado errado de la puerta. Apreciamos el frescor y la fuerza de la mañana, pero ni aquél nos refresca ni ésta nos purifica. No podemos fundirnos con el esplendor contemplado. Las hojas del Nuevo Testamento crujen, empero, con el rumor de que no siempre será así. Algún día —¡Dios lo quiera!— se nos permitirá entrar. Cuando la obediencia voluntaria del alma humana se torne tan perfecta como la sumisión insensible de la creación inanimada las almas se revestirán de gloria, de una gloria excelsa de la cual la naturaleza es solamente un primer esbozo. No crean que estoy presentando la imagen pagana de la disolución en el seno de la naturaleza. La naturaleza es mortal. Nosotros sobreviviremos a ella. Cuando los soles y nebulosas se hayan extinguido cada uno de nosotros seguirá viviendo. La naturaleza es únicamente imagen, símbolo. Pero es la representación que las Escrituras me invitan a utilizar. Se nos invita a penetrar en la naturaleza, a ir más allá de ella hasta alcanzar el esplendor que tan magníficamente refleja.

En ese lugar, más allá de la naturaleza, comeremos del árbol de la vida. Por ahora el espíritu en nosotros seguirá viviendo en Dios si renacemos en Cristo. La mente y, aún más, el cuerpo, recibe la vida de Él de muy diferentes modos: a través de nuestros progenitores, el alimento o las ideas. Los débiles y lejanos resultados de las energías implantadas en la materia por el éxtasis creador de Dios al hacer los mundos son llamados ahora placeres físicos. Todos ellos constituyen, incluso filtrados de este modo, una carga pesada para nuestra conducta presente. ¿Qué significaría gustar en su origen un arroyo cuyos recodos inferiores resultan tan putrefactos? Eso es, no obstante, lo que tenemos ante nosotros. El hombre entero está llamado a beber júbilo de la fuente del regocijo. El éxtasis del alma redimida «desembocará», como dice San Agustín, en el cuerpo glorioso. A la luz de nuestros extraordinarios y depravados apetitos actuales es imposible imaginar este torrens voluptatis y yo les advierto muy seriamente que no lo intenten. Es preciso mencionarlo, sin embargo, para apartar nuestros engañosos pensamientos de que lo salvado es únicamente un mero espíritu, de que el cuerpo resucitado vive en una insensibilidad yerta. El cuerpo fue hecho para el Señor. Por eso estas sombrías imágenes están lejos de dar en el blanco.

Entretanto la cruz precede a la corona y el día venidero es una mañana de domingo. Ha abierto una grieta en los muros implacables del mundo y se nos invita a seguir adentro a nuestro excelso Capitán. Seguirlo es, desde luego, la cuestión esencial. Siendo así, podemos preguntar: ¿cuál es la utilidad práctica de mis especulaciones? Se me ocurre que hay al menos una finalidad. Tal vez a partir de ahora pueda pensar cada cual acerca de su propia gloria: difícilmente podremos pensar cada uno de nosotros a menudo sobre la del prójimo. La carga, el peso o la fatiga de la gloria de mi prójimo se colocaría diariamente sobre mi espalda. Se trata de un lastre tan pesado que sólo la humildad puede soportar. Las espaldas del orgullo se quebrarán bajo su peso. Es muy serio vivir en una sociedad de posibles dioses y diosas, recordar que la persona más estúpida y sin interés con la que podamos hablar puede ser algún día una criatura ante cuya presencia nos sintamos movidos a adorarla o una naturaleza horrorosa y corrupta semejante a la de una pesadilla. Día tras día nos ayudamos de algún modo los unos a los otros a encaminarnos hacia uno de esos dos destinos. A la luz de esas aplastantes posibilidades el temor reverencial y la circunspección ante ambas deberían dirigir nuestra conducta y trato con los demás: nuestra amistad, amor, los momentos de juego y la actividad política. No hay gente vulgar. Nunca hemos hablado con un mero mortal. Mortales son las naciones, culturas, corrientes artísticas y civilizaciones. Su vida se parece a la nuestra como la de un mosquito. Los seres con quienes bromeamos, trabajamos, nos casamos, a quienes desairamos y explotamos son inmortales —horrores inmortales o esplendores inacabables—.

Eso no significa que debamos adoptar siempre una actitud solemne. Tenemos que divertirnos . Ahora bien; nuestro alborozo debe ser el propio de personas que se han tomado recíprocamente en serio. Ésa es de hecho la más alta alegría. No puede consistir, pues, en frivolidad, superioridad o presunción. Nuestra caridad debe ser un verdadero y venturoso amor que siente profundamente los pecados sin merma del amor al pecador, no mera tolerancia o indulgencia, que suponen una parodia del amor como la ligereza del regocijo. Después del Santísimo Sacramento el prójimo es el objeto más sagrado ofrecido a nuestros sentidos. Si se trata de un prójimo cristiano es sagrado en el mismo sentido, pues en él se esconde realmente vere latitas Cristo: el Redentor y el Glorificado, la Gloria misma.

* El término accolade, que aparece en francés en el original, significa el abrazo acompañado de espaldarazo que se daba a quien era armado caballero. (N del T.).


Este texto fue recogido en "El diablo propone un brindis", un conjunto realmente magnífico de ensayos, como casi todo lo suyo.