¿Hombre o conejo? (1946)


C.S. Lewis


«¿Podemos llevar una vida buena sin creer en el cristianismo?». Esta es la pregunta sobre la que se me ha pedido que escriba y, en seguida, antes de intentar responderla, tengo un comentario que hacer. La pregunta suena como si la hubiera hecho una persona que se dijera a sí misma: «No me importa si el cristianismo es o no verdad. No estoy interesado en averiguar si el universo real es como dicen los cristianos o como dicen los materialistas. Lo único que me interesa es llevar una vida buena. No elijo las creencias porque crea que son verdaderas sino porque las encuentro útiles». Sinceramente me parece difícil simpatizar con esta forma de pensar. Una de las cosas que distingue al hombre de los demás animales es que el hombre quiere saber, desea averiguar cómo es la realidad por el simple hecho de conocer. Cuando este deseo se apaga por completo, el hombre se convierte, a mi entender, en un ser infrahumano. Yo no creo, en efecto, que ninguno de nosotros haya perdido realmente ese deseo. Lo más probable es que necios predicadores, insistiendo sin parar en cuánto nos puede ayudar el cristianismo y cuánto bien reporta a la sociedad, nos hayan conducido en la actualidad a olvidar que el cristianismo no es un específico[1]. El cristianismo sostiene que da cuenta de los hechos y dice cómo es el universo real. Su descripción del universo puede ser cierta o puede no serlo, pero una vez que nos enfrentamos realmente con la cuestión nuestra natural curiosidad debe llevarnos a averiguar cómo responderla. Si el cristianismo es falso ningún hombre honesto querrá creer en él, aunque pueda ser muy útil. Si es verdadero todos los hombres honestos querrán creer en él aun cuando no les proporcione la menor ayuda.

Tan pronto como entendemos todo esto entendemos algo más. Si el cristianismo fuera cierto sería completamente imposible que los que conocen esta verdad y los que no la conocen estuvieran igualmente bien equipados para llevar una vida buena. El conocimiento de los hechos no es indiferente para la acción. Supongamos que encontráramos a un hombre a punto de morir de hambre y quisiéramos hacer lo correcto en esa situación. Si no tuviéramos conocimientos de medicina, probablemente le daríamos comida sólida abundante, como consecuencia de lo cual nuestro hombre moriría. Eso es lo que trae obrar en la oscuridad. De igual modo, un cristiano y un no cristiano pueden desear hacer el bien a sus semejantes. El uno cree que los hombres vivirán eternamente, que fueron creados por Dios y hechos de tal manera que sólo pueden encontrar felicidad duradera y auténtica estando unidos con Él, que se han extraviado peligrosamente y que el único camino de retorno es la fe sumisa en Cristo. El otro cree que los hombres son el resultado accidental de trabajo ciego de la materia, que empezaron siendo simples animales y han mejorado más o menos ininterrumpidamente, que vivirán unos setenta años, que su felicidad se puede alcanzar por completo con buenos servicios sociales y buenas organizaciones políticas y que todo lo demás (vivisección, control de natalidad, sistema judicial, educación) se deberá considerar «bueno» o «malo» según que ayude o impida alcanzar ese tipo de «felicidad».

Hay una enorme cantidad de cosas que estos dos hombres convendrían en hacer por sus conciudadanos. Ambos aprobarían alcantarillados, hospitales eficientes y una dieta saludable. Pero antes o después la disparidad de creencias entre ellos daría lugar a diferencias en las propuestas prácticas. Los dos podrían ser, por ejemplo, muy celosos en cuestiones de educación, pero el tipo de educación que querrían para la gente sería, como es obvio, muy distinto. Mientras el materialista, ante una acción recomendada, preguntaría simplemente si «incrementará la felicidad de la mayoría», el cristiano tendría que decir: «No podemos hacerlo aunque aumente la felicidad de la mayoría. Es injusto». Una gran diferencia separaría siempre toda su política. Para el materialista, cosas como naciones, clases y civilizaciones deben ser más importantes que los individuos porque los individuos viven sólo setenta años o algo más cada uno y los grupos pueden durar siglos. Para el cristiano, en cambio, los individuos son más importantes pues viven eternamente y las razas, las civilizaciones y cosas por el estilo, comparadas con ellos, son criaturas de un día.

El cristiano y el materialista tienen diferentes creencias sobre el universo. Los dos no pueden tener razón. El que esté equivocado obrará de un modo que no cuadrará, sencillamente, con el universo real. Como consecuencia, aun con la mejor voluntad del mundo, ayudará a sus semejantes a que se destruyan.

Con la mejor voluntad del mundo… entonces no será culpa suya. Dios (si hay un Dios) no castigará, seguramente, a un hombre por los errores cometidos honradamente. Pero, ¿es eso lo que estamos pensando? ¿Estamos dispuestos a movemos en la oscuridad toda nuestra vida y a hacer daño infinito con tal que alguien nos asegure que nuestro pellejo saldrá ileso, que nadie nos castigará o nos culpará? No quiero creer que el lector esté de acuerdo con esto. Pero si lo estuviera habría que decirle unas cuantas cosas.

La cuestión que se nos plantea no es: «¿Puede alguien llevar una vida buena sin el cristianismo?». La pregunta es «¿puedo yo?». Todos sabemos que ha habido hombres buenos que no fueron cristianos, hombres como Sócrates y Confucio, que no habían oído hablar jamás del cristianismo, o como J. S. Mill, que creía honradamente que no podría creer en él. Suponiendo que el cristianismo sea verdadero estos hombres estaban en un estado de sincera ignorancia, de sincero error. Si sus intenciones fueron tan buenas como yo supongo que fueron (no puedo leer, por supuesto, sus secretos corazones) espero y creo que el entendimiento y la gracia de Dios remediará los males que su ignorancia, dejada a sí misma, les causó a ellos y a aquellos sobre los que influyeron. Pero el hombre que me pregunta «¿No puedo llevar una vida buena sin creer en el cristianismo?» no está, obviamente, en idéntica situación. Si no hubiera oído hablar jamás del cristianismo no haría esa pregunta. Tampoco la haría si después de oír hablar de él y considerarlo seriamente hubiera resuelto que es falso. El hombre que hace esta pregunta ha oído hablar del cristianismo y no está seguro, en modo alguno, de que no sea verdadero. Lo que realmente pregunta es: «¿Tengo que molestarme por él?, ¿no puedo esquivar el asunto, dejar las cosas tranquilas y seguir siendo “bueno”?; ¿no bastan las buenas intenciones para mantenerme seguro e intachable sin llamar a la puerta terrible y cerciorarme de si hay o no hay alguien dentro?».

A un hombre así bastaría responderle que está pidiendo, realmente, que se le permita continuar siendo «bueno» antes de haber hecho todo lo posible para descubrir qué significa bueno. Pero esto es sólo parte de la historia. No tenemos que preguntar si Dios lo castigará por su cobardía y su pereza. Ellas se encargarán de hacerlo. El hombre está evadiéndose. Está intentando deliberadamente no averiguar si el cristianismo es verdadero o falso pues prevé interminables incomodidades si resultara cierto. Se parece a alguien que «olvidara» a propósito mirar el tablón de anuncios porque, de hacerlo, podría ver su nombre para alguna tarea desagradable. Es como uno que no quisiera mirar su cuenta bancaria por temor a lo que pudiera encontrar en ella. Es como quien no quiere ir al médico cuando siente un dolor misterioso por temor a lo que el doctor pueda decirle.

El hombre que siga siendo no creyente por razones de esa índole no está en situación de error sincero. Está en situación de error deshonesto, y su falta de honradez se extenderá a todos sus pensamientos y acciones. El resultado será una cierta astucia, una vaga inquietud en el trasfondo, un embotamiento de su agudeza mental. Habrá perdido su virginidad intelectual. El rechazo sincero de Cristo, aunque equivocado, será perdonado y sanado: «A quien dijere una palabra contra el Hijo del hombre, le será perdonado»[2]. Pero rehuír al Hijo del Hombre, mirar a otro lado, fingir que no nos hemos fijado en Él, quedar súbitamente absortos por algo situado al otro lado de la calle, no descolgar el auricular del teléfono porque pudiera ser Él quien llama, dejar sin abrir ciertas cartas escritas con una caligrafía extraña porque podría ser suya… Eso es otro asunto. Podemos no estar seguros todavía sobre si debemos ser cristianos, pero sabemos que debemos ser hombres, no avestruces que esconden la cabeza en la arena.

Pero como el honor intelectual ha caído muy bajo en nuestros días, todavía oigo lloriquear a alguien con la pregunta: «¿Me ayudará?, ¿me hará feliz?, ¿creéis, de verdad, que sería mejor si me hiciera cristiano?». Bien; si quieren conocerla mi respuesta es «Sí». Pero no me gusta dar ninguna respuesta todavía. Ahí hay una puerta tras la cual, según algunas personas, nos espera el secreto del universo. Eso es o no es verdad. Si no lo es, lo que encierra la puerta es simplemente el mayor fraude, la estafa más colosal de que haya constancia. ¿No es tarea de todo hombre (que sea hombre y no un conejo) averiguarlo y dedicar toda su energía a servir a este tremendo secreto o a desenmascarar y destruír esta gigantesca farsa? Frente a un problema así, ¿podemos seguir, de verdad, absortos en nuestro bendito «desarrollo moral»?

Conforme; el cristianismo nos hará bien, mucho más de lo que jamás quisiéramos o esperáramos. El primer pedacito de bien que nos hará será martillar en nuestras cabezas (¡eso no nos gustará!) que lo que hasta ahora hemos llamado «bien» —todo lo referente a «llevar una vida decente» y «ser bueno»— no es, verdaderamente, el asunto espléndido y de suma importancia que habíamos supuesto. Ese primer bien nos enseñará que, de hecho, no podemos ser «buenos» durante veinticuatro horas con nuestro solo esfuerzo moral. Después [nos enseñará] que, aunque lo fuéramos, no habríamos conseguido todavía el fin para el que fuimos creados. La mera moralidad no es el fin de la vida. Hemos sido hechos para algo distinto a eso. J. S. Mill y Confucio (Sócrates estaba más cerca de la realidad) desconocían, sencillamente, cuál es la trama de la vida. La gente que sigue preguntando si no puede llevar una «vida decente» sin Cristo no sabe en qué consiste la vida. Si lo supiera sabría que una «vida decente» es mera tramoya comparada con aquello para lo que los hombres hemos sido realmente creados. La moralidad es indispensable. Pero la Vida Divina, que se entrega nosotros y nos invita a ser dioses, quiere para nosotros algo en lo que la moralidad pueda ser devorada. Tenemos que ser hechos de nuevo. El conejo en nosotros tiene que desaparecer; el conejo inquieto, concienzudo y ético tanto como el sensual y cobarde. Sangraremos y chillaremos cuando nos arranquen trozos de piel, pero después, sorprendentemente, hallaremos debajo algo que jamás habíamos imaginado: un hombre real, un dios siempre joven, un hijo de Dios, fuerte, radiante, sabio, bello y bañado de gozo.

«Cuando llegue lo perfecto desaparecerá lo imperfecto»[3]. La idea de lograr una «vida buena» sin Cristo descansa en un doble error. El primero es que no podemos. El segundo consiste en que al fijar la «vida buena» como meta final perdemos de vista lo verdaderamente importante de la existencia. La moralidad es una montaña que no podemos escalar con nuestro propio esfuerzo. Y si pudiéramos pereceríamos en el hielo y en el aire irrespirable de la cumbre, pues nos faltarían las alas con las que completar el resto del viaje. Pues a partir de ahí comienza la verdadera ascensión. Las cuerdas y las hachas son «suprimidas» y entonces hay que volar.


[1] Lewis quiere decir “un remedio concreto para una enfermedad concreta”, por oposición a “remedio genérico”.

[2] Lc. 12, 10.

[3] Corintios I, 13, 10.


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