¿Qué debemos hacer con Jesucristo? (1950)


C.S. Lewis


¿Qué debemos hacer con Jesucristo? Esta es una pregunta que, en cierto sentido, tiene un lado furiosamente cómico, pues la verdadera cuestión no es qué debemos hacer con Jesucristo sino qué debe hacer Él con nosotros. La imagen de una mosca sentada decidiendo qué hacer con un elefante entraña elementos cómicos. Pero tal vez la pregunta signifique qué vamos a hacer con Él en el sentido de «cómo vamos a resolver los problemas históricos planteados por las palabras y los hechos constatados de este Hombre». El problema consiste en reconciliar dos cosas. Por un lado, todos entendemos la profundidad y sensatez, casi generalmente admitida, de su enseñanza moral, que no es cuestionada seriamente ni siquiera por los adversarios del cristianismo. Cuando disputo con personas que rechazan a Dios, descubro, de hecho, que insisten en decir que «están completamente a favor de la enseñanza moral del cristianismo». Parece haber un acuerdo general acerca de que en la enseñanza de este Hombre y de Sus inmediatos seguidores la moral se manifiesta en su forma mejor y más pura. No es idealismo sentimental, sino plenitud de sabiduría y prudencia. Es realista en su conjunto, pura en su más alto grado, el producto de un hombre sensato. Es algo extraordinario.

El segundo fenómeno es la naturaleza absolutamente asombrosa de las observaciones teológicas de este Hombre. Todos sabemos lo que quiero decir. Por eso me gustaría insistir, más bien, en la idea de que la asombrosa reclamación que parece hacer este Hombre no ocurre tan sólo en un momento de su vida. Existe, desde luego, el momento único que le llevó a la ejecución. Es el momento en que el Sumo Sacerdote le dice «¿quién eres tú?». «Yo soy el Ungido, el Hijo del Dios increado, y tu me verás aparecer al final de la historia como juez del universo». Pero la proclamación no descansa, de hecho, en este momento dramático. Cuando examinamos Su conversación descubrimos que este tipo de afirmaciones están por todas partes. Por ejemplo: este Hombre anduvo de un sitio a otro diciendo a la gente: «Yo os perdono los pecados». Es completamente natural que un hombre perdone algo que se le haya hecho a él. Si alguien me estafa en cinco libras es natural y posible que yo le diga «te perdono, no hablemos más de ello». Pero ¿qué diantres diríamos si alguien nos hiciera perder cinco libras y otro dijera al estafador: «está bien, yo te perdono»? En este caso hay algo curioso que parece deslizarse por casualidad. En cierta ocasión este Hombre estaba sentado contemplando Jerusalén desde una colina y, de pronto, hizo una afirmación sorprendente: «Yo continúo enviandoos profetas y sabios». Nadie comenta estas palabras. Y, sin embargo, de repente, casi de manera incidental, está afirmando ser el poder que a través de los siglos envía líderes y hombres sabios al mundo. Todavía hay otra observación curiosa: en casi todas las religiones hay reglas incómodas, como el ayuno. Pero este Hombre afirma súbitamente un día: «Nadie precisa ayunar mientras yo esté aquí». ¿Quién es este Hombre que afirma que su mera presencia suspende las normas corrientes? ¿Qué persona puede decir de pronto a la Escuela que pueden tomarse media jornada de fiesta? Las afirmaciones sugieren a veces la idea de que Él, el que habla, está completamente limpio de pecados e imperfecciones. Esta es siempre la actitud. «Vosotros, a los que estoy hablando, sois todos pecadores». Pero no sugiere ni remotamente que a Él se le pueda hacer el mismo reproche. «Soy, dice en otra ocasión, el Unigénito del Dios Uno; antes de que Abrahán fuera, soy yo». Y recuerde el lector lo que las palabras «yo soy» eran en hebreo: eran el nombre de Dios y no debían ser pronunciadas por ningún ser humano; formaban el nombre cuya pronunciación significaba la muerte.

Esta es la otra cara. Por un lado, enseñanza moral clara y definida. Por otro, afirmaciones que, si no son ciertas, quien las dice es un megalómano comparado con el cual Hitler sería el más sensato y humilde de los hombres. No hay término medio y no se encuentra ningún paralelismo en las demás religiones. Si nos hubiéramos acercado a Buda y le hubiéramos preguntado: «¿Eres tú el hijo de Bramah?», nos habría dicho: «Hijos míos, estáis todavía en el valle de la ilusión». Si nos hubiéramos acercado a Sócrates y le hubiéramos preguntado: «¿Eres tú Zeus?», se hubiera reído de nosotros. Si nos hubiéramos acercado a Mahoma y le hubiéramos preguntado: «¿Eres tú Alá?», primero se hubiera rasgado las vestiduras y después nos hubiera cortado la cabeza. Si hubiéramos preguntado a Confucio: «¿Tú estás en el Cielo?», creo que nos habría respondido: «las observaciones que no están en consonancia con la naturaleza son de mal gusto». La idea de un gran maestro moral que diga lo que decía Cristo es totalmente imposible. En mi opinión, la única persona que puede decir esa clase de cosas o es Dios o es un lunático rematado que sufre esa clase de engaño que socava la mente entera del hombre. Si alguien piensa que es un huevo escalfado, cuando no está buscando una tostada que lo acompañe puede estar en sus cabales; pero si cree que es Dios, está perdido. Podemos notar de paso que Él no fue visto nunca como un mero maestro moral; no produjo esa impresión sobre ninguna de las personas con las que se encontró. Produjo básicamente tres impresiones: odio, terror, adoración. Pero no hay el menor rastro de gente que expresara aprobación apacible. 

¿Qué hemos de hacer para reconciliar estos dos fenómenos contradictorios? Una tentativa consiste en decir que el Hombre no dijo realmente esas cosas; que sus seguidores exageraron la historia y así surgió la leyenda de que las había dicho Él. Eso es difícil porque sus seguidores eran todos judíos, es decir, pertenecían a una nación que estaba más convencida que ninguna otra de que sólo había un Dios, de que no era posible que existiera otro. Es muy extraño que esta terrible invención en torno a un líder religioso surgiera en medio del pueblo menos inclinado de la tierra a cometer equivocaciones así. Yo tengo la impresión, más bien, de que ninguno de Sus inmediatos seguidores, ni siquiera los escritores del N uevo Testamento, abrazaron la doctrina con facilidad. 

Otro problema que plantea este modo de ver las cosas es que nos obligaría a considerar los relatos de este Hombre como leyendas. Como historiador de la literatura estoy completamente convencido de que, sean lo que sean los Evangelios, no son leyendas. Yo he leído muchísimas leyendas y me parece muy claro que los Evangelios no son ese género de cosas. No son suficientemente artísticos para ser leyendas. Desde un punto de vista imaginativo son torpes, no desarrollan adecuadamente las cosas. La mayor parte de la vida de Jesús es desconocida parannosotros, como lo es la de cualquier otro hombre que viviera en la misma época, y nadie que creara una leyenda permitiría algo así. Fuera de algunos pasajes de 1os diálogos platónicos no hay en la literatura antigua, hasta donde yo sé, conversaciones como las de los cuatro Evangelios. No hay nada igual, ni siquiera en la literatura moderna, hasta hace unos cien años en que apareció la novela realista. En el relato de la mujer sorprendida en adulterio se nos dice que Cristo se inclinó y garabateó en el polvo con sus dedos. El hecho no ha tenido consecuencias. Nadie ha basado jamás su doctrina sobre eso. Y el arte de inventar pequeños detalles irrelevantes para hacer más convincente una escena imaginaria es un arte típicamente moderno. ¿No es la única explicación del pasaje que las cosas ocurrieron así realmente? El autor lo contó sencillamente porque lo había visto. 

Y de este modo llegamos a la historia más extraña de todas, la historia de la Resurrección. Es absolutamente necesario aclararla. Yo he oído decir a un hombre: «La importancia de la Resurrección consiste en que proporciona una evidencia de la supervivencia, una evidencia de que la personalidad humana vive después de la muerte». Según este modo de ver las cosas, lo que le ocurrió a Cristo sería lo que siempre les había sucedido a todos los hombres, con la diferencia de que en el caso de Cristo tuvimos el privilegio de ver cómo ocurría. No es esto, ciertamente, lo que pensaban los primeros escritores cristianos. Algo completamente nuevo había ocurrido en la historia del universo. Cristo había vencido la muerte. La puerta, cerrada hasta entonces, había sido forzada a abrirse por primera vez. Se trata de algo completamente distinto de la supervivencia del espíritu. No quiero decir que no creyeran en la supervivencia del espíritu. Al contrario, creían tan firmemente en ella que Cristo hubo de asegurarles en más de una ocasión que Él no era un espíritu. Lo importante es que aún creyendo en la supervivencia veían la Resurrección como algo totalmente diferente y nuevo. Los relatos de la Resurrección no son descripciones de la supervivencia después de la muerte pues indican cómo ha surgido en el universo un modo de ser completamente nuevo, tan nuevo como la primera aparición de vida orgánica. Después de la muerte este Hombre no se dividió en «espíritu» y «cadáver». Había surgido un nuevo modo de ser. Esta es la historia. ¿Qué vamos a hacer con ella? 

La cuestión, a mi juicio, es determinar si alguna hipótesis explica tan bien los hechos como la cristiana. Esa hipótesis es que Dios ha bajado al universo creado, a la naturaleza humana, y ha ascendido de nuevo llevándosela con Él. La hipótesis alternativa no es leyenda ni exageración ni las apariciones de un espíritu: es locura o mentira. A menos que se pueda adoptar la segunda alternativa (y yo no puedo), uno vuelve a la teoría cristiana. 

«¿Qué vamos a hacer con Cristo?» El problema no es qué podemos hacer con Él. Todo el problema es qué pretende Él hacer con nosotros. Debemos aceptar o rechazar la historia. 

Lo que dice es muy diferente de lo que haya dicho cualquier otro maestro. Otros dicen: «Esta es la verdad sobre el mundo. Este es el camino que debéis seguir». Pero Él dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Él dice: «El que quiera guardar su vida la perderá y el que la pierda se salvará». Él dice: «Venid a mí los que estáis cansados. Yo os aliviaré. Yo soy la Resurrección. Yo soy la Vida. Yo soy vuestro alimento. Yo os perdono los pecados». Y en resumidas cuentas, lo que nos está diciendo es: «No tengáis miedo. Yo he vencido al mundo». Esta es la cuestión.  


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