La verdad


Simone Weil

La necesidad de verdad es más sagrada que ninguna otra. Sin embargo jamás se la menciona. Uno siente miedo de leer cuando se ha dado cuenta de la enormidad de las falsedades materiales exhibidas sin vergüenza, aun en los libros de los autores más reputados. Entonces se lee como se bebería el agua de un pozo sospechoso.

Hay hombres que trabajan ocho horas durante el día y hacen el gran esfuerzo de leer por la noche para instruirse. No pueden dedicarse a hacer verificaciones en las grandes bibliotecas. Creen a los libros. No hay derecho a darles de comer cosas falsas. ¿Qué sentido tendría alegar que los autores son de buena fe? No trabajan físicamente ocho horas por día. La sociedad los alimenta para que tengan tiempo y se tomen el trabajo de evitar el error. Un guardaagujas causante de un descarrilamiento no haría muy buen papel alegando su buena fe.

Con más razón es vergonzoso tolerar la existencia de diarios cuando todo el mundo sabe que ningún colaborador puede continuar en él si a veces no consiente en alterar a sabiendas la verdad.

El público desconfía de tales diarios, pero su desconfianza no lo protege. Sabiendo en general que un diario contiene verdades y mentiras, reparte las noticias anunciadas en las dos rúbricas, pero al azar, según sus preferencias. Así queda librado al error.

Todo el mundo sabe que cuando el periodismo se confunde con la organización de la mentira constituye un crimen. Pero se cree que es un crimen que no puede castigarse. ¿Qué es lo que impide castigar una actividad una vez que se la reconoce como criminal? ¿De dónde puede provenir esta extraña concepción de crímenes no castigables? Es una de las deformaciones más monstruosas del espíritu jurídico. ¿No sería tiempo de proclamar que todo crimen discernible es castigable y que se ha resuelto, si hay ocasión, castigar todos los crímenes? Algunas medidas fáciles de salud pública protegerían a la población contra los ataques a la verdad.

La primera sería instituir, para esta protección, tribunales especiales, altamente honrados, compuestos de magistrados especialmente elegidos y formados. Deberían castigar con la reprobación pública todo error evitable, y podrían infligir la cárcel o el penal en caso de frecuentes reincidencias agravadas por una mala fe demostrada. Por ejemplo, un amante de la antigua Grecia, leyendo en el último libro de Maritain: "los más grandes pensadores de la Antigüedad no pensaron en condenar la esclavitud", llevaría a Maritain ante uno de esos tribunales. Aportaría el único texto importante sobre la esclavitud que se ha conservado, el de Aristóteles. Haría que los magistrados leyeran esta frase: "algunos afirman que la esclavitud es absolutamente contraria a la naturaleza y a la razón". Haría observar que nada impide suponer que esos "algunos" no se hayan contado entre los más grandes pensadores de la Antigüedad. El tribunal censuraría a Maritain por haber impreso, cuando le era tan fácil evitar el error, una afirmación falsa que constituye, aunque involuntariamente, una atroz calumnia contra una civilización entera. Todos los periódicos cotidianos, hebdomadarios y demás, todas las revistas y la radio, estarían en la obligación de poner en conocimiento del público la censura del tribunal y, eventualmente, la respuesta de Maritain. En este caso preciso, difícilmente podría tener alguna.

El día en que Gringoire publicó in extenso un discurso atribuido a un anarquista español que había sido anunciado como orador en una reunión parisiense, pero que a último momento no pudo abandonar España, semejante tribunal no hubiera sido superfluo. Siendo en este caso la mala fe tan evidente como dos y dos son cuatro, la prisión o el penal quizá no hubiera sido demasiado severo.

En ese sistema, cualquiera que hubiera encontrado un error evitable en un texto impreso o en una emisión de radio, podría llevar la acusación ante estos tribunales.

La segunda medida sería prohibir toda propaganda de toda especie por radio o por la prensa cotidiana. Sólo se permitiría a estos dos instrumentos servir a la información no tendenciosa. Los tribunales en cuestión velarían para que la información no fuera tendenciosa.

En los órganos de información tendrían que juzgar no sólo las afirmaciones erróneas sino aun las omisiones voluntarias y tendenciosas.

Los medios donde circulan ideas y que desean hacerlas conocer tendrían derecho solamente a órganos hebdomadarios, mensuales o bimensuales. No hay necesidad de una frecuencia mayor si lo que se quiere es hacer pensar y no embrutecer.

La corrección de los medios de persuasión estaría asegurada por los mismos tribunales, que podrían suprimir un órgano en caso de alteración frecuente de la verdad. Pero sus redactores podrían hacerlo aparecer bajo otro nombre. En todo esto no habría el menor ataque a las libertades públicas. Se satisfaría la necesidad más sagrada del alma humana, la necesidad de protección contra la sugestión y el error. ¿Pero quién garantiza la objetividad de los jueces?, se objetará. La única garantía, fuera de su independencia total, es que provengan de medios sociales muy diferentes, que estén naturalmente dotados de una inteligencia amplia, clara y precisa, y que se hayan formado en una escuela donde reciban una educación no jurídica sino ante todo espiritual, y en segundo lugar intelectual. Es necesario que allí se acostumbren a amar la verdad.

No hay ninguna posibilidad de satisfacer en un pueblo la necesidad de verdad si no se puede encontrar a este efecto hombres que amen la verdad.

 


* Tomado de Raíces del Existir, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2000, pp. 45-48.

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