Las leyes de la naturaleza (1945)


C.S. Lewis


«Pobre mujer, dijo mi amigo. Uno apenas sabe qué decir cuando hablan como lo hace ésta. Esta mujer cree que su hijo sobrevivió a la batalla de Arnhem porque ella rezó por él. Sería cruel explicarle que, en realidad, sobrevivió porque se hallaba un poco a la izquierda o un poco a la derecha de las balas, que seguían una trayectoria prescrita por las leyes de la naturaleza. Era imposible que le dieran. Lo que ocurrió es que se apartó de la trayectoria... y así todos los días, con todas las balas y con todas las esquirlas de los proyectiles. Su supervivencia se debió, simplemente, a las leyes de la naturaleza».

En este momento entró mi primer discípulo y se interrumpió la conversación. Pero ese mismo día, más tarde, tenía que caminar por el parque para ir a una reunión del comité y eso me dio tiempo para meditar sobre el asunto. Es absolutamente claro que, una vez que ha sido disparada desde el punto A en dirección al punto B, y teniendo en cuenta que el viento es C y todo lo demás, la bala seguirá una trayectoria determinada. Pero, ¿no podría haber estado nuestro joven amigo en otro lugar? ¿No podrían los alemanes haber disparado en otro momento o en otra dirección? Si los hombres tienen una voluntad libre parece que podrían haberlo hecho. Desde este punto de vista obtenemos un cuadro más complicado de la batalla de Arnhem. El curso completo de los acontecimientos podría ser una especie de amalgama derivada de dos fuentes: por un lado, de las acciones de la libre voluntad (que posiblemente podrían haber sido otras) y, por otro, de las leyes de la naturaleza física. Las dos cosas parecen proporcionar todo lo necesario para la creencia de la madre en que sus oraciones tenían un lugar entre las causas de la conservación de su hijo. Dios podría influír continuamente en las voluntades de todos los combatientes para repartir la muerte, las heridas y la supervivencia del modo que Él considerara más adecuado, dejando que la trayectoria de los proyectiles siguiera su curso normal.

Sin embargo, todavía no tenía del todo claro el lado físico del cuadro. Había pensado, de forma bastante vaga, que el vuelo de la bala estaba causado por las leyes de la naturaleza. Pero, ¿es así realmente? Admitido que la bala se haya puesto en marcha, admitidos el viento, la gravitación de la tierra y todos los demás factores relevantes, es una «ley» de la naturaleza que la bala tomara la trayectoria que tomó. Pero ni apretar el gatillo, ni el viento de costado, ni siquiera la tierra son exactamente leyes; son hechos o acontecimientos; no son leyes sino cosas que obedecen leyes. Considerar la acción de apretar el gatillo nos llevaría de nuevo al lado de la libre voluntad del cuadro. Debemos elegir, pues, un ejemplo más simple.

Las leyes de la física establecen, entiendo yo, que cuando una bola de billar (A) pone en movimiento otra bola de billar (B) la velocidad perdida por A equivale exactamente a la velocidad ganada por B. Esto es una ley. Es decir: esta es la norma a la que debe conformarse el movimiento de las dos bolas. Todo ello suponiendo, como es lógico, que algo ponga en movimiento la bola A. Y aquí viene el pero. La ley no lo hará. Por lo general es un hombre con un taco el que lo hace. Pero un hombre con un taco nos remite a la libre voluntad. Admitamos, pues, que la bola estaba sobre una mesa en un barco y que lo que la puso en movimiento fue una sacudida de la nave. En ese caso no fue la ley la que causó el movimiento. Fue una ola. Y la ola, que se movía, ciertamente, siguiendo las leyes de la física, tampoco era movida por ellas. Era empujada por otras olas y por los vientos, y así sucesivamente. Por mucho que nos remontemos al origen de la historia nunca encontraremos leyes de la naturaleza causando nada.

Entonces surgió en mi mente la obvia conclusión deslumbrante: Las leyes de la naturaleza no han producido un solo acontecimiento en toda la historia del universo. Las leyes son la norma a la que los acontecimientos deben ajustarse siempre que sean movidos a ocurrir. Pero, ¿cómo conseguimos que lo sean? ¿Cómo conseguimos que el movimiento no se detenga? Las leyes de la naturaleza no nos pueden ayudar a responder estas preguntas. Los acontecimientos las obedecen como las operaciones con dinero obedecen las leyes de la aritmética. Añádanse seis peniques a otros seis y el resultado será, exactamente, un chelín. Pero la aritmética por sí misma no pondrá un solo cuarto de penique en nuestros bolsillos. Hasta ahora tenía la vaga idea de que las leyes de la naturaleza podrían hacer que las cosas ocurrieran. Ahora veo que eso sería como pensar que podríamos incrementar nuestros ingresos haciendo sumas con ellos. Las leyes son la norma a la que se ajustan los acontecimientos, pero su origen se debe buscar en otro sitio.

Tal vez se pueda expresar esta idea diciendo que las leyes de la naturaleza explican todas las cosas excepto el origen de los acontecimientos. Pero esta es una excepción formidable. En cierto sentido, las leyes de la naturaleza abarcan el conjunto de la realidad excepto… excepto esa ininterrumpida catarata de acontecimientos que forman el universo real. Lo explican todo excepto lo que solemos llamar «todo». Lo único que omiten es… todo el universo. Suponiendo que podamos asumir la dirección del universo actual como un negocio que marcha, ese conocimiento es útil e indispensable para manipularlo de igual modo que, si tenemos algún dinero, la aritmética es indispensable para administrarlo. Pero los acontecimientos mismos, el dinero mismo… eso es harina de otro costal.

¿De dónde vienen, entonces, los acontecimientos reales? Cada acontecimiento procede de un acontecimiento previo. Pero, ¿qué ocurre si seguimos la pista del proceso hacia atrás? Preguntar esto —cómo llegó a existir el espacio y el tiempo y la materia— no es lo mismo que preguntar de dónde vienen los acontecimientos. Nuestro actual problema no son las cosas sino los acontecimientos. No nos ocupamos, por ejemplo, de partículas de materia, sino de una partícula que choca con otra. La mente tal vez pueda asentir a la idea de que las «propiedades» del drama universal ocurren, existen por alguna razón. Pero ¿de dónde la representación y la obra?

La corriente de acontecimientos tiene un principio o no lo tiene. Si lo tiene, nos encaramos con algo semejante a la creación. Si no lo tiene (una hipótesis que, de paso, algunos físicos encuentran improbable) nos enfrentamos con un impulso eterno opaco por su misma naturaleza al pensamiento científico. La ciencia, cuando alcance el estado de perfección, habrá explicado la conexión entre cada eslabón de la cadena y el eslabón anterior a ella. Pero la existencia real de la cadena seguirá siendo completamente inexplicable. Aprendemos más y más sobre el patrón. No aprendemos nada sobre lo que «nutre» los acontecimientos reales dentro del patrón. Si no es Dios debemos llamarle al menos Destino, la presión inmaterial, última, de una dirección, que mantiene el universo en movimiento.

Si aceptamos el hecho de que ocurre en vez de centrar la atención en el patrón al que debe ajustarse si es que ocurre, el acontecimiento más insignificante nos remite a un misterio que se halla fuera del alcance de la ciencia natural. Es lícito, ciertamente, suponer que tras ese misterio está obrando una Voluntad y una Vida poderosas. De ser así, el contraste entre Sus actos y las leyes de la naturaleza es totalmente imposible. Es Su acción, sólo ella, la que proporciona a las leyes acontecimientos a los que aplicarse. Las leyes son una estructura vacía, pero es Él el que la llena, no ahora o en ocasiones especialmente «providenciales», sino en todo momento. Y Él, desde su lugar estratégico por encima del Tiempo, puede, si quiere, considerar todas las oraciones al ordenar este vasto y complejo acontecimiento que es la historia del universo, pues lo que llamamos oraciones «futuras» están desde siempre presentes para Él. 

En Hamlet se rompe una rama y Ofelia perece. ¿Ocurre el suceso porque se rompe la rama o porque Shakespeare quiere que Ofelia muera en este momento de la obra? Elijan lo que más les guste, o los dos. La alternativa sugerida por la pregunta no es, en absoluto, una alternativa real una vez que comprendemos que es Shakespeare el autor de la obra entera.


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