Milagros (1942)


C.S. Lewis


En toda mi vida sólo he conocido una persona que dijera haber visto un espíritu. Era una mujer, y lo interesante es que antes de verlo ella no creía en la inmortalidad del alma, y sigue sin creer después de haberlo visto. Piensa que fue una alucinación. En otras palabras, ver no es creer. Esto es lo primero que hay que aclarar al hablar de los milagros. No consideraremos milagrosa ninguna experiencia que podamos tener, sea la que sea, si de antemano mantenemos una filosofía que excluye lo sobrenatural. Cualquier suceso que se considera milagro es, a la postre, una experiencia recibida por los sentidos, y los sentidos no son infalibles. Siempre podremos decir que hemos sido víctimas de una ilusión. Si no creemos en lo sobrenatural eso es lo que diremos en todos los casos.

Acerca de si realmente los milagros se han acabado o no, parecería, ciertamente, que habrían terminado en Europa Occidental cuando el materialismo se convirtió en credo popular. Pero no nos equivoquemos. Aunque el fin del mundo se presentara con los adornos reales del Libro de la Revelación[1], aunque el moderno materialista viera con sus propios ojos revolverse los cielos[2] y aparecer el gran trono blanco[3], aunque tuviera la sensación de ser arrojado al Lago de Fuego[4] continuaría por siempre, hasta en el mismo lago, considerando su experiencia como una ilusión y encontrando la explicación en el psicoanálisis o en la patología cerebral. La experiencia por sí misma no prueba nada. No hay experimento que pueda resolver la incertidumbre de una persona que duda si está soñando o despierto, pues el mismo experimento puede formar parte del sueño. La experiencia prueba esto o aquello o nada. Depende de la concepción previa que tengamos.

El hecho de que la interpretación de la experiencia dependa de concepciones previas se usa a menudo como argumento contra los milagros. Se dice que nuestros antepasados, que daban por supuesto lo sobrenatural y estaban ansiosos de milagros, atribuían carácter milagroso a sucesos que no lo eran realmente. En cierto sentido estoy de acuerdo. Es decir: creo que así como nuestras concepciones previas podrían impedimos percibir si realmente han ocurrido milagros las de nuestros antepasados podrían haberlos conducido a ellos a imaginarse milagros incluso cuando no habían ocurrido. De igual forma, el hombre lelo creerá que su esposa es fiel cuando no lo es, y el suspicaz no creerá que es fiel aunque lo sea. El problema de la infidelidad de la esposa, si es que existe, se debe resolver sobre otros fundamentos.

Pero a menudo se dice algo sobre nuestros antepasados que no debemos decir. No debemos decir «creían en los milagros porque no conocían las leyes de la naturaleza». Esto no tiene sentido. Cuando San José descubrió que su esposa estaba encinta «resolvió repudiarla en secreto»[5]. Para eso sabía suficiente biología. De lo contrario, no habría considerado el embarazo como prueba de infidelidad. Cuando acogió la explicación cristiana lo vio como un milagro precisamente porque sabía suficiente sobre las leyes de la naturaleza para entender que se trataba de la suspensión de esas leyes. Cuando los discípulos vieron a Jesús andar sobre el agua se asustaron[6]. No se habrían asustado de no haber conocido las leyes de la naturaleza y saber que esto era una excepción. Si un hombre no tuviera la menor idea del orden regular de la naturaleza no podría percibir, evidentemente, desviaciones de ese orden, como el zopenco que no entienda la métrica normal de un poema no se enterará tampoco de las variaciones que el poeta introduzca en él. Nada es admirable salvo lo que se sale de la norma, y nada se sale de la norma mientras no comprendemos la norma. La completa ignorancia de las leyes de la naturaleza impediría percibir lo milagroso como lo impide el completo escepticismo sobre lo sobrenatural, e incluso más todavía, pues mientras que el materialista tendría al menos que dar explicaciones para rechazar los milagros el hombre completamente ignorante de la naturaleza ni siquiera los percibiría.

La experiencia de un milagro requiere dos condiciones. En primer lugar hace falta creer en una estabilidad normal de la naturaleza, es decir, debe admitirse que los datos ofrecidos por los sentidos se repiten siguiendo pautas regulares. En segundo lugar es preciso creer en la existencia de alguna realidad más allá de la naturaleza. Cuando se tienen esas dos creencias, no antes, podemos acercamos con mente abierta a los varios informes que aseguran que esa realidad sobrenatural o extranatural ha invadido y alterado el contenido sensorial del espacio y el tiempo del mundo «natural». La creencia en la realidad sobrenatural no puede ser demostrada ni refutada por la experiencia. Los argumentos que prueban su existencia son metafísicos y, para mí, son conclusivos. Se apoyan en el hecho de que incluso para pensar y actuar en el mundo natural es preciso suponer algo situado más allá de él y dar por sentado que nosotros pertenecemos hasta cierto punto a ese algo. Para pensar, es preciso reclamar para el razonamiento una validez difícil de admitir si el pensamiento es meramente una función del cerebro y el cerebro un subproducto de procesos físicos irracionales. Para obrar por encima del nivel de los impulsos debe reclamarse una validez semejante para nuestros juicios sobre el bien y el mal. En ambos casos se obtiene el mismo inquietante resultado. El concepto de naturaleza es alargado tácitamente cuando se exige una especie de estado sobrenatural para nosotros.

Si se acepta sinceramente este punto de vista y se vuelve después a los testimonios se descubre que los informes de lo sobrenatural salen al encuentro por todos lados. La historia está llena; aparecen a menudo incluso en los mismos documentos de los que hemos admitido en todas partes que no relatan milagros: misioneros respetables informan de ellos con frecuencia; la Iglesia de Roma afirma que han ocurrido de continuo; la conversación íntima sonsaca a casi todas las personas conocidas al menos un episodio en su vida de esos que llamarían «extraños» o «misteriosos». La mayoría de las historias de milagros no son nada fidedignas. Pero así son —como puede comprobar cualquiera leyendo los periódicos— la mayoría de las historias de todos los sucesos. Las historias se han de estimar por sus méritos. Lo que no podemos hacer es excluír lo sobrenatural como única explicación posible. Podemos no creer en la historia de los ángeles de Mons[7] por no poder encontrar un número suficiente de personas sensatas que digan que los vieron. Pero si encontráramos un número suficiente no sería razonable, creo yo, explicarlo como alucinación colectiva. Sabemos suficiente de psicología para saber que en la alucinación es muy improbable la unanimidad espontánea, pero no sabemos lo suficiente sobre lo sobrenatural para saber que una aparición de ángeles es igualmente improbable. La teoría sobrenatural es la menos improbable de las dos. Cuando el Antiguo Testamento dice que la invasión de Senaquerib fue detenida por ángeles[8], y cuando Heródoto dice que fue detenida por un gran número de ratones que llegaron y devoraron las cuerdas de arco de su ejército[9] una persona imparcial estará del lado de los ángeles. A menos que comencemos con una petición de principio no hay nada intrínsecamente inverosímil en la existencia de ángeles ni en la acción que se les atribuye. Pero los ratones, propiamente, no hacen cosas así.

Sin embargo, buena parte del escepticismo sobre los milagros de Nuestro Señor ahora en boga no procede de la incredulidad en la existencia de una realidad más allá de la naturaleza, sino de dos ideas respetables pero, a mi juicio, equivocadas. En primer lugar, el hombre moderno siente una aversión casi estética por los milagros. Aun admitiendo que Dios pudiera hacerlos, duda que quisiera. Que Dios viole las leyes que Él mismo ha impuesto a su creación le parece arbitrario y chapucero, un recurso teatral adecuado sólo para impresionar a salvajes, un solecismo contra la gramática del universo. En segundo lugar, mucha gente confunde las leyes de la naturaleza con las leyes del pensamiento y cree que anularlas o suspenderlas sería una contradicción en los términos, como si la resurrección de entre los muertos fuera del mismo género que dos y dos son cinco.

Recientemente he encontrado la respuesta a la primera objeción. Primero la descubrí en George MacDonald y más tarde en San Atanasio. Esto es lo que San Atanasio dice en su librito Sobre la Encarnación: «Nuestro Señor adoptó un cuerpo como el nuestro y vivió como un hombre para que los que se negaran a reconocerlo en Su supervisión y capitanía del entero universo pudieran llegar a reconocer por las obras que hizo aquí abajo, en el cuerpo, que lo que moró en él fue el Verbo de Dios». Estas palabras concuerdan exactamente con la descripción que hace el propio Cristo de sus milagros: «En verdad, en verdad os digo que no puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre»[10]. La doctrina, tal como yo la entiendo, es más o menos como sigue.

Hay una actividad de Dios desplegada por toda la creación; una actividad general, digámoslo así, que los hombres se niegan a reconocer. Los milagros hechos por Dios encarnado, mientras vivía como un hombre en Palestina, realizan las mismas cosas que esta actividad general, pero con una velocidad diferente y en escala más pequeña. Uno de sus principales propósitos es que los hombres, vistas las cosas hechas en pequeña escala por un poder personal, puedan reconocer, cuando vean las mismas cosas en gran escala, que el poder que hay detrás de ellas es también personal; que se trata, en realidad, de la misma persona que vivió entre nosotros hace dos mil años. Los milagros cuentan de nuevo, en letras pequeñas, la misma historia escrita, a través del mundo entero, con letras demasiado grandes para que algunos de nosotros podamos verlas. Parte de esta gran escritura es visible ya, parte está todavía sin descifrar. En otras palabras: algunos milagros hacen localmente lo que Dios ha hecho ya universalmente; otros hacen localmente lo que Dios no ha hecho todavía, pero hará. En este sentido, y desde nuestro punto de vista humano, unos son recordatorios y otros profecías.

Dios crea la vid y le enseña a aspirar agua por las raíces y a convertir, con ayuda del sol, el agua en jugo que fermentará y adquirirá ciertas cualidades. Todos los años, desde los tiempos de Noé hasta los nuestros, Dios convierte el agua en vino. Pero los hombres no logran verlo. Prefieren, como los paganos, imputar el proceso a algún espíritu finito, como Baco o Dionisos, o atribuír, como los modernos, la causalidad última a procesos químicos u otros fenómenos materiales, que es todo lo que nuestros sentidos pueden descubrir. Pero cuando Cristo, en Caná, convierte el agua en vino, se cae la máscara[11]. El milagro tiene sólo un efecto a medias si nos convence únicamente de que Cristo es Dios. Tendrá el efecto completo si, dondequiera que veamos un viñedo o bebamos un vaso de vino, recordamos que en ambos casos obra Aquél que estuvo sentado en la fiesta de bodas de Caná. Dios convierte todos los años un poco de trigo en mucho trigo. Se siembra la semilla y hay un aumentO, y los hombres, según la moda de la época, dicen «es Ceres, es Adonis, es el Rey Trigo», o bien, «es la ley de la naturaleza». El primer plano, la traducción, de este milagro anual es la multiplicación de los panes[12]. El pan no sale de la nada. No sale de las piedras, como en vano sugirió en una ocasión el demonio a Nuestro Señor[13]. Un poco de pan se convierte en mucho pan. El Hijo no quiere hacer nada salvo lo que ve hacer al Padre. Hay, por así decir, un estilo de familia. Los milagros de curación están incluídos en el mismo esquema. A veces, el hecho nos resulta oscuro por la opinión —mágica de algún modo— que solemos adoptar sobre la medicina normal. Los mismos médicos no la adoptan. Lo mágico no está en la medicina sino en el cuerpo del paciente. Lo que hace el médico es estimular las funciones naturales del organismo o eliminar los obstáculos. En cierto sentido, aunque por comodidad hablamos de curar una herida, las heridas se curan solas. Ningún vendaje hará crecer la piel en la herida de un cadáver. La misma energía que llamamos «gravitatoria» cuando gobierna los planetas y «bioquímica» cuando cura un cuerpo es la causa eficiente de todas las mejorías, y si Dios existe, esta energía —directa o indirectamente— es Suya. Todos los que son curados son curados por Él, el sanador de dentro. Pero una vez que lo hizo de manera visible era un Hombre el que se enfrentaba con otro hombre. Cuando Él no obra por dentro de esta manera el organismo muere. De aquí que el único milagro de destrucción que hizo Cristo esté también en armonía con la actividad general de Dios. Su mano corporal, extendida como símbolo de cólera, destrozó una sencilla higuera[14]. Pero ni un solo árbol murió ese año en Palestina, ni ningún otro año, ni en ningún otro país, ni morirá nunca, a menos que Él le haga algo o, más probablemente, deje de hacérselo.

Cuando alimentó a miles de hombres multiplicó panes y peces. Mira en todas las bahías y en casi todos los ríos. Esta fecundidad bulliente, vibrante, muestra que Él está actuando. Los antiguos tenían un dios llamado Genio —el dios de la fertilidad animal y humana, el espíritu rector de la ginecología, la embriología o el lecho matrimonial—, el «lecho genial»[15], como lo llamaban a la manera de su dios Genio[16]. De igual modo que los milagros del vino, el pan y la curación pusieron de manifiesto quién era realmente Baca, quién Ceres, quién Apolo, y que todos los milagros eran uno, esta milagrosa multiplicación de peces revela el verdadero Genio.

Y con ello estamos en el umbral del milagro que, por alguna razón, más molesta a los oídos modernos. Yo puedo entender al hombre que niega completamente lo milagroso. Pero ¿qué hacer con los que admiten algunos milagros y, sin embargo, rechazan el parto virginal de María? ¿Acaso su jarabe de pico para las leyes de la naturaleza reconoce sólo una en la que cree de verdad? ¿O es que ven en este milagro un reparo a la relación sexual, que se está convirtiendo a toda velocidad en la única cosa venerada en un mundo sin veneración? Ningún milagro es, de hecho, más importante. ¿Qué ocurre en la generación normal? ¿Cuál es la función del padre en el acto de engendrar? Una microscópica partícula de materia de su cuerpo fertiliza a la hembra, y con esta partícula microscópica transmite, tal vez, el color de su pelo y el labio colgante de su abuelo y la forma humana, con su complejidad de huesos, hígado, nervios, corazón y miembros, y la forma prehumana que el embrión recapitulará en el seno materno. Detrás de cada espermatozoo está la historia entera del universo; encerrada en él hay una parte no pequeña del futuro del mundo. Ese es el modo normal que Dios tiene de hacer un hombre; un proceso que necesita centurias, comenzando con la creación de la materia, constriñendo a un segundo y a una célula el momento de la concepción. De nuevo confundirá el hombre las impresiones sensibles que su acto creativo improvisa con el acto mismo, o bien lo atribuirá a algún ser finito como Genio. Por consiguiente, Dios lo hace una vez directa e instantáneamente, sin espermatozoide, sin los milenios de historia orgánica detrás del espermatozoo. Existía, por supuesto, otra razón. En este momento Dios no estaba creando simplemente un hombre sino el hombre que iba a ser Él mismo: el único verdadero Hombre. El proceso que conduce al espermatozoo ha arrastrado durante siglos mucho sedimento indeseable. La vida que nos llega por esa ruta normal está manchada. Para evitar la mancha, para dar a la humanidad un comienzo nuevo, Dios evitó una vez el proceso. Hay un periódico vulgar anti-Dios que un donante anónimo me envía todas las semanas. En él vi recientemente la burla de que los cristianos creemos en un Dios que cometió adulterio con la esposa de un carpintero judío. La respuesta al dicterio es que si la acción de Dios al fecundar a María se describe como «adulterio» Dios habría cometido adulterio con todas las mujeres que hayan tenido un hijo, pues lo que hizo una vez sin un padre humano lo hace siempre, incluso cuando utiliza un padre humano como instrumento Suyo. En la generación normal el padre humano es sólo un portador, a veces un portador renuente, y siempre el último de una larga fila de portadores, el último de la larga línea de la vida que viene de la vida suprema. La mugre que nuestro pobre, confundido, sincero y resentido enemigo arroja al Único Santo, o no permanece o, si permanece, se convierte en gloria.

Esto es suficiente sobre los milagros que hacen, deprisa y por menudo, lo que hemos visto ya en las letras grandes de la actividad universal de Dios. Pero antes de pasar al segundo tipo —aquellos que anuncian partes de la actividad universal que no hemos visto todavía— debo tomar precauciones contra un malentendido. No crean que quiero hacer ver los milagros como menos milagrosos. No afirmo que sean más probables por ser menos diferentes de los acontecimientos naturales. Intento responder a los que los consideran interrupciones del orden universal arbitrarias, teatrales, insensatas e indignas de Dios. En mi opinión no dejan de ser completamente milagrosas. Hacer con trigo seco y cocido lo que ordinariamente se produce muy despacio con semillas vivas es tan milagro como hacer pan con piedras. Tan grande, pero de una clase diferente. Ahí está el detalle. Cuando abro un libro de Ovidio[17], o de Grimm, descubro esa clase de milagros que serían realmente arbitrarios: los árboles hablan, las casas se convierten en árboles, anillos mágicos levantan mesas ataviadas con ricos manjares en lugares solitarios, las naves se transforman en diosas y los hombres se convierten en serpientes o en pájaros o en osos. Es divertido leerlos. A la menor sospecha de que han ocurrido realmente la diversión se convertiría en pesadilla. En el Evangelio no encontraremos milagros de este tipo. Cosas como esas, si se pudieran producir, probarían que algún poder extraño estaba invadiendo la naturaleza. Pero no probarían ni por asomo que era el mismo poder que ha creado la naturaleza y la gobierna día tras día. Los verdaderos milagros no son, simplemente, la manifestación de un dios, sino de Dios, que no está fuera de la naturaleza como extraño, sino como soberano. No anuncian tan sólo que un Rey ha visitado la ciudad, sino el Rey, nuestro Rey.

La segunda clase de milagros predice lo que Dios no ha hecho todavía, pero hará universalmente. Dios resucitó a un hombre de la muerte (el hombre que Él mismo era) porque un día resucitará de la muerte a todos los hombres. Quizás no sólo a los hombres, pues hay indicios en el Nuevo Testamento de que la creación entera será librada, finalmente, de la ruina, recuperará su forma y promoverá el esplendor de la humanidad hecha de nuevo[18]. La Transfiguración[19] y el andar sobre el agua[20] son vislumbres de la belleza y el poder sin esfuerzo sobre la materia entera que poseerá el hombre cuando sea resucitado por Dios. La resurrección entraña una «inversión» del proceso natural en el sentido de que supone una serie de cambios que se mueven en dirección contraria a los que nosotros vemos. Con la muerte, la materia que ha sido orgánica regresa gradualmente a lo inorgánico hasta diseminarse y ser utilizada, tal vez, por otros organismos. La resurrección sería el proceso contrario. No significaría, por supuesto, la devolución a cada personalidad de los mismos átomos, numéricamente los mismos, que habían integrado su primer cuerpo o su cuerpo «natural». En primer lugar, no bastaría asociarlos entre sí. En segundo lugar, la unidad del cuerpo, ya en esta vida, era compatible con un cambio lento, pero intrincado, de sus componentes actuales. Pero sí significa, ciertamente, que materia de cierta clase afluye al organismo tal como lo vemos ahora. Significa, de hecho, ver por el final una película que ya hemos visto por el principio. En este sentido es una inversión de la naturaleza. Otra cosa muy distinta es si la inversión en este sentido es necesariamente una contradicción. ¿Sabemos que no se puede ver la película empezando por el final?

La física moderna enseña, en cierto sentido, que la película nunca va hacia atrás. Como habrán oído alguna vez, el universo, según la física moderna, «se debilita». La desorganización y el cambio crecen de continuo. Llegará un día, no infinitamente lejano, en que el universo se debilitará o se desorganizará completamente, y la ciencia no conoce que sea posible regresar de ese estado. Tiene que haber habido un momento en el pasado, no infinitamente lejano, en que el universo se terminara, aunque la ciencia no conoce ningún proceso de conclusión. El asunto es que para nuestros antepasados el universo era un cuadro y para la moderna física es una historia. Si es un cuadro, estas cosas aparecen o no aparecen en él. Si no aparecen podemos sospechar que son contrarias a la naturaleza de las cosas, puesto que el cuadro es infinito. Pero una historia es otra cosa, especialmente si es una historia incompleta. La historia contada por la física moderna se podría relatar con estas palabras: «Humpty Dumpty cayó»[21]. Es decir, pregona una historia incompleta: tuvo que haber un tiempo anterior a la caída en el que estaba sentado sobre la valla, y tiene que haber un tiempo posterior al momento en que llegó al suelo. Indudablemente, la ciencia no conoce ni hombres ni caballos que puedan reunirlo de nuevo una vez que ha llegado al suelo y se ha roto. Pero tampoco sabe cómo pudo colocarse al principio sobre la valla. No deberíamos esperar que lo supiera. Todas las ciencias descansan sobre la observación. Todas las observaciones se han hecho durante la caída de Humpty Dumpty, puesto que hemos nacido después de que perdiera su asiento en la valla y habremos desaparecido antes de que llegue al suelo. Suponer, a partir de observaciones hechas mientras el reloj deja de funcionar, que la inimaginable conclusión que debe haber precedido al proceso no puede ocurrir cuando el proceso ha terminado es puro dogmatismo. Por su misma índole, las leyes de degradación y desorganización que descubrimos hoy día en la materia no pueden ser la última y eterna naturaleza de las cosas. Si lo fueran no habría habido nada que degradar y desorganizar. Humpty Dumpty no puede caer de una valla que no ha existido nunca.

No es imposible imaginar, evidentemente, un acontecimiento que se escape al desmoronamiento o proceso desintegrador que conocemos como naturaleza. Si algo resulta claro en los informes de las apariciones de Nuestro Señor después de Su resurrección es que el cuerpo resucitado era muy diferente del que había muerto y que vivía en condiciones muy distintas de las de la vida natural. Frecuentemente no es reconocido por los que lo ven[22] y no se relaciona con el espacio del mismo modo que nuestros cuerpos. Las apariciones y desapariciones repentinas[23] evocan el espíritu de la tradición popular. Sin embargo, el Señor insiste enfáticamente en que no es un simple espíritu y toma medidas para demostrar que el cuerpo resucitado puede realizar aún funciones animales, como comer[24]. Lo que hace de todo ello algo desconcertante para nosotros es la conjetura de que ir más allá de lo que llamamos naturaleza —más allá de las tres dimensiones y de los cinco sentidos, limitados y altamente especializados— significa, inmediatamente, estar en un mundo de pura espiritualidad negativa, en un mundo en el que ninguna clase de espacio ni de sentido tienen función alguna. No conozco ninguna razón para creer algo así. Schrödinger quería siete dimensiones hasta para explicar un átomo, y si tuviéramos nuevos sentidos descubriríamos una naturaleza nueva. Tal vez haya naturalezas amontonadas sobre naturalezas, lo sobrenatural sobre lo sobrenatural, antes de llegar a la profundidad del puro espíritu. Estar en esa profundidad, a la derecha del Padre, no significa, seguramente, mantenerse aparte de ninguna de esas naturalezas. Puede significar una presencia más dinámica todavía en todos los niveles. He ahí por qué creo que es muy precipitado suponer que la historia de la Ascensión es mera alegoría. Sé que suena como obra de gente que imaginaba un arriba y abajo absolutos y un cielo local en el firmamento. Pero decir esto es, después de todo, decir: «suponiendo que la historia sea falsa, podríamos explicar cómo resucitó». Sin esa suposición nos descubrimos a nosotros mismos «moviéndonos en mundos ilusorios»[25], sin ninguna probabilidad —con improbabilidad— de orientamos. Pues si la historia es verdad, un cuerpo todavía corporal de algún modo, aunque no a nuestro modo, se retira por Su propia voluntad de la naturaleza que nos presentan las tres dimensiones y los cinco sentidos, no necesariamente a un mundo no sensible y unidimensional, sino, tal vez, a un mundo o mundos de suprasentidos y supraespacio. Y Él podría elegir hacerlo gradualmente. ¿Quién diantres conoce lo que el espectador podría ver? Si dijeran que veían un movimiento ascendente a lo largo del plano vertical —después una masa confusa y, más tarde, nada—, ¿quién va a afirmar que es improbable?

Casi ha terminado mi tiempo, y debo ocuparme muy brevemente de la segunda clase de personas de las que prometí tratar: las que confunden las leyes de la naturaleza con las leyes del pensamiento y, como consecuencia, creen que cualquier desviación de ellas es una contradicción interna, como el círculo cuadrado o dos y dos suman cinco. Pensar algo así es imaginar que los procesos normales de la naturaleza son transparentes al intelecto, que podemos decir por qué se comporta como lo hace. Pues, lógicamente, si no podemos ver por qué una cosa es como es, no podremos descubrir las razones por las que no pudiera ser de otro modo. De hecho el curso actual de la naturaleza es totalmente inexplicable. No quiero decir que la ciencia no lo haya explicado todavía ni que tal vez lo explique algún día. Quiero decir que la misma naturaleza de la explicación hace imposible que podamos explicar siquiera por qué la materia tiene las propiedades que tiene. La explicación, por su misma naturaleza, trata sobre un mundo de «supuesto que tal cosa, entonces tal otra». Toda explicación científica adopta la forma «dado que A, entonces B», o «si C, entonces D». Para explicar cualquier acontecimiento es preciso suponer que el universo es una empresa en pleno funcionamiento, una máquina que trabaja de un modo particular. Como quiera que el modo particular de funcionar es la base de toda explicación, él mismo no se puede explicar nunca. No podemos hallar ninguna razón por la que no podría funcionar de otra forma.

Decir esto no es sólo eliminar la sospecha de que el milagro es internamente contradictorio, sino, además, comprender qué razón tenía San Atanasio cuando descubría una semejanza esencial entre los milagros de Nuestro Señor y el orden general de la naturaleza. Las dos cosas son el punto final de las explicaciones del intelecto. Si «natural» significa lo que se puede encajar dentro de una clase, lo que obedece a una norma, lo que se puede comparar y se puede explicar por referencia a otros acontecimientos, la misma naturaleza en su conjunto no es natural. Si un milagro significa algo que, sencillamente, se debe aceptar, la realidad irrebatible que no da razón de sí misma sino que es realmente, el universo es un gran milagro. Encaminarnos hacia ese gran milagro es uno de los principales propósitos de los actos terrenales de Cristo, que son, como Él mismo dijo, signos[26]. Sirven para recordamos que las explicaciones de sucesos particulares derivadas del carácter dado, inexplicado, casi intencionado del universo actual no son explicaciones de ese carácter. Los signos no nos separan de la realidad, nos hacen volver a ella, nos hacen volver de nuestro mundo de sueño de «supuesto que tal cosa, entonces tal otra» a la sorprendente actualidad de todo lo que es real. Son puntos focales en los que se hace visible más realidad de la que comúnmente vemos al mismo tiempo. He hablado de cómo hizo pan y vino milagrosos y de cómo cuando concibió la Virgen mostró el verdadero Genio que la gente había adorado, sin saberlo, desde mucho antes. Pero todo ello tiene más alcance todavía. El pan y el vino iban a tener para los cristianos un significado más sagrado aún y el acto de generación iba a ser el símbolo elegido entre los místicos para la unión del alma con Dios. Estas cosas no son accidentes. Con Él no hay accidentes. Cuando Dios creó el mundo vegetal sabía ya qué sueños provocaría en las mentes paganas devotas la muerte y resurrección anual del trigo, sabía ya que Él mismo tendría que morir y vivir de nuevo y en qué sentido, incluyendo y trascendiendo ampliamente la vieja religión del Rey Trigo. Jesús diría «esto es mi Cuerpo»[27]. Pan común, pan milagroso, pan sacramental: los tres son distintos pero no se deben separar. La realidad Divina es como una fuga. Sus actos son diferentes, pero todos riman o resuenan en los demás. Eso es lo que hace tan difícil hablar del cristianismo. Fijemos la atención en una cualquiera de sus historias y se convertirá enseguida en un imán al que, velozmente, acude la verdad y la gloria desde todos los niveles del ser. Nuestras tediosas unidades panteístas y nuestras resbaladizas distinciones racionalistas son vencidas de la misma manera por la estructura de la realidad, inconsútil y en permanente variación, por la animación, la evasividad y las armonías entrelazadas de la multidimensional fertilidad de Dios. Si esta es la dificultad, también es uno de los fundamentos firmes de nuestra fe. Pensar que es una fábula, un producto del cerebro como el cerebro es un producto de la materia, sería creer que este vasto esplendor sinfónico sale de algo más pequeño y más vacío que él mismo. No es así. Estamos más cerca de la verdad en la visión de Julia de Norwich a quien Cristo se le aparece llevando en Su mano una cosa pequeña, como una avellana, y le dice: «Esto es todo lo creado»[28]. A Julia le pareció tan pequeño y débil que se maravilló de que no se descompusiera.



[1] Apocalipsis

[2] Ibid. 6, 14

[3] Ibid. 20, 11

[4] Ibid. 19, 20; 20, 10, 14-15; 21, 8

[5] Mt. 1, 19

[6] Mt. 14, 26;

[7] Lewis se refiere a la historia que afirma que los ángeles aparecieron para proteger a las tropas británicas en su retirada de Mons, Francia, el 26 de agosto de 1914. Un resumen del suceso —Did Angels appear to British troops at Moons?— de Jill Kitson, se halla en History Makers, N° 3 (1969), pp. 132-133.

[8] Reyes, 19,35.

[9] Heródoto, Libro II, Sección 141.

[10] Jn. 5, 19.

[11] Jn. 2, 1-11.

[12] Mt. 14, 15-21; Mc. 6, 34-44; Lc. 9, 12-17; Jn. 6, 1-11.

[13] Mat. 4, 3; Lc. 4, 3.

[14] Mat. 21, 19; Mc. 11, 13-20.

[15] El adjetivo inglés «genial» significa aquí «nupcial» o «generativo». «Genial bed» significaría, pues, «lecho nupcial». He mantenido el arcaísmo para que se perciba la relación, muy marcada en el original, entre «genial» y «Genio». (Nota del traductor).

[16] Para más información sobre este asunto, véase el capítulo «Genius and Genius» de la obra de C. S. Lewis Studies in Medieval Renaissance Literature, editado por Walter Hooper (Cambridge, 1966), pp. 169-174.

[17] Se refiere al texto de Metamorfosis, 43 BC-AD 18.

[18] Cfr. Romanos 8, 22: «Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto.»

[19] Mat. 17, 1-9; Marc. 9, 2-10.

[20] Mt. 14,26; Mc. 6, 49; Jn. 6,19.

[21] Humpty Dumpty es el nombre de un hombrecillo rechoncho de un verso para niños, que personifica un huevo que cayó y se hizo añicos. (Nota del traductor).

[22] Lc. 24, 13-31, 36-37; Jn. 20, 14-16.

[23] Mc. 16, 14; Lc. 24, 31; Jn. 20, 19 - 26.

[24] Lc. 24, 42-43; Jn. 21, 13.

[25] Se trata, probablemente, de una cita equivocada del texto de Wordsworth «Moving about in worlds not realized». Intimations of Immortality, ix, 149.

[26] Mt. 12, 39; 16, 4; 24, 24 - 30; Mc. 13, 22; 16, 17 - 20; Lc. 20, 11 - 25.

[27] Mt. 26, 26; Mc. 14, 22; Lc. 22, 19; I Epístola a los Corintios 11, 24.

[28] Sixteen Revelations of Divine Love, ed. Roger Hudleston (Londres, 1927), Capítulo 5, p. 9.


 

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