Religión y Ciencia (1945)


C.S. Lewis


«Milagros» —dijo mi amigo. «Déjate de historias. La ciencia ha dejado fuera de combate el fundamento de todos ellos. Ahora sabemos que la Naturaleza está gobernada por leyes fijas».

«¿No sabía eso ya la gente?» —dije yo.

«¡Válgame Dios! No» —respondió. «Por ejemplo tomemos una historia como el Parto Virginal. Ahora sabemos que una cosa así no puede ocurrir. Ahora sabemos que tiene que haber un espermatozoo masculino».

«Pero escucha —le dije— San José...»

«¿Quién es San José?» —preguntó mi amigo.

¡«San José es el esposo de la Virgen María. Si lees su historia en las Sagradas Escrituras descubrirás que cuando vio que su esposa iba a tener un hijo decidió romper el matrimonio. ¿Por qué lo hizo?».

«¿No harían lo mismo la mayoría de los hombres?».

«Todos lo hombres lo harían —dije yo— siempre que cono­cieran las leyes de la naturaleza, o, con otros términos, siempre que supieran que una joven no suele tener un hijo a menos que se acueste con un hombre. Pero según tu teoría la gente desconocía en esos remotos tiempos que la natura­leza estuviera gobernada por leyes fijas. Trato de indicar que la historia pone de manifiesto que San José conocía esa ley tan bien como tú».

«Sin embargo, más tarde creyó en el Parto Virginal, ¿no es cierto?».

«Así es. Pero no lo hizo porque sufriera algún engaño acerca de cómo vienen los niños en el curso ordinario de la naturaleza. San José creía en el Parto Virginal como algo sobrenatural. Sabía que la naturaleza obra de un modo re­gular y fijo. Pero creía también que existía algo más allá de la naturaleza que podría interferir en sus obras desde fuera, por así decir».

«Pero la ciencia moderna ha mostrado que no existe una cosa semejante».

«¿De verdad? » —dije yo. «¿Qué ciencia?»

«Bueno, bien, eso es un asunto de detalle» —dijo mi amigo. «Te puedo recitar de memoria capítulos y versos enteros».

«Pero, ¿no comprendes —le contesté— que la ciencia no podría mostrar nada así?».

«¿Por qué diantres no?».

«Porque la ciencia estudia la naturaleza. Y la cuestión es si existe algo además de la naturaleza, algo “exterior” a ella. ¿Cómo se podría averiguar algo semejante estudiando sim­plemente la naturaleza?».

«Pero, ¿no averiguamos que la naturaleza tiene que obrar de un modo absolutamente fijo? Quiero decir que las leyes de la naturaleza no nos dicen meramente cómo ocurren las cosas, sino cómo tienen que ocurrir. Ningún poder podría, eventualmente, alterarlas».

«¿Qué quieres decir?».

«Mira aquí» —respondió. «¿Podría este “algo exterior” del que hablas hacer que dos y dos fueran cinco».

«Claro que no» —dije yo.

«Conforme» —contestó. «Pues yo creo que las leyes de la naturaleza son como “dos y dos igual a cuatro”. La idea de que puedan ser alteradas es tan absurda como el propósito de alterar las leyes de la aritmética».

«Un momento» —le dije. «Supón que introduces hoy una moneda de seis peniques en un cajón y mañana otra en el mismo cajón. ¿Te aseguran las leyes de la aritmética que al día siguiente encontrarás en el lugar el valor de un chelín?[1]».

«Por supuesto —contestó—; siempre que nadie meta la mano en el cajón».

«¡Ah!, pero ese es precisamente el asunto» —le respondí. «Las leyes de la aritmética te pueden decir con absoluta seguridad lo que encontrarás en el caso de que no haya ninguna interferencia. Si un ladrón metiera la mano en el cajón el resultado sería, como el lógico, muy distinto. Sin embargo, el ladrón no violará las leyes de la aritmética, sino las de Inglaterra. ¿No corren el mismo peligro las leyes de la naturaleza? ¿No te dicen todas ellas lo que ocurrirá en el caso de que no haya ninguna interferencia?».

«¿Qué quieres decir?».

«Las leyes de la naturaleza te dirán cómo se moverá una bola de billar sobre una superficie suave si la golpeas de una forma determinada, pero sólo en el caso de que nada interfiera. Si después de estar en movimiento alguien coge un taco y le da un golpe en un lado no se producirá lo que el científico predijo. ¿Por qué?»

«No se producirá, por supuesto que no. El científico no puede tener en cuenta travesuras así».

«Perfectamente. De la misma manera, si hubiera algo exterior a la naturaleza e interfiriera en ella no se produci­rían los acontecimientos que el científico espera. Eso sería lo que llamamos un milagro. En cierto sentido el milagro no violaría las leyes de la naturaleza. Las leyes de la naturaleza dicen lo que ocurrirá si nada interfiere. Pero no pueden decir si algo va a interferir. Quiero decir que no es el experto en aritmética el que puede decirnos si es probable que alguien toque los peniques en mi cajón. Para ello sería más útil un detective. No es el físico el que puede decirnos si es probable que yo coja un taco y malogre su experimento con la bola de billar. Sería mejor preguntar a un psicólogo. Y no es el científico el que puede decirnos si es probable que la natu­raleza, vaya a ser interferida desde fuera. En este caso debe­mos dirigimos al metafísico».

«Eso son nimiedades» —dijo mi amigo. «Mira: la verdadera objeción tiene más alcance. El cuadro entero del universo que nos ha dado la ciencia considera una tontería creer que un Poder superior podría interesarse por nosotros, criaturas diminutas que se arrastran sobre la superficie de un planeta insignificante. Eso, como es obvio, fue inventado por gente que creía en una tierra plana y en estrellas alejadas una o dos millas».

«¿Cuando ha creído la gente cosas así?».

«¡Toma!; pues todos esos viejos tipos cristianos de los que estás hablando siempre. Me refiero a Boecio y San Agustín y Santo Tomás y Dante».

«Perdón —le dije—, pero ese es uno de los pocos asuntos de los que sé algo».

Alargué la mano a la estantería. «Mira este libro —le dije—; es el Almagest de Ptolomeo. ¿Lo conoces?».

«Sí» —respondió. «Es el manual de astronomía usado habi­tualmente durante toda la Edad Media».

«Muy bien; pues léelo» —le dije, señalando el Libro 1, capítulo 5.

«La tierra… —comenzó mi amigo vacilando por tener que traducir del latín—, la tierra, comparada con la distancia de las estrellas fijas, no tiene una magnitud apreciable y debe ser tratada como un punto matemático».

Entonces se produjo un corto silencio.

«¿Realmente sabían ya eso entonces?» dijo mi amigo. «Pero…, pero ninguna de las historias de la ciencia —ninguna de las enciclopedias modernas— lo menciona jamás».

«Exacto» —asentí. «Dejaré que descubras la razón. Parece como si alguien estuviera deseoso de echar tierra sobre ello, ¿no es verdad? Me pregunto por qué».

Otro breve silencio.

«De todos modos —dije— ahora podemos plantear el problema con precisión. La gente suele pensar que el problema es cómo reconciliar lo que ahora sabemos sobre la magnitud del universo con nuestras tradicionales ideas religiosas. Ese no es el problema en absoluto. El verdadero problema es éste. La enorme extensión del universo y la insignificancia de la tierra eran conocidas hace siglos y nadie soñaba que tuvieran la menor relación con cuestiones religiosas. Des­pués, hace menos de cien años, fueron sacadas súbitamente a relucir como argumentos contra el cristianismo. Pero los que lo hacen echan tierra cuidadosamente sobre el hecho de que se conocían hace ya tiempo. ¿No crees que vosotros, los ateos, sois extraordinariamente poco perspicaces?».

 

[1] Ver el quinto párrafo del documento “Las leyes de la naturaleza” para entender bien este ejemplo y su punto argumental.


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