¿Sacerdotisas en la Iglesia? (1948)


C.S. Lewis


«Me gustarían infinitamente más los bailes, dijo Caroline Bingley, si fueran organizados de un modo diferente… No hay duda de que sería mucho más racional que el orden del día fuera la conversación en lugar de la danza». «Mucho más racional, seguramente, respondió su hermano, pero no se parecería mucho a un baile»[1]. Se nos dice que la señorita guardó silencio. Pero se podría sostener que Jane Austen no permitió a Bingley presentar toda la fuerza de su posición. Debería haber respondido con un distingo. En cierto sentido la conversación es más racional pues permite ejercitar exclusivamente la razón, y el baile no. Pero no hay nada irracional en ejercer otras facultades distintas de la razón. En ciertas ocasiones y para determinados propósitos, la verdadera irracionalidad es la de quienes se niegan a hacerlo. El hombre que intentara domar un caballo o escribir un poema o engendrar un hijo por puros silogismos sería un hombre irracional, aunque hacer silogismos sea en sí mismo una actividad más racional que las exigidas por esas cosas. Es racional no razonar, o no limitarse a razonar cuando no es adecuado y el hombre más racional es el que mejor lo sabe.

Estas observaciones no han sido pensadas como contribución a la crítica de Pride and Prejudice. Se me ocurrieron al oír que la Iglesia de Inglaterra estaba siendo presionada para que declarara que las mujeres podían recibir el Orden Sacerdotal. Según mi información, es muy improbable que la propuesta sea considerada seriamente por las autoridades. Dar un paso tan revolucionario en el momento actual, separamos del pasado cristiano y ensanchar la división entre la Iglesia de Inglaterra y otras Iglesias estableciendo entre nosotros el sacerdocio femenino supondría un grado de imprudencia casi libertino. La misma Iglesia de Inglaterra se fragmentaría con la operación. Mi preocupación por la propuesta es de carácter más teórico. El problema entraña algo más profundo todavía que una revolución en toda regla.

Siento un gran respeto por quienes desean que las mujeres sean sacerdotisas. Creo que son gente sincera, piadosa y sensible. En cierto sentido son demasiado sensibles. En eso, mi discrepancia con ellos se parece a la discrepancia de Bingley con su hermana. Estoy tentado de decir que la disposición propuesta nos haría más racionales, «pero ya no pareceríamos una Iglesia».

A primera vista, la racionalidad (en el sentido de Caroline Bingley) está del lado de los innovadores. Estamos faltos de sacerdotes. Hemos descubierto, en una profesión tras otra, que la mujer puede hacer muy bien cosas que hace tiempo se suponía que estaban exclusivamente en poder del hombre. Ninguno de los que están en desacuerdo con la propuesta mantiene que la mujer posea menos capacidad de piedad que el hombre, o menos entusiasmo, saber o cualquier otra cualidad necesaria para el oficio pastoral. ¿Qué otra cosa, salvo el prejuicio engendrado por la tradición, nos prohíbe, entonces, servimos de las enormes reservas que supondrían para el sacerdocio si la mujer estuviera en esto, como en tantas otras cosas, en pie de igualdad con el hombre? Y contra este torrente de sentido común los adversarios (muchos de ellos mujeres) no pueden ofrecer al principio más que una aversión incapaz de expresarse, una sensación de incomodidad que ellos mismos encuentran difícil de analizar.

Desde el punto de vista histórico es evidente, creo yo, que esta reacción no procede de un desprecio hacia la mujer. La Edad Media llevó su reverencia por una Mujer hasta el punto de que se podría hacer razonablemente la acusación de que la Santísima Virgen se convirtió a sus ojos casi en «la cuarta Persona de la Trinidad». Pero, que yo sepa, en estos siglos no se le atribuyó nada que se pareciera remotamente a la función sacerdotal. La salvación depende de su decisión expresada en las palabras ecce ancilla[2]. La Virgen estuvo unida durante nueve meses en una inconcebible intimidad con el Verbo Eterno, estuvo al pie de la cruz[3], pero no estuvo presente en la Última Cena[4] ni en la venida del Espíritu[5] en Pentecostés[6]. Ese es el testimonio de las Escrituras, que no es posible dejar de lado diciendo que las condiciones de tiempo y lugar condenaban a las mujeres al silencio y a la vida privada. Hubo predicadores femeninos. Uno hombre tuvo cuatro hijas que «profetizaban», es decir, predicaban[7]. Incluso en el Antiguo Testamento había profetisas. Profetisas, no sacerdotisas.

En este punto el reformador sensible se siente inclinado a preguntar por qué, si las mujeres pueden predicar, no pueden ejercer las demás funciones del sacerdote. Esta pregunta aumenta mi incomodidad. Empezamos a sentir que lo que realmente nos separa de nuestros adversarios es el diferente significado que ellos y nosotros damos a la palabra «sacerdote». Cuanto más hablan (con razón) de la competencia de la mujer en la administración, de su discreción y simpatía como consejera, de su talento natural para «visitar», tanto más sentimos que se olvida la cuestión principal. Para nosotros un sacerdote es, ante todo, un representante, un doble representante: representa a Dios ante nosotros y es nuestro representante ante Dios. Nuestros propios ojos nos lo enseñan en la iglesia. Unas veces el sacerdote nos da la espalda y otras veces se pone mirando hacia nosotros. Entonces habla a Dios por nosotros. Otras veces nos da la cara y nos habla en nombre de Dios. No tenemos nada que objetar a que la mujer haga lo primero. La dificultad está en lo segundo. Pero ¿por qué? ¿Por qué no debería una mujer representar a Dios en este sentido? Desde luego no porque la mujer sea necesariamente, ni tampoco probablemente, menos santa o menos caritativa o más estúpida que el hombre. En este sentido, la mujer puede ser tan semejante a Dios como el hombre, y ciertas mujeres mucho más que ciertos hombres. Tal vez quede más claro el sentido en que la mujer no puede representar a Dios si vemos el problema al revés.

Supongamos que el reformador deja de decir que una mujer buena puede asemejarse a Dios y empieza a decir que Dios se asemeja a una mujer buena. Supongamos que dijera tanto que debemos orar a «Nuestra Madre que está en el Cielo» como a «Nuestro Padre». Supongamos que insinuara que la Encarnación podría haber adoptado tanto forma femenina como masculina y que la Segunda Persona de la Trinidad se pudiera denominar tanto Hija como Hijo. Supongamos, por último, que el matrimonio místico fuera al revés: que la Iglesia fuera el novio y Cristo la novia. Todo esto trae consigo, a mi juicio, la afirmación de que la mujer puede representar a Dios como lo hace el hombre.

La verdad es que si todas estas hipótesis se pusieran alguna vez en vigor nos embarcaríamos, sin la menor duda, en una religión diferente. Las diosas han sido, naturalmente, objeto de adoración. Muchas religiones han tenido sacerdotisas. Pero eran religiones completamente distintas de la cristiana. El sentido común, pasando por alto el malestar, o incluso el horror, que la idea de convertir el lenguaje teológico en género femenino produce en la mayoría de los cristianos, preguntará «¿por qué no?». Puesto que Dios no es un ser biológico, ¿qué puede importar que digamos Él o Ella, Padre o Madre, Hijo o Hija?

Sin embargo, los cristianos creemos que el mismo Dios nos ha enseñado cómo debemos hablarle. Decir que no importa es decir que la imaginería masculina no está inspirada, tiene un origen meramente humano, o bien que, aun estando inspirada, es completamente arbitraria e inesencial. Esto es inadmisible, y si es admisible no es un argumento en favor de la existencia de sacerdotisas cristianas, sino contra el cristianismo. El argumento está basado, seguramente, en una idea frívola de la imaginería. Sin recurrir a la religión, sabemos por experiencia poética que la imagen y la percepción son más inseparables de lo que el sentido común está dispuesto a admitir. La vida religiosa de un niño al que se le enseñara a orar a una Madre en el Cielo sería radicalmente distinta de la de un niño cristiano. Y para el cristiano, el cuerpo y el alma humanos forman una unidad orgánica semejante a la que forman la imagen y la percepción.

Los innovadores insinúan, en realidad, que el sexo es algo superficial e irrelevante para la vida espiritual. Decir que los hombres y las mujeres son igualmente adecuados paral una determinada profesión es decir que el sexo es irrelevante para los fines de esa profesión. Dentro de ese contexto estamos tratándolos a ambos como neutros. Dado que el Estado crece como una colmena o como un hormiguero, necesita un número creciente de trabajadores que puedan ser tratados como neutros. En la vida civil tal vez sea necesario hacerlo. Pero en la vida cristiana debemos volver a la realidad. En la vida cristiana no somos unidades homogéneas, sino órganos diferentes y complementarios de un cuerpo místico. La Señora Nunburnholme ha afirmado que la igualdad entre el hombre y la mujer es un principio cristiano[8]. Yo no recuerdo el texto de las Escrituras ni de los Padres ni de Hooker ni del Devocionario en que se afirma tal cosa. Pero ahora no se trata de eso. Lo importante es que, a menos que «igual» signifique «intercambiable», la igualdad no dice nada en favor del sacerdocio de las mujeres. El tipo de igualdad que implica que los iguales son intercambiables, como fichas o máquinas idénticas, es una ficción legal entre los hombres. Tal vez sea una ficción legal útil, pero en la iglesia damos la espalda a las ficciones. Uno de los fines por los que fue creado el sexo fue simbolizarnos las cosas de Dios que han de mantenerse guardadas. Una de las funciones del  matrimonio es expresar la naturaleza de la unión entre Cristo y la Iglesia. Nosotros no tenemos autoridad para coger las figuras vívidas y primordiales que Dios ha pintado en el lienzo de la naturaleza humana y cambiarlas de sitio como si fueran meras figuras geométricas.

El sentido común llamará a todo esto «mística». Exactamente. La Iglesia afirma ser la portadora de una revelación. Si la afirmación es falsa no queremos sacerdotisas, sino abolir el sacerdocio. Si es verdadera, debemos esperar encontrar en la Iglesia un elemento que los no creyentes llamarán irracional y los creyentes suprarracional. Debe haber algo en ella opaco a nuestra razón, aunque no contrario a ella, como las realidades del sexo y los sentidos son opacos en el nivel natural. Y éste es el verdadero problema. La Iglesia de Inglaterra sólo podrá seguir siendo una Iglesia si retiene este elemento opaco. Si lo abandonamos, si retenemos sólo lo que se puede justificar con los estándares de prudencia y conveniencia ante el tribunal del sentido común ilustrado, cambiamos la revelación por el viejo fantasma de la Religión Natural.

Es doloroso para un hombre tener que hacer valer el privilegio, o la carga, que el cristianismo concede a los de su sexo. Me doy perfecta cuenta de cuán inadecuados somos la mayoría de nosotros, con nuestras individualidades actuales e históricas, para ocupar el lugar preparado para nosotros. Es un viejo dicho militar que en el ejército se saluda al uniforme, no al que lo lleva. Sólo quien lleva uniforme masculino puede (provisionalmente y hasta la Parousia[9]) representar al Señor en la Iglesia: pues todos nosotros, corporativa e individualmente, somos femeninos para Él. Los hombres podemos ser a menudo muy malos sacerdotes. La razón es que somos insuficientemente masculinos; no resuelve nada llamar a los que no son masculinos en absoluto. Un hombre puede ser muy mal marido; pero no se puede enmendar el asunto cambiando los papeles. El hombre puede hacer muy mala pareja masculina en el baile; el remedio es hacer que asista con más diligencia a las clases de baile, no que el salón de baile ignore en adelante las distinciones de sexo y trate a todos los que bailan como neutros. Hacerlo sería, sin duda, eminentemente sensible, civilizado e ilustrado, pero, una vez más, «ya no sería un baile».

El paralelismo entre la Iglesia y el baile no es tan fantástico como se pudiera pensar. La Iglesia debe parecerse más a un baile que a una fábrica o a un partido político. Por decirlo con mayor precisión: la fábrica y el partido político están en la periferia, la Iglesia en el centro y el baile en medio: la fábrica y el partido político son creaciones artificiales. «Un soplo puede hacerlas como un soplo las ha hecho»[10]. En ellos no tratamos con seres humanos considerados de forma integral sino sólo con «manos» o con votantes. No uso, por supuesto, el término «artificial» en sentido despectivo. Esos artificios son necesarios. Pero como han sido creados por nosotros, somos libres de revolver, desechar y experimentar como nos plazca. Sin embargo, el baile existe para estilizar algo natural que concierne a los seres humanos considerados de manera integral, a saber: el cortejo. No podemos removerlo ni estropearlo demasiado. Con la Iglesia ocurre lo mismo, pero más claramente, pues en la Iglesia estamos tratando con hombres y mujeres considerados no meramente como hechos de la naturaleza, sino como sombras vivas e impresionantes de realidades que se encuentran fuera de nuestro control y alejadas en gran parte de nuestro conocimiento directo. O mejor aún: no estamos tratando con esas realidades sino (como no tardamos en aprender cuando nos entrometemos) ellas con nosotros.


[1] Orgullo y prejuicio, Cap. 11.

[2] Cuando se le anunció que había sido elegida por Dios y que iba a dar a luz al Niño Jesús, la Virgen exclamó: «He aquí a la sierva del Señor». (Lc. 1, 38). El Magnificat sigue en los versículos 46-55.

[3] Ioh. 19, 25.

[4] Mat. 26, 26; Mc. 14,22; Lc. 22, 19.

[5] No es tan claro, como afirma Lewis, que María estuviera ausente el día de Pentecostés. Son numerosas las representaciones del arte cristiano que la incluyen entre las personas que contemplaron la venida del Espíritu Santo. La piedad cristiana considera, asimismo, que se encontraba ese día con los discípulos. Las Sagradas Escrituras no afirman, efectivamente, que no estuviera presente. Hay pasajes que más bien sugieren lo contrario. Los Hechos de los Apóstoles (1,13-14) dicen: «Cuando hubieron llegado, subieron a piso alto, en donde permanecían Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos estos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste». Y más adelante (2, 1-2), se añade: «Al cumplirse el día de Pentecostés, estando todos juntos en un lugar, se produjo de repente un ruido...». (Nota del traductor).

[6] Hechos 2, 1 y ss.

[7] Hechos 21, 9,

[8] Lady Nunburnholme, «A petition to the Lambeth Conference», Time and Tide, vol. XXIX, N° 28 (10 de julio de 1948), p.720.

[9] El regreso futuro de Cristo en gloria.

[10] Aunque el texto dice así como copio, supongo que debería decir: “Un soplo puede deshacerlas como un soplo las ha hecho”.


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