Sexo y desesperación*


Josef Pieper


La fatalidad de la «sexualización» -así designan hoy muchos este fenómeno- no debe sobreestimarse, ya que en el1o intervienen demasiados intereses comerciales y manejos publicitarios. Por otra parte, desde que el hombre es hombre existe ese aislamiento de la sexualidad en cuanto posibilidad de depravación, no sólo como práctica, lo que resulta fácil de comprender, sino también como programa.

Tal es precisamente el punto de partida, por ejemplo, de uno de los grandes y famosos diálogos de Platón. El joven Fedro, que se cruza en el camino de Sócrates, acaba de llegar, con la mente aún perturbada y obnubilada por lo que ha oído, de una tertulia de intelectuales de vanguardia, a quienes Platón caracteriza sobre todo por su presuntuosa negación de las normas tradicionales, su estilo liberal de vida y un desenfreno sexual voluntariamente llevado al extremo. Y Fedro, fascinado por la modernidad y elegancia de elocución del «mayor literato de la época», que había participado en la tertulia, le habla a Sócrates del «programa» de sus amigos. Podríamos condensarlo en los siguientes puntos: deseo sin amor; aspiración a un máximo de placer con un mínimo de compromiso personal; la agitación erótica del ánimo, la «pasión» amorosa, no es más que una enfermedad romántica que todo lo complica innecesariamente; la negativa a dejarse arrastrar por tales sentimientos es lo único «razonable» y también lo único que puede estimarse «decoroso», calificarse de arete.

Como se echa de ver, no sin cierta sorpresa, se trata de cosas tremendamente actuales o, por mejor decir, de cosas que el hombre es capaz de pensar y practicar en cualquier época.

Sócrates escucha a Fedro durante un rato y simula al principio compartir el entusiasmo y la admiración del crédulo joven… hasta que abruptamente pone fin a la farsa y le espeta: ¿De veras no ves, querido Fedro, lo vergonzoso de todo eso? Imagínate que nos hubiera estado ahora oyendo un auténtico hombre de bien, entregado en el amor a otro de sentimientos tan nobles como los suyos. ¿No creería ese hombre hallarse ante gentes criadas en medio de esclavos encadenados al remo, ignorantes por completo del amor que existe entre los hombres libres? Se cae de su peso que esta contraposición entre «hombres libres» y «esclavos» no tiene nada en absoluto que ver, a despecho de las apariencias, con la institución social de la esclavitud. La «esclavitud» a que alude Sócrates es algo que ningún cambio social y ningún tipo de emancipación pueden erradicar del mundo, algo que, como bien lo muestra el ejemplo de la alta sociedad ateniense de aquellos tiempos, encuentra acomodo en todas las capas sociales: una conducta en cierto sentido vulgar y plebeya, con la bárbara rudeza y brutalidad que implica pese a los mayores refinamientos de la civilización.

Así también lo propiamente malo e inhumano del consumismo erótico separado del amor consiste ni más ni menos en impedir lo que en la totalidad de la existencia constituye el sentido profundo del encuentro amoroso: salir de la propia limitación y del propio yo para identificarse con otra persona. El simple compañero sexual no es contemplado como «persona», es decir, como alguien con rostro humano característico de su individualidad. Un estadounidense ha llegado a formular este hecho de manera tan ingeniosa como acertada: para el playboy dice, la hoja de parra está sencillamente desplazada; ya no tapa sino la cara. En contraste con lo que parece desprenderse del lenguaje ordinario, quien sólo «desea» no desea en realidad (no «quiere») a «una mujer». Únicamente el Amor, con mayúscula, la quiere de verdad, desea unirse con ella. Lo que hoy llamamos «sexo» busca algo neutro, algo objetivo y material, no un tú, sino un ello, the thing in itself (como se lo prometen mutuamente los personajes del libro de Orwell, 1984); se quiere «hacer eso», die Sache da machen (leemos en una novela de Heinrich Boll). Con razón ha podido hablarse del «carácter doloso» del mero encuentro sexual. De momento se tiene la ilusión de intimidad, pero, sin amor, esa unión aparente acaba por dejar a dos extraños aún más alejados entre sí de lo que antes estaban. Por eso no puede sorprendernos mucho que, «en una sociedad donde la sexualidad figura como condición previa del amor en vez de ser éste el requisito indispensable para el don recíproco de la unión de los cuerpos», paradójicamente dicha sexualidad «más bien separa que une» al hombre y la mujer, «dejándolos solos y aislados precisamente allí donde creían encontrar mayor apoyo». Lo que pueda tener de sorprendente y -es lícito añadir- engañoso esta paradoja, que de hecho no lo es sino en apariencia, aumenta a medida que el erotismo de consumo se hace más accesible. El resultado de la supresión de los tabúes sexuales, escribe Paul Ricoeur, ha sido algo con lo que no contaba la generación de Sigmund Freud: «la pérdida de valor por la facilidad». Y sigue diciendo: «Todo cuanto facilita el contacto sexual favorece simultáneamente su caída en la inanidad». Nada tiene esto de asombroso en el fondo. Más bien es una ley grabada en granito: lo que «cuando hace falta» puede conseguirse casi gratis y de inmediato (allende el Atlántico emplean la bruta y expresiva fórmula short order sex) pierde forzosamente, además de su valor, su incentivo.

El director del centro sanitario de una universidad estadounidense, psiquiatra de profesión, refiere, al dar cuenta de su experiencia con las estudiantes, que éstas, que vivían en gran promiscuidad, habían respondido a una encuesta sobre su comportamiento sexual comentando que «les daba demasiado trabajo decir no»: It's just too much trouble to say No. De primeras esto parece chocante y suena a libertinaje, pero claramente viene también a significar algo como «¡qué más da!», «me es igual», it doesn't matter. En tal actitud se refleja ya su inevitable resultado: «una sexualidad no sólo desprovista de alegría, sino incluso de aliciente», so much sex and so little meaning or even fun in it. Como antes indicábamos, interviene aquí una ley prácticamente universal. En un contexto del todo distinto, el Goethe ya maduro formulaba esto mismo así: Cada siglo… busca transformar lo sagrado en profano, lo arduo en fácil y lo grave en frívolo. Contra ello no tendríamos nada que decir si no representara la ruina de lo serio tanto como de lo alegre.» He ahí la clave: ¡hasta lo alegre y divertido se va a pique! Y así acaba por resultar terriblemente justo que la mencionada experiencia del psiquiatra universitario se publicara en un informe con el título: «Las raíces de la desesperación estudiantil.»


 

* Ensayo recogido en Antología, Editorial Herder, S.A., Barcelona, 1984, p. 51.