No existe un «derecho a la felicidad» (1963)


C.S. Lewis


«Después de todo, dijo Clara, tienen derecho a la felicidad».

Discutíamos algo que ocurrió en cierta ocasión en nuestra vecindad. El señor A había abandonado a la señora A y se había divorciado de ella para casarse con la señora B. No había la menor duda de que el señor A y la señora B estaban muy enamorados el uno del otro. Si siguieran enamorados y su salud y sus ingresos marcharan bien podría esperarse razonablemente que fueran muy felices.

Resultaba evidente que ninguno de ellos era feliz con su antiguo cónyuge. Al principio la señora B adoraba a su marido, que resultó destrozado algún tiempo después en la guerra. Se pensaba que había perdido la virilidad y todos sabíamos que se había quedado sin empleo. La vida a su lado dejó de ser lo que la señora B había soñado. A la pobre señora A tampoco le iban bien las cosas. Había perdido su antiguo aspecto y con él su viveza. Tal vez fuera verdad, como decían algunos, que se había consumido dando a luz y alimentado a sus hijos en medio de una larga enfermedad que ensombreció su antigua vida matrimonial.

No debemos imaginar que A fuera ese tipo de hombres que se desprende indiferentemente de una esposa como si se tratara de una cáscara de naranja de la que previamente se ha sorbido el zumo hasta secarla. El suicidio de la esposa fue un golpe terrible para él. Todos lo sabemos, pues nos lo dijo él mismo. «Pero ¿qué puedo hacer?, decía; el hombre tiene derecho a la felicidad. Yo tenía que aprovechar la ocasión cuando se presentara». Me alejé pensando en el concepto «derecho a la felicidad».

De entrada el concepto «derecho a la felicidad» me parece tan extraño como el derecho a tener buena suerte. Creo, digan lo que digan algunas escuelas morales, que buena parte de nuestra felicidad o nuestra miseria depende de circunstancias ajenas al control humano. El derecho a la felicidad no tiene, a mi juicio, más sentido que el derecho a medir 1.85, a ser hijo de un millonario o a que haga buen tiempo cuando queremos ir de excursión.

Yo entiendo los derechos como libertades garantizadas por las leyes de la sociedad en que vivimos. Tengo derecho a viajar por las carreteras públicas porque la sociedad me otorga la libertad para hacerlo. Eso es lo que queremos decir al llamarlas «públicas». También los entiendo como exigencias garantizadas por las leyes, correlativas con obligaciones de otras personas. Tener derecho a recibir tanto dinero de usted significa tanto como decir que usted tiene la obligación de pagármelo. Si las leyes permiten al señor A abandonar a su esposa y seducir a la del vecino, el señor A tiene, por definición, derecho a hacerlo sin necesidad de que nos enredemos en una discusión sobre la «felicidad».

No era esto, naturalmente, lo que Clara quería decir. Clara quería decir que no sólo tenía derecho legal, sino también moral, a obrar como lo hizo. En otras palabras, Clara es —o sería si pensara la cuestión a fondo— una moralista clásica al estilo de Tomás de Aquino, Grocio, Hooker y Locke. Cree que detrás de las leyes del Estado existe una Ley Natural.

Yo estoy de acuerdo con Clara. Considero que esta concepción es fundamental para la civilización. Sin ella las leyes del Estado se convierten, como en Hegel, en algo absoluto. Desde ese momento resulta imposible criticarlas pues no existe ninguna norma que pueda juzgarlas.

El linaje de la máxima de Clara —«tienen derecho a la felicidad»— es augusto. Con palabras estimadas por todos los hombres civilizados, pero especialmente por los americanos, se ha afirmado que uno de los derechos del hombre es el derecho a «buscar la felicidad». Con ellas nos adentramos en el meollo de la cuestión.

¿Qué querían decir los redactores de esa solemne declaración? Está muy claro lo que no querían decir. No querían decir que el hombre tuviera derecho a buscar la felicidad por todos los medios, incluyendo, pongamos por caso, el asesinato, la violación, el robo, la traición o el fraude. Sobre una base así sería imposible construir una sociedad.

Los redactores de la declaración querían decir «buscar la felicidad por medios legales», es decir, por medios que la Ley Natural ha sancionado eternamente y las leyes de la nación sancionarán.

Indudablemente el cambio parece, en principio, reducir la máxima a la tautología de que, para buscar la felicidad, los hombres tienen derecho a hacer lo que tienen derecho a hacer. Pero las tautologías, consideradas en el contexto histórico adecuado, no son siempre estériles. La declaración es, ante todo, un rechazo de los principios políticos que gobernaban Europa desde hacía tiempo: un reto lanzado a los imperios austriaco y ruso, a Inglaterra antes del Proyecto de Ley de Reforma, a la Francia borbónica. Proclama que los medios de buscar la felicidad lícitos para algunos deben ser lícitos para todos, que «el hombre», no los hombres pertenecientes a una casta, clase, condición o religión determinadas, debería ser libre para usarlos. No llamemos a esto estéril tautología en una época en que está siendo negado por una nación tras otra, y por unos partidos sí y por otros también.

Pero sigue sin tocarse el problema de qué medios son «lícitos», qué medios de buscar la felicidad están moralmente permitidos por la Ley Natural o deberían ser declarados legalmente permitidos por el poder legislativo de una nación particular. Y en este asunto discrepo de Clara. A mí no me parece que la gente tenga el ilimitado «derecho a la felicidad» que ella sugiere.

En primer lugar, creo que cuando Clara dice «felicidad» quiere decir única y exclusivamente «felicidad sexual». En parte porque las mujeres como Clara no usan nunca la palabra «felicidad» en otro sentido. Pero también porque jamás he oído hablar a Clara de «derecho» a ninguna otra cosa. Clara era más bien izquierdista en política, y se hubiera escandalizado si alguien hubiera defendido las acciones de un magnate caníbal implacable aduciendo que su felicidad consistía en hacer dinero y que perseguía su felicidad. Clara era, además, una abstemia fanática. Jamás la oí que excusara a un alcohólico por ser feliz cuando estaba borracho.

Un buen número de amigos de Clara, especialmente las amistades femeninas, creía —yo se lo he oído decir— que su felicidad aumentaría considerablemente dándole una bofetada. Dudo mucho si esto habría puesto en juego su teoría del derecho a la felicidad.

Clara está haciendo, de hecho, lo que, en mi opinión, ha estado haciendo todo el mundo occidental durante los últimos cuarenta años y pico. Cuando yo era joven, la gente progresista decía: «¿Por qué tantos remilgos? Tratemos el sexo como tratamos los demás impulsos». En aquel momento yo era lo suficientemente cándido como para creer que querían decir lo que decían. Después he descubierto que querían decir exactamente lo contrario. Querían decir que el sexo debía ser tratado como ningún otro impulso había sido tratado jamás por gente civilizada. Admitimos que los de más impulsos deben ser refrenados. La obediencia absoluta al instinto de autoconservación es denominada cobardía. Secundar el impulso posesivo es avaricia. Incluso al sueño le hemos de ofrecer resistencia cuando estamos de centinela. Pero se ha de perdonar cualquier crueldad y abuso de confianza cuando el objeto perseguido son «cuatro piernas desnudas en una cama».

Esto es como una moral que considera un delito robar fruta menos cuando se roban nectarinas. Y si alguien protesta contra esta idea se tropezará por lo general con chácharas sobre la legitimidad y belleza y santidad del «sexo» y será acusado de encubrir algún prejuicio puritano contra él, de considerarlo deshonroso o vergonzoso. Yo niego esa acusación. Venus nacida de la espuma, áurea Afrodita... Nuestra Señora de Chipre. Jamás he sugerido una palabra contra vosotras. ¿Es legítimo suponer que desapruebo las nectarinas en general por reprender a los muchachos que roban las mías? ¿O que rechazo a los muchachos en general? Es robar, obviamente, lo que censuro.

La situación real se encubre hábilmente diciendo que el derecho del señor A de abandonar a su esposa es un problema de «moral sexual». Robar en un huerto no es un delito contra una moral especial llamada «moralidad frutal». Es una ofensa contra la honestidad. La acción del señor A es una ofensa contra la buena fe (en las promesas solemnes), contra la gratitud (hacia alguien con el que se estaba profundamente en deuda) y contra el común sentimiento de humanidad.

De ese modo nuestros impulsos sexuales se colocan en una situación de absurdo privilegio. Se considera que los motivos sexuales hacen tolerables conductas que serían condenadas como inhumanas, traicioneras e injustas si se hubieran producido con otro propósito.

Sin embargo, aunque yo no veo que haya buenas razones para otorgar al sexo este privilegio, creo percibir una causa poderosa. Me ocuparé de ella.

Forma parte de la naturaleza de cualquier pasión erótica fuerte, que es algo distinto del efímero capricho del apetito, hacer promesas más desmedidas que ninguna otra emoción. Todos nuestros deseos hacen, sin duda, promesas, pero no tan imponentes. Estar enamorado entraña la convicción casi irresistible de que se seguirá enamorado hasta la muerte, de que la posesión del amado no se limitará a proporcionar momentos de éxtasis, sino felicidad estable, fructífera, hondamente enraizada y duradera. Por eso parece estar en juego todo. Si perdemos la oportunidad habremos vivido en vano. Al pensar un destino así nos hundimos en las profundidades insondables de la autocompasión.

Por desgracia, es muy frecuente descubrir que estas premisas son completamente falsas. Cualquier adulto con experiencia sabe que así ocurre con todas las pasiones eróticas (excepto con la que esté sintiendo en el momento presente). Desestimamos con extremada facilidad las pretensiones ilimitadas de los amores de nuestros amigos. Sabemos que esas cosas duran unas veces y otras no. Y cuando duran no es porque al principio prometieran hacerlo. Cuando dos personas logran felicidad duradera no es sólo porque se hayan amado mucho sino también —lo diré crudamente— porque son dos buenas personas, porque son personas con capacidad de autocontrol, leales, imparciales, adaptables la una a la otra.

Si establecemos un «derecho a la felicidad (sexual)» que sustituya las reglas ordinarias de conducta, no lo hacemos por la naturaleza de nuestra pasión, tal como aparece en la experiencia, sino por lo que afirma ser cuando estamos dominados por ella. De ahí que mientras la mala conducta es real y produce miseria y degradación, la felicidad, que era el objeto de la conducta, resulta ser una y otra vez ilusoria. Todo el mundo sabe (menos el señor A y la señora B) que dentro de un año más o menos el señor A tendrá las mismas razones para abandonar a su nueva esposa que las que le llevaron a dejar a la primera. Y sentirá de nuevo que todo está en juego. Se sentirá otra vez un gran amante y la autocompasión eliminará todo vestigio de compasión por su esposa.

Aún quedan dos cuestiones más. Empezaré por la primera. Una sociedad que tolere la infidelidad conyugal es, a la larga, una sociedad adversa a las mujeres. Las mujeres, digan lo que digan en contra algunas canciones y sátiras masculinas, son por naturaleza más monógamas que los hombres. Se trata de una necesidad biológica. Donde impera la promiscuidad son más a menudo víctimas que reos. La felicidad del hogar es también más necesaria para ellas que para nosotros. La cualidad por la que más fácilmente retienen al hombre, la belleza, disminuye año tras año cuando han llegado a la madurez. Pero no ocurre lo mismo con las cualidades de la personalidad —a las mujeres les importa un comino nuestro aspecto— por las que nosotros retenemos a las mujeres. En la implacable guerra de la promiscuidad las mujeres tienen, pues, una doble desventaja. Las mujeres juegan más fuerte y también tienen más posibilidades de perder. No siento la menor simpatía por los moralistas que miran con ceno la creciente grosería de la provocación femenina. Estos signos de competición desesperada me llenan de compasión.

En segundo lugar, aunque el «derecho a la felicidad» se afirma sobre todo del impulso sexual, me parece imposible que se pueda quedar en él. Una vez tolerado en ese campo, el principio fatal se filtrará antes o después por toda nuestra vida. Así avanzamos hacia un estado de la sociedad en el que no sólo cada hombre, sino todos los impulsos de cada hombre piden carte blanche. Y después, aunque nuestra habilidad tecnológica pueda ayudamos a sobrevivir algún tiempo más, la civilización habrá muerto en el fondo —uno no se atreve ni siquiera a añadir «desgraciadamente»— y será aniquilada.


Imprimir este ensayo