Sobre la naturaleza de la profecía*


Josef Pieper


Por lo que respecta a la investigación filosófica de la historia acerca del fin del tiempo esa complicación intensificada tiene, a su vez, una causa especial. Y está en que la afirmación teológica, a la que tendría que referirse ante todo cualquier investigación, adopta la forma de profecía.

De otro lado, existe una subordinación interna de lo histórico a la profecía. En alemán Geschichte («historia») viene de geschehen («suceder»), pero no todo lo que geschieht («sucede») es «historia». El resplandor del relámpago, la caída de la piedra, el fluír del agua son otros tantos acontecimientos no históricos. El que una planta germine, crezca, florezca, lleve fruto y muera, no es histórico, como no lo es el proceso vital animal, aunque ya está un poco más cerca de la esencia de lo histórico, no es historia propiamente dicha. Ni siquiera puede llamarse historia en sentido pleno y estricto todo cuanto sucede en torno a nosotros los hombres. Sucede que también nosotros nacemos, crecemos, envejecemos y morimos, pero esos hechos no constituyen por sí mismos nuestra historia; son procesos biológicos, y aunque su sujeto sea el hombre, no por ello son ya historia. La historia del hombre es más bien un singular trenzado de decisión libre y destino. Historia es el «camino» del hombre en tanto que determinado por la respuesta peculiar del que va al encuentro del destino (ya se trate de un individuo privilegiado, un maestro, un enemigo, ya esté en juego una ganancia o pérdida de la fortuna, la salud, la belleza o la «constitución» compleja que se obtiene con el mismo nacimiento, hecha de las cualidades personales y el temperamento). A la esencia de lo histórico se ordenan conceptos como libertad, decisión, singularidad, irrepetibilidad, insubstituibilidad, la posibilidad imprevisible de variación, lo singular-individual. Gracias a ello se diferencia el acontecimiento histórico del acontecer ahistórico de la naturaleza. Pero por ser así las cosas, porque la historia no es simplemente el «desarrollo» de algo que antes viene dado sin desarrollar, sino más bien algo que se distingue de la «evolución», por ello en el campo de lo histórico el futuro concreto no lo pueden determinar de antemano ni las estrellas ni la estadística.

Pese a lo cual puede darse la profecía. Profecía es una forma singular de vaticinio, de presagio, ordenada a la esencia de la historia. Como pertenece a la esencia de lo histórico el que no se pueda calcular de antemano el futuro en sus qué, cómo y cuándo concretos partiendo de los datos experimentales, es decir, del pasado, así también pertenece al concepto de profecía el ser una afirmación anticipada, que tampoco necesita de tales puntos de apoyo en la experiencia. Naturalmente que esto no completa por sí solo el concepto de profecía. En él entra también, por ejemplo, el que no preanuncie un futuro indiferente, sino un acontecimiento que tiene relación con el núcleo más íntimo de la historia, con la realización de la salud y de la condenación. Uno de los elementos conceptuales de la profecía es el tener su sitio dentro de la historia de la salvación.

Naturalmente también en el campo de lo histórico se encuentra la prognosis. Pero en el concepto de prognosis entra directamente el que tenga sus «puntos de apoyo» en el presente. Más aún, el arte de la profecía consiste en descubrir bajo el estado de cosas presente unas indicaciones del futuro, que ya late en la actualidad aunque de modo oculto. y eso es lo que diferencia a la prognosis de la profecía, como el que aquélla se refiera sólo a lo verosímil. El acontecimiento propiamente histórico, en cualquier aspecto concreto (¿cuándo?, ¿dónde?, ¿quién?) no puede venir dado en modo alguno bajo un vaticinio de pronóstico.

Mientras que ahí precisamente apunta la pretensión de la profecía. En los vaticinios mesiánicos del Antiguo Testamento, que continúan siendo el paradigma de toda profecía en general, se preanuncian la pasión y muerte del Siervo de Dios, un acontecimiento que en modo alguno se puede deducir por cálculo, un hecho para el que no había ningún punto de apoyo en los datos históricos experimentales; se trata de un acontecimiento histórico en su sentido más alto, fundado en un sí que se pronuncia en libertad. Al estar la profecía en relación con lo histórico en sentido estricto es propio de su esencia en no ser un resultado de la penetración explicativa de lo experimental, sino algo que se conoce por revelación, una «visión», una noticia de algo futuro imprevisible.

9. Mas, ¿cómo se complica la situación de quien en el plano de la filosofía de la historia pregunta por el fin del tiempo, debido a que la afirmación de índole teológica reviste la forma de profecía? La pregunta requiere una explicación amplia.

Primero: la profecía, que todavía no se «ha cumplido», es decir, que como vaticinio es una profecía todavía válida y «pendiente», constituye para el hombre natural la forma «más escandalosa» con que le puede salir al paso un dato revelado en general («escandalosa», entendida en el sentido que da a la palabra el Nuevo Testamento). Es, en efecto, el hecho de la revelación el que afirma que desde «fuera» nos sale al  encuentro una afirmación con pretensiones de verdad absoluta, y a la cual la fuerza cognoscitiva del hombre por sí sola jamás hubiera podido llegar. Este hecho constituye por sí mismo algo que no puede aceptar fácilmente el sujeto con un sentimiento vivo de la crítica, es decir, el «hombre moderno». Aún así, una interpretación teológica de siglos, y ya «cerrada» y configurada en un depósito tradicional vigente y, por así decirlo, en una revelación históricamente legitimada, parece representar algo menos escandaloso y agresivo; algo tan poco agresivo que hasta puede ser necesario que nos «hagamos coetáneos» (para emplear la fórmula de Kierkegaard), mediante un acto explícito y casi violento de reflexión, del hecho de la revelación, volviendo a evocar así el carácter escandaloso de esa revelación, inconmensurable tanto en el plano de la naturaleza como en el de la cultura. Esto no es absolutamente necesario en el caso de una profecía todavía «pendiente», ¡suponiendo que se toman en serio sus pretensiones de ser revelación! Una profecía, tomada en su pretensión absoluta, que afecta a nuestro futuro todavía sin realizarse (lo verdaderamente nuestro es el futuro, ya que constituye la forma de tiempo existencial, pues que el pasado sólo tiene un alcance existencial en la medida en que el futuro tiene en él sus raíces), una profecía, digo, que afecta a nuestro futuro es sin más y en cualquier caso una provocación y un «escándalo». «De qué manera tan diferente nos afectan el Apocalipsis y los vaticinios de Isaías», dice John Henry Newman, al tiempo que propone intentar hacer comprensible la respuesta de los judíos a los vaticinios mesiánicos en la época en que nace el cristianismo, y ello «mediante nuestra propia respuesta al Apocalipsis en el momento presente». Pero esto conduce a una nueva idea, que pronto habrá que recoger de una manera más explícita. Por ahora puede ya quedar claro que el carácter escandaloso, lo inconmensurable de la revelación en su conjunto, donde más se pone de relieve naturalmente es en la profecía que apunta al propio futuro de cada hombre en su momento respectivo. Por otra parte, con ese carácter escandaloso puede estar en conexión la fuerza de atracción específica de las formas de presagio radicalmente ahistóricas y, por tanto, inadecuadas por principio, como es, por ejemplo, la astrología.

Pertenece a la esencia de la profecía el que sólo es posible descifrarla en la medida en que se cumple; e incluso eso sólo lo es para los creyentes. Apenas es necesario decir nada sobre el grado en que esta circunstancia complica la forma específica y diferencial la investigación filosófico-histórica del fin del tiempo. La posición de los judío frente a los vaticinios mesiánicos, de los habla Newman, es sin embargo algo muy sorprendente; no han conocido ni aceptado el cumplimiento de las profecías, aunque «creían» es decir, auque aceptaban la pretensión de las profecías de ser revelación divina. Y aquí parece subyacer algo paradigmático, algo ejemplarmente típico por lo que se refiere a la inteligencia de la profecía en general.

Si un romano de la administración de Poncio Pilato, con una buena formación histórica, familiarizado con los escritos de aquel curioso pueblo judío y tan interesante desde el punto de vista de la historia religiosa y familiarizado asimismo con todos aquellos vaticinios, aunque sin pensar por supuesto en aceptarlos como palabra divina, si el roma en cuestión, pese a sus amplios conocimientos, no percibiese el cumplimiento que de tales vaticinios se estaba realizando ante sus ojos, sería algo perfectamente natural. Sería exactamente tan natural como el que una humanidad culta, radicalmente secularizada, una sociología cultural de cuño ilustrado y extremadamente instruída de su vértice, no aceptase de un modo crédulo el incipiente cumplimiento de la profecía apocalíptica, más aún que ni siquiera pudiera reconocerlo, interpretando más bien los sucesos en sentido contrario, como la realización de un vigoroso progreso humano. ¡El que eso sea así es algo que entra precisamente en el contenido de la profecía apocalíptica! Todo ello es natural y no se puede esperar que sea de otro modo; es como decir que eso estaba «previsto». «Ocurrirá como en los días de Lot: las gentes comían y bebían, compraban y vendían, plantaban y construían; pero el día que Lot abandonó Sodoma Dios hizo llover azufre del cielo y los aniquiló a todos. Exactamente igual ocurrirá el día de la manifestación del Hijo del hombre» (Lc 17, 28 ss). Es, pues, perfectamente correcta y da en el clavo la expresión «ceguera del Apocalipsis» aplicada a la sociedad moderna. Pero ¿qué decir cuando, como lo demuestra el caso ejemplar de los judíos, también el creyente puede no ver el sentido de la profecía? Una vez más hay que decir que la situación es muy compleja.

Ante todo cabe decir de la profecía algo que se aplica a todo tipo de revelación; que se puede rechazar por un acto de voluntad. Y como la profecía se va descubriendo sólo poco a poco en el contenido de su afirmación, en la misma medida se exige y sólo es posible la respuesta explícita voluntaria, el asentimiento o el rechazo, el sí al igual que el no, de tal manera que por la naturaleza misma del asunto ni podría llevarse a cabo ni sería satisfactorio el asentimiento de una vez por todas. La «gran apostasía» por causa de los mismos acontecimientos apocalípticos, y desde luego la apostasía de los creyentes —como dice al interpretación teológica— vaticinada explícitamente, se incluye en la esencia de la profecía como una posibilidad de principio.

Que la profecía sólo puede ser descifrada en la medida en que se cumple, «cuando los acontecimientos se preparan y sus elementos empiezan a hacerse históricamente presentes», es algo que vale tanto más cuanto que —como una vez más ha dicho John Henry Newman— sólo «el desenlace es la verdadera clave de una profecía». Con otras palabras: el sentido de cuanto afirma una profecía sólo resulta plenamente claro para quien la reconsidera desde su cumplimiento histórico. Lo problemático del propósito de querer decir algo cálido sobre el fin del tiempo, aparece con ellos más oscuro en otra dimensión. Por lo demás, esa sentencia es también aplicable en un plano inferior. Si, por ejemplo, el enigmático Nostradamus (sobre cuya importancia no vamos a hablar aquí, y del que sólo se puede decir que en este campo hay muchas cosas difíciles o que en modo alguno pueden aclararse, y que tampoco puede excluirse en principio una magia en sentido demoníaco) hubiera podido predecir los modernos bombardeos junto con los consiguientes refugios aéreos, nadie hubiera podido descifrar tales vaticinios antes de su realización histórica y, por así decirlo, tampoco habría podido aprovecharse de los mismos.

Así, pues, la «dificultad» respecto de una profecía es ciertamente múltiple; está tanto en el campo del conocimiento como del querer. Prescindamos de esto último y hablemos de la situación del que investiga en el plano de la filosofía de la historia, que es la situación del conocedor.

La complicación para el que conoce, como para el que cree, está más en concreto en que la interpretación teológica de la profecía acerca del fin de la historia —a cuya interpretación se ve forzado a volver quien investiga en el plano de la Filosofía de la historia— está siempre referida, por su parte, a la comprensión y penetración esclarecedora de los fenómenos históricos. No hay, por tanto, «otra posibilidad progresiva de interpretación teológica del Apocalipsis» que en el avance de la misma realización histórica y su explicación conceptual.



* Tomado de El fin del tiempo. Meditación sobre la filosofía de la historia de Joseph Pieper, Editorial Herder, Barcelona, 1984. El título lo doy yo.