Hay un modo contemplativo de ver el mundo*


Josef Pieper


Las palabras latinas contemplatio, contemplari, corresponden a las griegas theoria, theorein[1]. A estas palabras precedentemente acuñadas han sido hechas corresponder por Cicerón, Séneca y, sin duda, por muchos otros desconocidos, en cumplimiento de aquel vasto proceso de traducción que caracteriza la primitiva historia del oeste latino, del Occidente.

Theoria designa adhesión a la realidad puramente receptiva, enteramente independiente de todo propósito «práctico» de la vida activa. Puede designarse esta adhesión como «desinteresada»; si con ello no se excluye entra cosa que aquella intención dirigida a utilidades y conveniencias. Por lo demás hay aquí de la forma más decisiva intereses, participación, atención, finalidades. Theoria y contemplatio apuntan —sin duda exclusivamente— con toda su energía a que la realidad percibida se haga evidente y clara, que se muestre y revele; tienden a la verdad y a nada más. Este es un primer elemento del concepto «contemplación»: silenciosa percepción de realidad.

Un segundo elemento es el siguiente: contemplación es un conocer no pensante, sino mirante. No corresponde a la rallo, a la felicidad del pensar silogístico y demostrativo, sino al intellectus, a la potencia de la «simple mirada»[2]. Mirar es la forma perfecta del conocer sin más ni más. Pues mirar es el conocimiento de aquello que está presente y actual, exactamente igual que el ver sensible. Por el contrario, pensar es la más ínfima, por así decir,«impura» forma del conocimiento. Pensar es conocimiento de lo ausente o incluso sólo esfuerzo para tal conocimiento: el objetar se infiere a base de otra cosa, que la que está inmediatamente presente al espíritu; pero aquel objeto no se muestra como él mismo. Santo Tomás dice que la certeza del pensar se apoya en lo que nosotros inmediatamente vemos; pero la ineludible debilidad del pensar se basa en el fallo de la facultad de intuir[3]. La facultad de pensar es una forma imperfecta de la facultad de intuir[4]. Contemplación es, por tanto, intuir, esto es, una forma del conocimiento, que no se mueve hacia su objeto, sino que descansa en él. El objeto está presente, de la misma forma que para el ojo está presente un rostro o un paisaje, en cuanto que la mirada «reposa en él». No hay en el contemplar la «tensión futura»[5], R anhelo dirigido al futuro, que corresponde a la naturaleza del pensar. El que contempla ha encontrado lo que busca el que piensa; está presente y «ante los ojos». Pero la actualidad, la presencia, se pueden cambiar en un momento en la significación de «presente», que es el «tiempo» verbal de la eternidad[6].

Aún hay que mencionar un tercer elemento: en la tradición se designa la contemplación como un conocer acompañado de admiración[7]. En la contemplación aparece un mirandum, es decir, una realidad que causa admiración, en la medida en que, aunque inmediatamente contemplada, sobrepasa nuestra comprensión. Admirarse sólo puede quien no ve aún la totalidad; Dios no se admira[8]. Es característico de la contemplación terrena que se le añada me desasosiego a causa de lo inalcanzable. Prescindiendo completamente de la «perturbación», derivada de las necesidades de la vida corporal, que son igualmente inevitables y al mismo tiempo salvadoras, no puede ser de otra forma el que en medio del descanso del contemplar apremie una llamada silenciosa hacia un descanso infinitamente aún más profundo, incomprensible, «eterno». Esta es la «llamada de lo perfecto a lo imperfecto, que llamamos amor»[9]. Él tiende al encuentro de aquel otro amor, del cual hemos dicho que era lo diferenciativo de la contemplación, el ser encendida por él.

Ante todo hay un modo contemplativo de ver las cosas de la Creación. Me refiero a las cosas sensibles, al ver con los ojos; pero también al oído, al olfato y al gusto, a todo tipo del comprender, pero al ver sin duda ante todo.

Quien, tras vehemente sed, bebe finalmente, y entonces, al sentir el frescor hasta en las entrañas, piensa y dice: ¡qué cosa más estupenda es el agua fresca!, ése ha dado ya un paso, lo sepa él o no, hacia aquel «ver del amado» en que consiste la contemplación. ¡Qué magnífica es el agua, la rosa, el árbol, la manzana, el rostro humano! —esto no acostumbra a ser dicho por un corazón vivo sin haber en ello un algo de un consentimiento que va más allá de lo primeramente dicho y alabado y toca el origen del mundo—. ¡Quién no habrá alguna vez «visto», al mirar en medio del ajetreo diario de improviso a la cara de su hijo que pregunta, en el mismo momento, que todo lo que existe es bueno, amado y digno de ser amado, amado de Dios! ¡Pero tales certidumbres, en el fondo, sólo significan una cosa y siempre la misma: el mundo está equilibrado, todo converge a un fin; en el fondo de las cosas hay —a pesar de todo— paz, salvación, gloria ; nada ni nadie está perdido; «Dios mantiene el principio, el medio y el fin de todas las cosas»[10]. Tales certidumbres, no pensadas sino contempladas, de la divina fundamentación de todo ser pueden comunicarse a nuestra mirada, incluso cuando ella está dirigida hacia las cosas más sin brillo, con tal de que sea solamente una mirada encendida por el amor. Pero esto es, en sentido estricto, contemplación. Y siempre nos deberíamos atrever a llamarla así.

De tal clase de contemplación ante el mundo creado se alimenta incesantemente toda verdadera poesía y todo verdadero arte, cuya esencia es ser bendición y alabanza, que sobrepasa toda queja. Y nadie que no sea capaz de esta contemplación es capaz de escribir de forma poética, es decir, de comprender en el único modo atinado. La indispensabilidad de las bellas artes, su necesidad vital para el hombre consiste ante todo en que mediante ellas permanece no olvidada y en marcha la contemplación de la Creación.

En este punto será quizá conveniente hablar del diario que ha dejado Gerard Manley Hopkins [11]. Está lleno de testimonios de contemplación terrena; casi no se habla en él de otra cosa. Este escritor, una figura aquilea, arrebatadora, de la más alta delicadeza espiritual, ha dedicado una atención apasionada a las «formas interiores» del mundo visible; no a causa de la acribia de una descripción realística, sino para percibir y participar de la riqueza multiforme de las obras divinas.

Así habla él de la llama, «más luminosa y más lisa que el cristal, la seda o el agua», que «tremolando en una sola larga bandera y en ondas como el látigo de un cochero», se eleva en un montón de secos matorrales de madreselvas[12]; de «la frente del cielo convertida en metal sobre la puesta del sol»[13]; de la espalda de una colina, «una piel pálida, dorada, sin cuerpo»[14]; del cedro, cuyas ramas «en contraluz son como los signos horizontales de una pluma de corneja con finas ondas y vibraciones»[15]; de la «estrecha faja de un campo de cebada que parece como si fluyera»[16]; se le manifiesta una mañana temprano en el campo de maniobras, «la forma interna del caballo», como también Sófocles la ha descrito en las estrofas del coro, «que comparan al caballo con una oleada… en el momento de volcarse»[17]. Y así habla del ventisquero del Ródano, del vuelo de la garza, del joven follaje del olmo, de la rueda del pavo real, y continuamente de la cambiante forma de las nubes y del agua que corre.

La exactitud de estas descripciones muestra no solamente qué poco debe la contemplación saltar por encima de la realidad de lo visible en una «simbolización» precipitada. su mirada está antes bien dirigida directamente al corazón de las cosas. En esta profundidad indudablemente se hace visible entonces una infinita relación hasta ese momento oculta. Y es entonces cuando se realiza lo propio de la contemplación.

Sobre qué sea lo que en efecto se presenta entonces ante los ojos del alma no ha sido capaz aún nadie de dar una noticia suficiente en palabras describibles. El llameante fuego de la aurora boreal, independiente de la cronología de la tierra, que parece estar «dirigido... hasta el último día», llena al arrebatado espectador «con temor embelesado»[18]. ¿Qué es lo que él llega a ver? «Yo no creo haber visto algo más bello que la flor del jacinto, que acabo de ver; a través de ella sé yo de la belleza del Señor»[19]. ¿Cuál es el contenido del mensaje que se le ha manifestado en la visión de la floreciente criatura? No se dice ni una palabra de ello. También esto pertenece a la esencia de toda contemplación, el no poder ser comunicada. Tiene lugar en la más intima celda. No hay ningún espectador. Y es imposible «escribirla» porque no queda libre ni sin requerir ninguna fuerza del alma.

Aquella ardiente precisión de la descripción sensible, no sólo prueba cuánto respeta y trata de preservar lo visible de las cosas del mundo la mirada de la contemplación terrena. Se puede incluso suponer que el respeto por lo concreto viene ni más ni menos alimentado por el impulso contemplativo, que apunta al fundamento divino de todos los seres. El último G. K. Chesterton dice en unas memorias que él ha tenido desde siempre «el convencimiento casi místico del milagro en todo lo que existe, y del éxtasis esencialmente inherente a toda experiencia»[20]. Esta valiente formulación afirma varias cosas : cada cosa entraña y esconde en el fondo una marca de origen divino; quien llega a ver esto, «ve» que ésta y todas las cosas son «buenas» sobre toda comprensión; ve esto y es feliz. Esta es toda la doctrina de la contemplación de la Creación terrena.


[1] Ludwig Kerstiens, Cognitio speculativa. Investigaciones sobre la historia y significación del concepto antes y en santo Tomás de Aquino, 1951 (Tesis doctoral de Münster, no publicada).

[2] «Intellectus et ratio differunt quantum ad modum cognoscendi, quia scil., intellectus cognoscit simplici intuitu, ratio vero discurrendode unu in aliud» (1, 59, 1, ad. 1).

[3] «Certitudo rationis est ex intellectu; sed necessitas rationis est ex defectu intellectus» (II, II, 49, 5, ad. 1). «Ex imperfectione intellectualis naturae provenit ratiocinativa cognitio» (C. G., 1, 57) (8).

[4] «Manifestum est quod defectivus quidam intellectus est ratio» (C. G., 1, 57) (8).

[5] Dietrich von Hildebrand, Nuestra transformación en Cristo. Rialp 2ª, Madrid 1955.

[6] In Joh., 1, 1. Santo Tomás de Aquino, El Verbo. Kösel. Munich. 1955, 27.

[7] GARRIGOU-LAGRANGE, Mística y perfección cristiana. Augsburgo, 1927, 146. «Prima et maxima contemplatio est admiratio maiestatis» (San Bernardo de Claraval, De consideratione, libro 5, último capítulo). «Admiratio est actus consequens contemplationem sublimis veritatis» (II, II, 180, 3, ad. 3).

[8] C. G.,4, 33.

[9] Paul Claudel en una carta a Jacques Rivière de 23 de mayo de 1907. P. Claudel y J. Rivière. Correspondencia (1907 a 1914). Kösel, Munich 1955.

[10] Platón, Leyes, 715 e.

[11] Gerard Manley Hopkins, Poesías, Escritos, Cartas. Kösel. Munich 1954.

[12] Ibídem, 331.

[13] Ibídem, 302.

[14] Ibídem, 356.

[15] Ibídem, 360.

[16] Ibídem, 355.

[17] Ibídem, 364.

[18] Ibídem, 305.

[19] Ibídem, 303.

[20] Maise Ward, Gilberth Keith Chesterton. Regensburg 1956, 538.

* Ensayo publicado por Federico Delclaux en su libro El silencio creador. Tomado por él de El ocio y la vida intelectual.

 
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