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Lo que sigue no es, ni ha pretendido ser, una lista de las mejores composiciones de la música. El infinito universo musical de la humanidad es del todo inagotable, y ningún hombre puede siquiera pretender conocer todo: ni siquiera puede afirmar que conoce lo mejor. Lo que se puede afirmar, como yo hago, es que en los últimos cuatro siglos de la historia de Occidente se ha compuesto música de gran belleza que merece nuestra atención, que nos requiere de algún modo. Ofrezco una lista de lo que yo conozco y que me gusta de un modo especial ; sé que puede llegar a gustar a un gran número de personas, a condición de que sepan abrir los oídos y el alma, dedicando un tiempo de su agitada vida para recibirla en el propio interior como ella lo merece. No es, pues, el canon musical de occidente, sino una muestra de los regalos que he recibido de nuestra tradición musical.

Creo importante decir que las grandes obras de la música, aun aquellas que gustan en la primera audición, no entregan sus riquezas ni lo mejor de sí hasta que no llega realmente al propio interior. Como una persona no puede ser amada por todo lo que vale al primer golpe de vista, así las grandes obras de arte no son realmente apreciadas hasta tanto quien las aloja no lo haga realmente, esto es, hasta que no sea capaz de reconocerla, de sentir un llamado cuando la escucha de lejos, de sentirse de vez en cuando necesitado de su presencia. La audición de una obra por una sola vez, según esto, no es suficiente: quien de verdad desea ser partícipe de la belleza que contiene una obra debe trabajar como un buscador de aguas: explorar, escarbar, buscar y callar, sobre todo callar para poder escuchar; o como un joyero, que debe, si quiere encontrar y extraer la belleza de la piedra que se le ofrece a su mirada, observar con atención, aprender a mirar la joya hasta que ella misma le diga por dónde produce los más luminosos destellos.

La debilidad de los ejemplos está en la acción final que se espera del sujeto: quien escucha también debe hacer algo, pero el resultado es ser poseído por aquello que busca; la meta buscada es la adecuada disposición interior, conseguida no sin esfuerzo, que hace de él mismo un digno sujeto de un regalo, de un bien inmerecido. No busca el oyente transformar, sino ser transformado; a él no se le pide una acción hacia el exterior, sino hacia su interior: el agua calmará su sed, la joya le hablará de la riqueza del mundo y de él mismo.

Así pues, se requiere esfuerzo, disciplina, trabajo, silencio quizás doloroso. Pero ese es el único camino hacia la apertura al sentido que se nos da en el arte. Mi consejo: primero ponerlas "de fondo", para irse acostumbrado a su lenguaje, a su sonido, a sus modos de presentación: llega el momento en que son parte de uno, y lo que queda es gozar, gozar de veras.

La lista no es cronológica sino en su estructura principal. En cuanto a los autores sigo un orden alfabético y, en cuanto a las piezas, no sigo sino el orden del recuerdo (tratando de ser más o menos ordenado). Esta es una recomendación personal que puede servir de introducción al mundo de la música que sí perdura, tanto en la historia como en la vida personal. ¡Ah! Eso sí. De casi todos los autores recomiendo todo: por algo son clásicos. Cito obras que me gustan de modo especial y gracias a las cuales quizás resulte más fácil acostumbrarse a su lenguaje, empezar a escucharlo.

Al final de la lista ofrezco una definición personal de algunos términos, por si alguien está interesado en aprender un poco más y en saber qué es lo que escucha.

Una última advertencia. Toda clasificación es un tanto arbitraria. Las que me permito son las usualmente aceptadas (de Beethoven se dice que es el primero de los románticos, pero está bajo "clasicismo", pues se dice que es el último de los clásicos. Otro tanto habría que decir de Schubert; en fin: disputas de minucias).

Alejandro Bayer T.

 
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